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Ficción

El salvador solitario

Todos los días, el paseante se pierde bajo los árboles para dar con su propio nombre perdido entre las ramas. Los troncos destilan colores de todas las estaciones, tonalidades de mil sueños, espejismos de la conciencia insaciable. Delatan las hojas algunos fantasmas, reflejan ciertos terrores; pero el caminante mantiene su rumbo, los pies conservan la cadencia. Ningún árbol marchita al caminante, que contempla los edificios blancos y simples del pueblo. Allí lo espera el hogar.

«Toda la vida llevo aquí —reflexiona el caminante—, y nunca he visto al niño que busco. ¿Dónde quedó la infancia, dónde el trepar árboles hasta el anochecer, dónde el robar manzanas que nunca probaría? Es terrible el paso del tiempo. Ahora retorno a mi casa; mas, durante aquellos años, mi hogar eran los árboles. ¿Dónde estoy? ¿Dónde quedó la imagen de un hombre libre?» Sobre tales asuntos se pregunta el caminante, pisando las hojas que antaño cubrieron su regocijo y regaron su sequedad. Él ama el bosque, ama los árboles; pero añora su pasado en ellos, echa en falta la plenitud que aquellas copas arreboladas imprimían en su espíritu libre. Sentíase el hombre en contacto con Dios y lo trascendente, con los misterios dichosos; mas ahora ha perdido sus intuiciones, y solo ve los árboles como una puerta cerrada…

Armand Guillaumin: Camino en el bosque (1890)
Armand Guillaumin: Camino en el bosque (1890)

Camina, camina el hombre; y en su marcha avanza hacia el pueblo. Allí, las gentes realizan sus labores y se encargan de vivir, mientras que el soñador solitario se dedica a la vida pausada. Él, que vive de las rentas, no realiza arduas labores, sino que reza a los dioses de todas las religiones y estudia libros sagrados con el objeto de ensalzar espiritualmente a su pueblo. «Algún día, mis conocimientos me brindarán la clave para la salvación colectiva, para la redención de toda esta gente que se queja del vivir. ¡Convencido estoy de que mi observación, mi reflexión y mi lectura harán crecer un fruto áureo en este pueblo! Tantos libros y tanta tinta no pueden ser inútiles; solo necesitan un erudito que descifre sus arcanos…»

Salvar su propio espíritu para salvar el de su pueblo: tal propósito empuja los actos del caminante. Está solo; tuvo amantes y tuvo mascotas, pero su misión lo transformó profundamente. Ahora vive en una choza donde no necesita más que una mesa, una silla, algunas velas, un poco de tinta, una pluma resistente y las estanterías suficientes para conservar su extensa biblioteca. El resto de los asuntos no le interesan. Quizá sea aventurado afirmar que el caminante de los árboles es feliz; probablemente sea más conveniente decir que hace lo correcto, esto es, lo que él considera correcto y necesario para el bien de su existencia y la de su amado pueblo.

Armand Guillaumin: Damietta (1880-85)
Armand Guillaumin: Damietta (1880-85)

Entra el caminante en la aldea. Allí, una anciana se encarga de limpiar pescado para venderlo; un mozo traslada una carretilla llena de bártulos; algunas mujeres miran un escaparate lleno de dulces; un niño, armado con una caja de madera, ofrece sus servicios en silencio, esperando que algún señor se deje limpiar los zapatos; y, en fin, la vida muestra sus mil rostros y expresiones en los quehaceres de toda esa gente. ¡Cuánto daría nuestro gentil caminante por participar en el destino de esas personas! ¡Cuánto desearía desdoblarse y ser el ángel guardián de todos los sufridores que enfrentan su cotidianidad con entereza! ¡Cuánto querría ayudar a la vieja con el pescado, cargar con la carretilla del mozo, comprarles cuantos dulces desearan a las señoritas, darle unas monedas al chaval con las que pudiera adquirir una bicicleta! Todo eso, y más, querría hacer el caminante; pero en el fondo sabe que, de hacerlo, mataría la dulce vida de su gente.

En efecto: ¿qué orgullo le resta al ser humano, salvo encargarse de sus tareas y empuñar su vida con arrojo? Nadie, ni siquiera él, tiene derecho a impedir que sus paisanos realicen su biografía; nadie tiene derecho a robar la identidad de nadie. Y él, consciente de tales verdades, sigue recorriendo las callejas, rumbo a su hogar y a sus libros. Observa a sus conciudadanos, y, en el hondón de su alma, envidia su compromiso rutinario con la vida. Él, aunque es libre como la rosa de los vientos, se siente atrapado en su aislada libertad; mientras que sus vecinos, requeridos por una tarea continua y repetida a diario, confían sus velas a merced del viento sabio que los guía.

Armand Guillaumin: Cabañas en Jouy (1900)
Armand Guillaumin: Cabañas en Jouy (1900)

El caminante quiere salvarlos a todos de sus dificultades, pero no sabe que son dichas dificultades las que dignifican la vida del pueblo. Desea ayudar a la vieja, al mozo, a las señoritas, al niño; y lo desea porque él no tiene vida propia de la que encargarse. Le ha sido regalada la supervivencia material; y sin esa lucha, sin la guerra por la supervivencia —la única para la cual hemos sido creados—, el ser humano pierde el propósito de su vida y comienza a elucubrar absurdos juegos de ideas y de abstracciones, que en absoluto inciden en la vida de la gente y que únicamente hacen enloquecer a los salvadores, a los artistas, que, a pesar de ser bien vistos por la sociedad, no son más que los deshechos de un mundo que no necesita el arte, sino la pasión. ¡La pasión! Por pasión canta la abuela mientras quita escamas, por pasión mira el mozo a una de las mujeres con afán romántico, por pasión las señoritas ríen y juguetean, por pasión el niño desea estar con su madre. Es el juego de la vida, es la danza del sentimiento; y el pobre caminante, condenado a una misión que él mismo se ha impuesto y que nadie le ha pedido, sufre en su interior la ausencia de vida. Él, nostálgico de la infancia, busca en los demás lo que perdió hace muchos años; y en sus paseos y sus estudios no reside salvo la incapacidad de amar y de sentir; nada experimentan sus entrañas, salvo un deseo voraz de ser como los demás… Por eso su empeño en salvarlos, por eso su esfuerzo teológico por liberarlos de sí mismos y de la necesidad. Mas ¿acaso no es la necesidad aquello que los mantiene vivos y aquello que los despierta del letargo de las ideas?

Armand Guillaumin: Después de la lluvia (1887)
Armand Guillaumin: Después de la lluvia (1887)

Materia, cuerpo, carne, mundo; tales son las dimensiones del ser humano, a pesar de las profecías de unos falsos predicadores que hablan del alma, del espíritu, de la idea y de la trascendencia. Nada de eso sirve a la vida, sino a la extinción. Y, de la misma forma que el caminante pasa sus horas y sus días andando sin objetivo y estudiando sin propósito, todos los espirituales somos los arquitectos de las nubes: hermosas son las combinaciones de vapor que realizamos, pero serán deshechas por los vientos y los fríos; igual que nuestras vidas, desconocidas por el mundo y olvidadas por los cielos…

Entra el caminante en su choza, con ánimo de sumergirse en las aguas profundas de los libros.

Nadie sabrá más de él hasta mañana, cuando vuelva al bosque a pasear.

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