El pintor y la condesa

Entre un pintor y su modelo surge una complicidad irresistible. El artista pone el genio, su modelo pone la forma. Ambos colaboran en aras de un bien mayor: el cuadro; y, a veces, entre ambos salta esa chispa que los induce a ser algo más que meras condiciones sine qua non de la obra. Él comienza a mirarla a ella con interés, y ella empieza a considerarse más que una modelo: su hieratismo adquiere la sensualidad sugerente de las musas. Ella, la condesa, antes desdeñosa, adquiere una picardía que él no tarda en apreciar: el pintor admira nuevas expresiones, nuevos juegos del ánimo, nuevos disimulos que se funden con la pintura y se inmortalizan en la retina. Él deja de pintarla a ella: las pinceladas son las de su deseo, que se apodera lentamente de su virtud.

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Alicia Zinn, Pexels.com

Cada hora que pasan juntos es un regalo, pero también un desafío al instinto. Él desea hundirse en su escaño, ella querría ser el cuadro que él manipula, pero ninguno se atreve a consumar sus impulsos; y, aunque ambos arden de anhelos y se despiden pensando en la sesión próxima, nada salvo el lenguaje del arte puede transmutar su apasionamiento. Él la pinta con profunda emoción, tratando cada línea y cada curva como si del cuerpo de la condesa se tratara. La acaricia con el color, recorre su piel con suavidad, se embriaga acercándose a su rostro para examinar la textura de su boca. Ella, por su parte, halaga al pintor con una respiración contenida, con una fisonomía que exuda deseo por todos los rincones. Contonea sus piernas con disimulo, dejando que el genio plasme una sensualidad inmortal para la historia; una sensualidad que no es la suya, sino la de ambos: la del artista que sublima a su modelo y la de la condesa que ama a su pintor a través del cuadro.

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Jesse Zheng, Pexels.com

Durante sus noches, el pintor compone otro cuadro de índole personal, aunque terriblemente parecido al que realiza durante la jornada en el palacio. En su humilde taller, íntimo y oscuro, recuerda y retrata a la condesa en la misma posición en que ella posa para él, con el mismo refreno y sensualidad pudorosa. ¿Ama a la condesa, o al retrato de la condesa…? Ni él mismo lo sabe: quizá a la condesa posando para su retrato, quizá al retrato que inmortaliza la hermosura de la condesa. Él no podría amarla si no fuera retratándola, mas no realizaría otro retrato que no fuera el de ella…

Ella también piensa en él por las noches. Se desea mirada por el genio, atravesada por sus ojos de creador. El artista ha descubierto los más íntimos secretos de su sensualidad; su cuerpo, a pesar de que no ha sido visto desnudo por el joven, ya no posee ningún pliego que le sea extraño. Toda ella está en la conciencia de él, y a ella le excita saberse la diosa de un dios humano. Cuando toma un baño, recorre su piel imaginando que es el artista quien traza sus volúmenes, quien acaricia sus contornos, quien perfila su sensibilidad; y un delicado erizamiento nace de su pubis y se extiende hacia todas las ramas de su placer. ¡Es la imaginación de la noche solitaria, cuando la estela de la jornada se deja atrapar por el ensueño y la imaginación!

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Nick Collins, Pexels.com

Amanece de nuevo; y ambos, ella y él, pintor y condesa, artista y retratada, vuelven a encontrarse en el salón del palacio. Ella le sonríe, tímida; y él, recatado, le devuelve el gesto. No hablan: el silencio es el lenguaje del misterio, toda palabra destruye el arcano de la atracción. Ella, engalanada con un vestido rojo, de busto escotado y faldones generosos, adopta la posición acostumbrada. Él no se atreve a mirarla. Prepara la paleta, examina el lienzo para comprobar en qué punto se quedó, y, entonces, la observa. Ella, como siempre, está más hermosa que nunca. Su mirada eléctrica tira de él, su cuerpo delicado hechiza sus sentidos; y, como si estuviera inmerso en un sueño, o en un cuento fabuloso, el artista comienza a pintar, a amarla con el pincel.

Palpa su cuello, besa sus mejillas, se atreve a rozar su boca; es tanto su anhelo que desearía ser pigmento, lienzo, color; nada en el mundo ama más que a su cuadro, a su condesa, al retrato que a ambos une y que a ambos les brinda esa íntima relación. ¿Qué distancia puede mediar entre los dos, cuando es su mano la encargada de inmortalizar a la condesa? ¿Qué secretos hay para el pincel que recoge la esencia de la retratada? Ambos se aman a través de ese retrato, pero ambos desean trascenderlo para abismarse en los misterios del otro.

El retrato, a pesar del deseo, ha llegado a su término. Él, entristecido, pone punto final. Lo firma, y, con un gesto, le indica a la condesa que la sesión ha terminado. Ella sonríe con cortesía, deseando destruir ese cuadro que, concluido, dará fin al amor. La condesa se acerca al artista, y ambos, rozando disimuladamente sus vestimentas, contemplan el retrato sin decir nada. Es precioso: tanto como el genio del pintor, tanto como la belleza de la modelo. Ambos observan el retrato que los ha unido, que los ha hecho desearse, que ha mediado entre sus almas; ella ve al hombre que la ha desnudado, él ve a la mujer que lo ha hecho artista.

Él y ella, exploradores del deseo, se hunden en la superficie del lienzo y reflejan en ella sus anhelos imposibles.

Se aman, pero hay que vivir.

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