Roger «the Bookblind», patrón cultural de Mountfell

Nadie en Mountfell, pequeña localidad perteneciente al condado de Plymouth, Massachusetts, es ajeno al nombre de Roger A. Carlson (1819 – 1907). Coetáneo de Thoreau, habría trascendido las fronteras de su pequeño pueblo si hubiera escrito, al igual que hizo el célebre autor de Walden, una obra literaria que ensalzara su proeza. Sin embargo, como buen —y radical— lector, no escribió; y sus hazañas todavía no han salido de Mountfell, pueblo que, no obstante, reivindica a Roger como el patrón de su vida cultural. Cuando se les pregunta por su héroe, los pueblerinos sonríen y, divertidos, pronuncian el apodo que identificaba a Roger entre su gente: Roger «the Bookblind», expresión que podría traducirse al castellano como Roger «el cegado por los libros». Nadie recuerda cuándo comenzaron a llamarlo así, pero todos narran —orgullosamente— el origen de tal epíteto.

Roger «the Bookblind» es, según la leyenda local, el único ciudadano del mundo que ha leído todos y cada uno de los libros de una biblioteca pública. A los veintitrés años le dijo a su padre algo así como que se mudaba a la biblioteca, pues se negaba a seguir desperdiciando «un tiempo que pertenecía al legado de la Humanidad» (esta frase, atribuida a nuestro célebre protagonista, es una de las perlas literarias que figuran en el nuevo himno de los Redbiggs, equipo de rugby de Mountfell).

A lo que íbamos: el padre de Roger, sir Harry Carlson, reputado comerciante especializado en maderas y útiles de carpintería, escuchó con paciencia el ditirambo de su hijo. Estaba convencido de que aquello no era más que una baladronada de chaval acomodado, así que le animó a encerrarse en la biblioteca durante un mes…, pero solo si cumplía dos condiciones: 1) debería vivir literalmente en la biblioteca; no podía ir al cine, ni salir a pasear, ni hablar ni hacer vida social en el edificio; y 2) su padre le pagaría una minúscula pensión con la que podría costearse dos comidas frugales al día y, si le alcanzaba, un té o un café. El objetivo del riguroso sir Harry era, por supuesto, que los hechos actuaran por sí mismos y que la reclusión disuadiera a Roger de su fanfarronada.

Sin embargo, Roger aguantó, y ni siquiera volvió a casa cuando cumplió el mes de prueba. Al segundo día después de haber terminado el plazo estipulado, sir Harry fue a buscar a su hijo a la biblioteca. Allí lo encontró, leyendo las Vidas de Arístides y Catón de Plutarco (N. Elliot Publishing, edición de 1822), y aún con dinero suficiente para sobrevivir dos o tres días más. «Espera a que acabe», exigió el hijo al padre sin ni siquiera mirarlo. Según dicen, pasaron más de dos horas hasta que Roger salió del embrujo de Plutarco y saludó a su padre. Sir Harry, que era hombre severo, aunque de profundo amor por los asuntos sublimes, decidió aumentar el plazo del «experimento» durante un año más.

Fue fascinante: en unos pocos meses, su hijo aprendió los rudimentos de las lenguas latina, griega, española, francesa e italiana, y memorizó largos pasajes de las obras literarias consideradas clásicas en dichos idiomas. También le interesaban las matemáticas, la astrología y las ciencias agrónomas, disciplinas sobre las que intentaba construir teorías generales que dieran cabida a multitud de hechos aislados sobre los que leía (esto lo sabemos gracias a Phil Norton, uno de los bibliotecarios que conocieron a Roger y que sobre él redactó algunas impresiones en su diario).

Sir Harry no le dijo nada al joven Roger después de que pasara la prórroga de un año. Orgulloso, todos los meses se acercaba a la biblioteca para ver a su hijo, y, sin desconcentrarlo, le dejaba algo de dinero para seguir viviendo en la biblioteca.

Roger «the Bookblind» no fue al funeral de su padre. Ni siquiera intentó justificarse. «Una lectura provechosa de Hegel no se puede interrumpir», dijo a sus tres hermanas cuando estas lo asaltaron en su puesto de la biblioteca: una llorando, otra iracunda y la tercera ausente. Como es natural, dejaron de hablarle; y, como también es lógico, a Roger le correspondió una generosa fracción de la fortuna de su padre.

Siguió viviendo en la biblioteca durante toda su vida.

En realidad nadie sabe cuántos libros leyó, y mucho menos si leyó —como dicen— todos los libros de la Biblioteca Pública de Mountfell. Sin embargo, es sabido que las leyendas no se erigen sobre certezas, sino sobre posibilidades remotas.

Lo único que Roger «the Bookblind» escribió sobre sí mismo —más allá de sus glosas eruditas, sus devaneos teóricos y sus impertérritas correcciones de erratas— fueron unas reveladoras líneas que dicen así:

«No hay lugar donde más me asuste morir que en una biblioteca. Si pudiera leer todos los libros… ¡pero sé que moriré, tarde o temprano! No lo puedo saber todo. Es terrible leer el título de la biografía de un pintor, hojear la última teoría sobre el clima seco o abrir el poemario de un borracho desconocido… Terrible agarrar esos libros y sentir, saber, que no me va a dar tiempo a leerlos. ¡Es tan doloroso estar obligado a elegir qué libro leer…! Pues leer es como escribir: si un idioma tiene 700.000 palabras, cada vez que escribo una palabra estoy rechazando las otras 699.999. Y la buena escritura, la de verdad, ha de tener una buena razón para elegir esa palabra y rechazar todas las demás.

Los libros crecen, pero el tiempo se agota.»

El manuscrito original luce hoy en un expositor de la Biblioteca Pública de Mountfell, que este año celebra el bicentenario del nacimiento de su patrón.

Desde aquí nos unimos a su celebración.

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Jean Siméon Chardin, «Los atributos de las ciencias», 1731.
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El amante de la vida «Mí conmigo: los sueños de Ari». María José Ventaja

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