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Reseñas

Fuerte bochorno, de Rafalé Guadalmedina

LOS CUATRO(CIENTOS) PRINGAOS
Fuerte bochorno, de Rafalé Guadalmedina

Más de una vez he dicho que hay que desconfiar de los escritores que se toman demasiado en serio la escritura. Al menos, la escritura de ficción. Al menos, si no les va la vida en ello. Yo entiendo que cuando uno se gana el sustento con las letras, pues bueno, en su derecho está de sufrirlas y de amargarse por el público; porque del público depende su estipendio, y de su estipendio, todo lo demás. Pero luego están los cuatro(cientos) pringaos de por aquí y por allá, que trabajan de lo que sea que trabajen, y que, en su tiempo libre, se ponen a machacar las teclas. Cuatro(cientos) pringaos que, por algún motivo u otro, dedican su ocio a la literatura. Y, por esa misma dedicación ociosa a la literatura, a mí me pasma cuando estos pringaos sufren por la escritura, y por el público, y por todo lo demás. ¿Dónde quedó el espíritu de esos grupos de puretas que se unen los domingos por la tarde a tocar cuatro canciones de AC/DC y a beberse cuatro(cientas) cervezas entre riff y riff? A estos grupos de garaje, que quedan alegremente para despejarse del curro y de los niños, la música les da la vida; de la misma forma que el público se la quitaría de un plumazo. ¡Lejos de los bolos y de los circuitos comerciales, estos pringaos de la música disfrutan tocando un rock ‘n’ roll suavecito, sin mucha parafernalia, pero con todo el gusto de una tarde de colegas!…

…Pero los escritores son, en muchos casos, bastante especialitos; y lo que nuestro grupo de puretas goza como niños, nuestros escritores lo sufren como burros: dedicando una o dos horas al día a la literatura creen, y lo creen de verdad, que serán grandes estrellas de la kultura, y se frustran porque no llegan, nunca llegan los millones, ni las entrevistas de cuarenta periódicos, ni las traducciones a veinte idiomas, ni la gloria eterna ni los laureles de la inmortalidad. Bueno. Es una opción como otra cualquiera de amargarse la vida.

Hay otros escritores, sin embargo, que conocen bien a sus compañeros (o, quién sabe, acaso se conocen bien a sí mismos), y que disfrutan caricaturizando sus paranoias, sus manías y sus fantasmas. Y, de paso, se ríen un rato y se lo pasan bien escribiendo; y, por añadidura, nos hacen reír a los lectores. Todo bien. Sin complicaciones.

De este tipo de escritores es Rafalé Guadalmedina, o, al menos, eso dice él: autor «de sangre aceitosa, […] de sello infame […] lenguaje presuntuoso y ritmo vaporoso», escritor de «historias que nadie necesita leer». Por fin hablamos clarito. Así, sí. Ahora sí que nos entendemos.  

Fuerte bochorno es, intencionadamente, un libro de humor; pero, como su propio título indica, se trata de un humor satírico, que ilustra a brochazos el fortísimo bochorno y la asombrosa vergüenza ajena que nos hace pasar, en multitud de ocasiones, esa fauna de personalidades serias y envanecidas que son los autores de literatura (esos son los peores), los profesores universitarios e intelektuales varios, los influencers y, en fin, toda esa caterva infame de personajes que pretenden disimular lo que en realidad son, y son a gritos: una panda de mermaos.

Dichosos los que saben reírse de sí mismos, porque ellos están más cerca de la verdad de nuestra insignificancia. Véase, por ejemplo, el siguiente testimonio del protagonista del relato ‘Las ignominiosas desventuras del profesor Molón’:

Yo, acérrimo enemigo del profesorado, distinguido con el título honorífico del estudiante más detestable de mi promoción y que había jurado no volver a pisar suelo académico, me acababa de convertir en distinguido profesor. […] Por entonces era de sobras conocido que el sistema educativo estaba en una crisis severa y, como se demostraría después, irreversible. No sospechaba que la situación fuera tan dramática como para que tipos sin vocación ni talento fuéramos reclutados para resucitarlo.

Pasen y vean, en fin, este catálogo de indecencias, obscenidades y mamarrachadas, que hará las delicias de quienes no se preocupan demasiado por aparentar seriedad en estas sendas, algo torcidas, de la literatura.

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