‘El hombre que discutía solo’, de Gorka Maiztegui
TONTERÍAS QUE DAN LA VIDA
El hombre que discutía solo, de Gorka Maiztegui Zuazo
Hay autores para quienes escribir novelas tiene que ser algo muy parecido a una fiesta. Una fiesta alocada, de muchos disfraces, sustancias y músicas variadas, en la que uno puede gozar un vastísimo maridaje de experiencias sensacionales en lo que dura una noche. Ese tipo de autor es Gorka Maiztegui: un maestro de ceremonias que se sienta a escribir una novela y le sale un fiestón de los de «no sé qué pasó anoche, pero estuvo guapo, guapo».
Ya en De héroes y de santos, su primera novela, Gorka hizo gala de una imaginación desenfrenada, un humor tremendo y una historia, a pesar de todo, con sentido y hasta con densidad. En esa opera prima, nuestro autor utilizaba uno de los más populares arquetipos de la ciencia ficción y del terror para construir una leyenda fantástica a base de navíos, reconquistas y payasadas: el zombi, que, en forma de plaga, amenazaba nuestro mundo.
En esta nueva novela, Gorka utiliza otro arquetipo de la literatura de género bastante gastado y requetemanoseado: el alienígena‑reptiliano que, disfrazado de ser humano, viene a acabar con nuestra civilización por lo bajinis. Lo mejor de El hombre que discutía solo, sin embargo, no es el uso de tal o cual arquetipo clásico en la literatura, sino, como decía antes, el festival de ocurrencias que giran en torno a él. Los alienígenas se tornan una excusa barata e insignificante para hablar, o, mejor dicho, para reírse de muchas otras cosas, y para poner en escena a unos personajes muy particulares. Para muestra, un botón:
Alrededor del bidón se habían reunido todos: los hombres que discutían en un idioma imposible, el niño que no sabía lo que era un perro, la chica que acariciaba extintores, el hombre del reloj de estrellas y todos los extraños habitantes del puente Marina.
Seremos testigos de una aventura urbana de organizaciones secretas de corte muy clásico (porque todo en esta novela es un continuo intertexto con otras manifestaciones de la cultura popular como el cómic, la televisión, el cine quinqui —¡Gorka, a ver si acabas ya tu dichoso monográfico!—) en una Barcelona reconocible, pero desfigurada por el turismo y los precios del alquiler. Un lance a medio camino entre el gag cómico, el episodio Pulp de toda la vida y el melodrama hollywoodiense, con tanta pericia técnica como libertad creativa y profundidad de ideas. Profusión de personajes, registros y sucesos que, no obstante, abundan en la reflexión sobre las posibilidades del diálogo y el entendimiento entre los ciudadanos; las difíciles condiciones de vida en la España contemporánea; y otras licencias tomadas de aquí y de allí, que lo mismo sacan al ruedo a Sartre, a Beckett o a Habermas. O a todos a la vez.
Hay un lugar en el infierno para la gente que no escucha: es pequeño y están todos sentados, juntitos, hablando a la vez.
«A mí estas tonterías me dan la vida», me dice Gorka en un correo electrónico inédito. Desde aquí le respondo que, si a él «estas tonterías» le dan la vida como autor, a mí me la devuelven como editor. Espero que a los lectores, al menos, no se la quiten.
Vieja y desconocida Europa
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