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El emperador de los helados: un brindis por la vida

El emperador de los helados: un brindis por la vida y un trago en honor a sus misterios”: así me gustaría haber subtitulado esta reseña; pero tanto por falta de espacio como por afán de concisión y un poquito de efectismo me he limitado al brindis por la vida; un brindis que escribo con gusto mientras a mi lado, sobre la mesa, nuestro camarada Falstaff (sí, ese, el gordito de la cubierta) me sonríe con glotonería y aliento de licor.

Brindamos, en fin, por la vida, pero bebemos también de su misterio, fermentado en el hondón bajo la palabra y la risa del que, nos guste o no, se alimenta toda literatura con pretensiones de festín.

El mítico Falstaff nos saluda y brinda con nosotros.

La autenticidad de los extrarradios

El reclamo más directo de El emperador de los helados es, sin duda, su carácter rebelde, ‘outsider’, en el que la apologética del fuego y de la insurrección permanecen, en mayor o en menor medida, a lo largo de los quince relatos que conforman el libro. Casi todos los personajes encajan, dentro de sus particularidades, en el tipo de espíritu independiente, orgulloso y libérrimo que se niega a seguir las pautas sociales y que, ante todo, busca la honestidad radical. Así actúan, por ejemplo, el director de cine Antoine Brouchard (Escribir o escarbar), con su retirada a las montañas para escapar de la fama; el gaditano Iñaki (El pan de cada día), con sus elogios a la economía sumergida y lo que representa; o la antropóloga Elisa (Coyotes), recién salida de la cárcel por unos altercados con los antidisturbios.

Son almas inconformistas, antisistema y personalísimas, que no pueden evitar hacer las cosas de otra manera y se atreven a vivir la vida de una forma a la que estamos poco acostumbrados: con autenticidad, sin miramientos, fieles a lo esencial. Nuestro autor, Jorge Morcillo, si bien no busca la provocación, sí se regodea en la desobediencia.

Aquí hay tanta luz, tanta belleza, tantas ganas de vivir y pasarlo bien, tantas ganas de reír, en definitiva, tanta economía sumergida, que podríamos vivir entre los cascotes y los pecios de una deflagración y no perderíamos el humor.

De ‘El pan de cada día’

“La literatura en mí ha muerto. ¡Viva la literatura!”

De esta honestidad con los propios impulsos nace un vitalismo desenfrenado, un humor enérgico y mediterráneo que, pese a la tragedia de vivir en los márgenes, condiciona todo el libro como un himno a la alegría y al buen vivir (lo cual es, en último término, la función de la literatura, tónico para el espíritu y estímulo para la sangre).

Sobre este vitalismo merece especial mención el grupo de relatos que conforman el ‘cuarteto de la Guachinera’, ambientados en el oeste novohispano donde la ley de la vida se torna, si cabe, más salvaje, frenética y tremenda. “Esto es la sierra, hijos míos, aquí no hay más jurisdicción que la del cielo y la del Diablo”, se afirma en el relato ‘El cerco’.

El día que todo estalle por los aires y el populacho exija su ración de sangre y poesía leeremos a Rimbaud en los platós televisivos, y a ti, señor o señora agente, te violaremos con tu propia porra extensible mientras escuchamos a todo volumen a Eskorbuto.

De ‘Coyotes’.

Prácticamente todos los personajes leen, o escriben, o reflexionan sobre los libros, el arte y la creación humana y su relación con el misterio —y milagro— de estar vivos. Así, El emperador de los helados se despliega como un polimórfico diálogo con la tradición literaria occidental. Baste de ejemplo las cuatro páginas de vibrante elogio que Antonie Brouchard, el barteblyano protagonista de Escribir o escarbar, hace de Montaigne; o sus referencias continuas a Ibsen, o Shakespeare, o la aparición estelar del escritor Carlos René Padilla en otro relato, o la mención de honor al ‘bueno, perturbado y genial’ David Foster Wallace, y, en fin, tantos otros y otras que son ya amigos y amigas de toda la vida y que, en un momento dado, hacen afirmar a uno de nuestros protagonistas: «¿A dónde voy yo sin literatura? ¿Tiene mi vida sentido sin literatura? ¿Acaso los que vivimos en la literatura podemos desempeñarnos en el día a día sin literatura? ¿No seremos todavía más deprimentes y crueles sin literatura?».

Menos mal que me dedico a un oficio artístico, porque de lo contrario ya estaría en la cárcel.

De ‘escribir o escarbar’.

El lenguaje y la música

El emperador de los helados es de esas obras en que la forma se adapta con acierto a los significados que se pretenden transmitir. Como ya ocurría en De cielos y escarabajos, el lenguaje es frenético, obsesivo, dotado de gran musicalidad y ritmo acelerado, pulsos amplio e hiperventilación expresiva. Varios de los relatos solo ocupan un párrafo a modo de monólogo bernhardiano (Escribir o escarbar es un párrafo de casi cien páginas), mientras que otros mantienen una puntuación más “convencional”; aunque todos, como digo, conciben la palabra como torbellino, que nos arrastra a lo profundo al tiempo que nos hace girar una y otra vez, una y otra vez, cada vez más hacia adentro, más profundo, más profundo, hacia el misterio de lo inexpresable.

El último relato cierra el libro con una emotiva poética del vitalismo trágico. Un remolino que pone el broche de oro y cuya firma hará sonreír a los viejos lectores de Jorge Morcillo. A mí me hizo levantarme de la silla y aplaudir. Con (casi) lagrimilla, pero a la vez con carcajada. Y así todas las veces que me he dejado arrastrar por el torbellino. Ya sabrán por qué.

Ratas o humanos, serpientes o pájaros, todos vivimos en un universo tan amplio, tan enigmático, tan salvajemente frágil y, a la vez, devorador, que comprender algo de lo que aquí sucede es ya de por sí la tarea de toda una vida

De ‘Mirelle’.
El emperador de los helados.
Un libro de Jorge Morcillo.

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