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Reseñas

‘Los que son azules’, de Gerard Serra

LA FILOSOFÍA DEL CUENTACUENTOS
Los que son azules, de Gerard Serra

Un buen libro de relatos, según la teoría naif que compartimos en esta casa, es aquel volumen cuyos textos se llaman unos a otros, y cuyo sistema de ideas se enriquece a partir de la exploración de los diversos ángulos que cada relato, a su manera, aborda y descubre.

En Los que son azules, de Gerard Serra, asistimos a una composición esférica donde se abordan asuntos relacionados con la infancia, la creatividad, los afectos familiares y la gestación de la personalidad en un mundo difícil y, en ocasiones, hostil. Un deseo de bondad, de compasión y de entendimiento profundamente humano atraviesa todos los relatos. Los protagonistas son, en su mayoría, personajes ‘raritos’, disgregados de las tendencias sociales. Gente que no encaja y que a veces lo intenta, a veces no; pero que, en su mayoría, deberán aprender a adaptarse al mundo sin renunciar a su propia individualidad. Estamos ante un libro que aborda las diferencias individuales con genuino interés por el desarrollo y la expresión de la potencialidad de cada persona; pero que defiende, al mismo tiempo, los puentes y la comunicación entre las miles de diferencias que pueden manifestar los seres humanos.

Gerard Serra - Los que son azules

Mucho me recuerda este libro a El principito. Durante su edición me he descubierto a mí mismo recordando pasajes de aquel libro, insignia de la comunicación entre las generaciones y entre las nacionalidades. Los que son azules, de un modo muy similar al inmortal protagonista de Saint-Exupéry​, nos hace partícipes de la creatividad sin fronteras de los niños. No solo las historias están llenas de una ternura ingenua ante el mundo, que nos redescubre ante la realidad con los ojos inocentes de quien está aprendiendo a vivir; es que, más allá del texto, el libro está generosamente ilustrado por el propio autor con dibujos simpáticos y agradables, que, en muchos casos, resultan muy humorísticos. En ellos podemos ver, entre otros prodigios, al CEO de McDonald’s montando docenas de hamburguesas; una parcela de césped artificial en los peldaños de un camión; o un bate de béisbol que golpea el careto de un individuo y provoca que su muela salga disparada a 300 km/h a través de su tráquea. Son estas algunas muestras de una creatividad cariñosa, sensible, que se aproxima a la ficción con un rostro amable.

No obstante, y a pesar de tales bondades, los relatos contenidos en el libro no se distraen de asuntos ‘graves’ como son la muerte, los llamados trastornos mentales o la urgencia climática. La vida está representada aquí en todas sus dimensiones, y la candidez de la mirada no le resta enjundia a su tratamiento. Es más: acaso sean la imaginación del niño, o la maravillosa fascinación del cuentacuentos, los últimos bastiones filosóficos para enfrentarnos a una realidad fracturada, a un mundo en llamas al que los adultos de todas las épocas no han dudado en maltratar para conquistar. Acaso el niño y el cuentacuentos nos recuerden que la última filosofía, o más bien la primera, es el amor: la única idea y el único don de la vida que salvará el mundo y a los que en él vivimos, seamos azules, verdes o naranjas fosforitos.

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