El amor desconocido de Eudora Welty
Reseña de ‘Leer es vivir‘, de Jorge Morcillo
por Lucía Guerrero
Hay libros que son cartas que hay que contestar. Vienen sin dirección, sin remitente, y aun así hay que responderlas, que echar la misiva correspondiente en el buzón del viento, que meterla en una botella y lanzarla al océano con la esperanza de que atraque en la orilla de alguna isla donde un náufrago…
Porque para eso tiene que servir la escritura. Tiene que ser balsa, espadilla, cantimplora y alimento. Brújula y sextante. Botiquín. Carta náutica. Calzado seco. Ropa limpia. Repelente. Factor de protección cincuenta.
Así Leer es vivir, de Jorge Morcillo.
Leo ese libro y, mientras lo leo, escribo. Contesto. O no exactamente. Más bien, celebro. Y reniego.
No conocía a Eudora Welty. O sea, no la conozco. Me la recomienda un niño de ocho años. Un niño que confunde la literatura con un coche de carreras. Que usa los libros como si fueran canicas, cromos, estampas de la liga de fútbol.
(Que no puede intercambiar con ningún compañero en el patio del colegio).
Un niño que guarda en la caja de los Madelman a Bram Stoker. En la de los Playmobil, a George Eliot y a William Faulkner.
Sin que ningún adulto note la diferencia. Sin que esboce el gesto equiparable a encontrar un cigarrillo o una lata de cerveza.
Qué peligro va a tener un libro. Para conocerlo, el peligro, hay que haberlo leído. Hay que haberse cortado con él, sangrado con él, haber requerido primeros auxilios.
Y nadie lee. Nadie sufre el accidente de haber leído.
Se vive sin conocer la carga lesiva de todos esos volúmenes que circulan por casa, sin saber lo que esconden dentro.
No se abren. No se experimenta ese puñetazo en la cara típico de las cajas sorpresa de las tiendas de artículos de broma.
Porque qué es la literatura, sino una broma muy seria. Una carcajada que hace daño. Ahí la broma de Kundera. La infinita de Foster Wallace.
Como mucho, se les limpia el polvo, a esos volúmenes. Se les pasa un trapito por encima. Sin ponerse uno de esos guantes metálicos de los cortadores de fiambre. Una de esas cotas de malla manuales que refractan el golpe. Que transforman la puñalada en caricia. En un estímulo que ha perdido su capacidad nociva como se pierde la cartera. Que no consigue abrir el famoso portón de Melzack en la médula. Un estímulo educado, que, como mucho, llama al timbre, despacio, y se larga después de apenas dos minutos de no recibir respuesta.
Una armería, en realidad, la biblioteca, un aquelarre de celulosa. Un lugar donde bajo ningún concepto debería entrar un menor. Por la posibilidad de que meta los dedos en el enchufe de las letras. De que se eche un buche ocular de lejía, de amoniaco. De que se le venga encima, y le aplaste, el peso de un clásico.
Se desconocen estos peligros. No vienen en los manuales de puericultura. No se colocan, los libros, lejos del alcance de los niños. En el armarito de las medicinas. En el cajón de los cuchillos.
Ningún pediatra sitúa al niño en ningún percentil relacionado con lo que ha leído. Relacionado con los daños que la lectura ha podido producir en ese organismo en desarrollo.
El peso. La altura. La complexión ósea. La consecución de hitos evolutivos. Y nada más. Ni un solo vistazo al cuartillo del alma donde se acumulan las lecturas. Donde se esconden, como fruta prohibida, los libros.
Quién dice que Eva no cogió Madame Bovary del árbol del paraíso en lugar de la manzana. Anna Karenina o La Regenta.
Y que lo callan para que el pecado no se universalice y perpetúe. Para que nos conformemos con el sexo, con el dinero, con la comida, y hagamos caso omiso de los libros.
Caso omiso de esa comitiva de letras camino del averno.
Recuerdo a Virginia Woolf, que entraba en la biblioteca de su padre y leía todo lo que le venía en gana. Sin que ningún adulto controlara el tipo de alimento, lo que se metía por los ojos. Sin que ningún adulto dijera: «Éste no todavía».
Sí, todavía. Porque los libros hacen daño siempre, y no sólo en la infancia. Porque nunca se está preparado para la estocada de la escritura. Pero un adulto puede, al menos, parar, cerrar el libro un rato cuando siente que… Un niño, no. No sabe darse un respiro, estrellar un volumen contra la pared, lanzarlo por la ventana. Es como un perro cuando le pones la ración de comida para toda una semana.
Se atracará, vomitará. Cualquier cosa menos decir: «Ya no tengo más hambre». Cualquier cosa menos sentir que se está saciado, que ya es suficiente.
Pensarían, los padres de Virginia, los padres de todos los niños lectores, que sólo se entretenía, que pasaba páginas. Porque qué interés va a tener un niño en descifrar los jeroglíficos del abecedario.
El niño, que no es tonto, completa el círculo, y lee a escondidas. Lee intuyendo que aquello no está del todo bien. Que a uno no le dejarían leer libremente si supieran lo que viene allí dentro. Lo que está escrito.
Así que lee mientras los padres se entretienen con los percentiles. Mientras cabecean con los suspensos.
Y menos mal.
Porque esos libros que hacen daño, esos libros que te parten por la mitad, que te rompen el corazón como dice Morcillo que le hizo George Eliot y como digo yo que me hizo Cervantes, son la única forma de sobrevivir que tiene un niño.
Un libro es, a veces, el único amigo. La única persona que entiende lo que te pasa. La única que te da justo el remedio que necesitas.
A veces te duele la barriga de la psique, y aun así te mandan al colegio. No entienden que un síntoma «inventado» es, por definición, más serio que uno real, físico, orgánico, como les gusta llamarlo a los médicos. No entienden que no es que no se quiera ir al colegio, es que no se puede. Y te obligan, te mandan allí de cabeza, como un médico que ofreciera, como solución para la fiebre, refriegas de calor. Para la hipertensión, un chupito de agua salada. Para la cojera, la amputación de un trozo de pierna.
Qué suerte para esos niños encontrar el aliado de un libro. El diagnóstico y el tratamiento de un buen escritor, de un autor que fue, seguro, a su vez, un niño que tampoco quería ir al colegio.
(De un niño que tampoco podía).
Quién no quiere aprender, encontrar respuestas. Pero no siempre hay compatibilidad con los métodos de enseñanza. A veces es mejor maestro un libro. Porque escucha. Porque está callado mientras tú haces eso que se llama pensar. Porque te alecciona sin que te des cuenta, sin que tengas que aprenderte la lección de memoria.
Si los maestros supieran hacer lo que hace un libro… Eso, contar una historia vívida, llena de personajes a los que le pasan cosas. Llena de paisajes fascinantes y aventuras. Si supieran, los niños se darían tortas por ir a clase. Se podrían los primeros en la fila. No le pincharían con la punta afilada del lápiz al de al lado, no le empujarían la silla, no le pegarían un chicle en la mochila ni le tirarían de la trenza a la de delante.
Sólo mirarían muy fijo al profesor. Alguno igual se hurgaría la nariz, se mesaría el pelo, adoptaría una de esas conductas previas al sueño. Sin cerrar los ojos nunca.
A nadie le dolería algo inespecífico en el alma cuando su madre lo despierta para ir al colegio. A nadie le subiría la fiebre los lunes por la mañana y le bajaría los viernes por la tarde.
Por qué no iban a ser esas historias del profesor más efectivas que la lección de Lengua o Matemáticas. Que la lección de Naturales o Historia.
¿Acaso puede un profesor ser mejor amigo de un niño que Huckleberry Finn, Tom Sawyer, Harbert; que Oliver Twist o David Copperfield?
Todos los niños están solos. Incluso los que no parece que estén solos. Sobre todo, los que no parece que estén solos. Así que por qué no ofrecerles esa pandilla de los libros. Ese grupo social de referencia. Aunque el claustro de profesores insista en que no son niños modélicos, esos personajes, que serán una mala influencia.
E insistan con las fábulas y los cuentos con moraleja.
E insistan con los casposos libros de texto.
Volver a casa, por la tarde, y que tu madre te pregunte: «¿Con quién has estado hoy?». Y decirle: «Con Tom y Sid». Sin que sea mentira.
Los niños a los que nunca invitan a los cumpleaños, todavía pueden ir a tomar el té con Alicia y el Sombrerero Loco.
Los que pasan solos las horas del recreo pueden muy bien unirse a Phileas Fogg para dar la vuelta al mundo.
Por qué negarles ese contacto, ese alimento.
Morcillo tuvo la suerte de caer enfermo, de tener una de esas enfermedades que los médicos llaman verdaderas, y descubrir los libros. No he usado comillas. Para lo de la suerte de caer enfermo. Es lo que pienso. Que tuvo suerte. Que sobrevivió al peligro de mantenerse sano, yendo a clase, cargando en la mochila con el libro de Sociales y de Matemáticas.
Tuvo, además de la suerte, la inteligencia de, una vez descubierto el tesoro, conseguir que lo mandaran cada dos por tres castigado a la biblioteca.
Qué oxímoron. Castigado a la biblioteca. Pretender que alguien se sienta solo rodeado de miles de libros. Pretender que estar expuesto a una historia durante una hora sea una tortura, un castigo ejemplarizante.
Menudo ostracismo: esa expulsión al paraíso, ese destierro de ese infierno que es la vida sin libros.
Como si lo viera, allí sentado, poniendo cara de póquer para que la bibliotecaría no adivinara la mano, el disfrute. Arrojando el libro encima de la mesa de vez en cuando con una mueca de disgusto para fingir que son lentejas, y no chocolate, lo que uno tiene en la boca.
Qué niño más listo.
Qué niño más entrañable.
No puedo con la parte en la que narra su historia de amor con Eudora. No lo soporto. Se me rompe el corazón, y a la vez…
Y a la vez…
¡Un niño de nueve años enamorado de Eudora Welty! ¿Qué es la crítica literaria, Bloom, Johnson y compañía al lado de eso? ¿Qué son los premios, los reconocimientos? Al lado de que un niño de nueve años vaya con tu nombre escrito en un papelito a la biblioteca para buscar más libros tuyos, para conocer tu historia, para saberse al dedillo… Qué es comparado con que, a los once, vaya a una cabina de teléfono y marque el número de Anagrama para preguntar… Dice que contestó una chica y que, pensando que se trataría de una broma, colgó.
Seguro que está viva y coleando. Esa empleada. Que ningún juez le ha impuesto una sentencia por permitir que ese niño se quedara clavado en la cabina y volviera a casa con los bolsillos del alma vacíos.
Y un agujero de bala en el pecho.
Me muero de pena…
Por el niño y porque Eudora todavía estaba viva. Porque podrían muy bien haberlos puesto en contacto. Haberle dado un número al niño. Haberle dicho: «Espera», y llamar a Welty y decirle: «Tengo el placer de comunicarle que…».
No lo hicieron. De no haber colgado, de haber hablado con ese niño, estoy segura de que le habrían respondido con paternalismo y después de colgar, como mucho, hecho un comentario con los compañeros.
Dicho: «¡Qué rico!». Dicho: «¡Qué gracioso!».
En ningún caso tomárselo en serio. En ningún caso celebrar el milagro y darle espacio, como dice Calvino al final de Las ciudades invisibles. En ningún caso irse a casa pensando en la manera de poner en contacto a ese niño con la mujer de sus sueños.
El mundo no funciona por culpa de esto. Por culpa de cómo se descuelga el teléfono. Por culpa de cómo se contesta.
Por culpa de que no se ve al hombre que hay dentro del niño.
Lee que te lee, ese hombre, ese niño. Haciendo como ella cuando escribía: cortar el relato en varias partes y rearmarlo encima de su mesa. Así el niño, componiendo la figura de esa mujer, uniendo la escritura, la fotografía, los paisajes del Deep South de Estados Unidos para tener a la mujer entera, para tener la carne y el hueso, la piel y la médula, y no sólo los libros.
(Y aunque «sólo» no sea la palabra correcta).
¿Dónde queda lo que sentía ese niño mientras leía? Aparte de dentro de ese niño, me refiero. Aparte de dentro del hombre que ahora va a la oficina y usa medios de transporte, y entiende de valores de mercado y de hipotecas, y cotiza a la Seguridad Social y ojea la prensa y el BOE.
Y que, gracias a esas lecturas tempranas, no ve exactamente lo que ven otros. O ve algo que a los demás se les escapa.
Esas lecturas tempranas que hacen tanto daño y tanto bien. Que actúan con valor profiláctico impidiendo que el aguijón de la vida adulta se te clave en el esternón perforando todo atisbo de esperanza.
Porque puede caerse todo: el amor, el trabajo, la salud, la amistad. Todo, menos el edificio de los libros. No hay nada que pueda hacer pum en ese edificio. Crack en ese edificio. Nada que pueda hacer que se venga abajo la lectura.
Todo castillos de naipes, de arena. Excepto los libros. Excepto la posibilidad de llevarse a los ojos un puñado efectivo de letras.
Cómo me gustaría haber estado allí con ese niño. Ser la bibliotecaria, sólo que viendo, sólo que enterándome, oliéndome el pastel del entusiasmo por la literatura. O mejor: ver a ese niño en su casa, en su cuarto, sin que él me viera.
Ver cómo leía, cómo sujetaba el libro. Las caras que ponía. Los cuerpos. Ver cómo se despedía del libro cuando su madre lo llamaba para la cena.
Porque es una pena que se haya perdido eso. Que sólo, quiero decir, lo tenga él, lo conserve él, en vez de todos. En vez de Eudora.
Buscas en Google y dice que no se le conocieron amores, que nunca se casó. ¡Menuda impostura! ¿Y ese niño, qué?
A eso me refiero. A que no viene su nombre. A que no aparece Jorge Morcillo encabezando el listado de hombres con los que se le relaciona. Deberían ponerlo, incluirlo. Al menos desde que se publicó Leer es vivir. Ya se sabe que tuvo al menos un amante, ¿Por qué no actualizan los datos de la wikipedia?
Bastante triste es ya que Welty se haya ido al otro barrio sin saber que un niño la miraba así, que iba a todos lados cargando con su hatillo de deseo. Que la amaba con un amor prohibido, escondido… Mira que morirse así, que irse a la tumba sin saberlo…
Y todo por culpa de una empleada que le puso un pí-pí-pí en el oído a un niño de once años.
Por culpa de una mujer que incumplió el Mateo 19, 14. Que no dejó que un niño se acercara a ella.
Se habla siempre del amor de los quince. ¿Y qué pasa con el de los diez, que le da mil millones de vueltas? ¿Qué pasa con el de los ocho?
Pobre Eudora: tantos libros, tanto empeño para nada. Sólo el Pulitzer, la Medalla Presidencial de la Libertad. Como si eso significara algo. Sirviera para algo. Tanto esfuerzo para irse sin conocer a ese niño, sin saber de sus noches, de sus apasionadas fiebres lectoras.
(Para las que no existía ningún antitérmico).
Tanto, para irse sin ese reconocimiento.
No que te valore un grupo de críticos, un jurado literario, sino que te vea un niño. Que sepa quién eres.
No que te lea alguien, que pase los ojos por tus libros. Que alguien haga su nido, que se alimente y pernocte y se refugie de la lluvia en lo que has escrito.
¿Quién tiene un lector así? ¿Quién puede decir que sus libros son posada, casa de huéspedes?
¿Quién, que sus libros son un lugar donde resguardarse y esperar a que escampe el infortunio?
(A que escampe, quiero decir, la infancia).
Un lugar donde esquivar el granizo de los acontecimientos.
Escribir y que tus letras sean balancín, hamaca. Que mezan al leyente. Que le pongan al oído una de esas nanas nórdicas. Uno de esos arrullos americanos. Y consigan que cierre con confianza los párpados del cerebro.
Sabiendo que el pestillo del libro está echado.
Que no vendrá ningún hombre del saco. Ninguna bruja subida al chárter de su escoba. Ningún vampiro con la ferritina baja.
Ella.
Pero se fue sin saberlo.
Sin disfrutarlo.
Sin padecerlo.
(Sí, sin padecerlo, porque también los lectores pueden romperle el corazón a los escritores. Con el obús de la belleza. Lanzando los ojos, el alma a sus libros de una forma que no esperaban).
No lo supo.
Qué pena.
La felicidad que no sintió.
El dolor que le robaron.
Tomó muchas fotografías de la Gran Depresión, menos ésa en la que un niño de once años deposita el teléfono en su horquilla y dobla con dedos temblorosos un papelito y se lo mete de nuevo en el bolsillo de los pantalones.
¿Qué hay más triste que eso, que ese niño? Que encima no puede explicarles a los padres, esa noche, por qué no tiene hambre. Por qué no le apetece la hamburguesa ni las patatas fritas.
Por qué no quiere que le llenen el vaso de Coca-cola.
A ese niño que sólo tiene ganas de meterse en la cama.
A las diez de la noche.
Sin libro.
Tampoco esa imagen viene en Google. Para verla tengo que irme a Leer es vivir. Y no puedo. Porque me hace daño esa foto narrada. Porque querría eso, ponerle una denuncia a Anagrama, exigir que miren en sus archivos y encuentren a la empleada que estaba trabajando ese día. A la que descolgó el teléfono y se lo apoyó en el hombro mientras se retocaba las cutículas.
Y decía: «¿Sí?».
Y decía: «No».
A la mujer que tenía los pensamientos en otro sitio y no pudo escuchar la voz del niño. El silencio del niño.
¡Por Dios! Un amor así, tan grande, un amor que obligaba a andar encorvado a un niño de once años.
Un amor que le permitía ir dando saltos, esquivando precipicios a un niño de once años.
¿Es que nadie lo entiende?
Lucía Guerrero
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8 Comentarios
Laura
Me ha encantado
Rosa Estañ Homs
Echaba de menos ese estilo rápido, profundo y fresco de Lucía al hacer un comentario de un libro. !!Y de que forma lo hace!! Es imposible dejar de leer su análisis aunque quieras. Y en este caso mas imposible todavía porque te lleva a la mirada directa del entendimiento directo de un niño. Ese ser sabio que no miente, su pureza o inocencia se lo impide. Su ansia por la lectura nos reconcilia con la sabiduría. Gracias Lucía por saber tanto de los niños, de los libros, de la vida.🌹
Bal
Pues, como siempre, es un gustazo leer la reseña de Lucía. Al modo de lagallinayelhuevo no sabría distinguir entre el goce de leer la reseña o el que se experimenta al sumergirse en el libro sobre el que versa. Más allá de un ejercicio de estilo impresionante, el artículo supura amor por la lectura y el mundo del libro. Enhorabuena.
Lucía
¡Muchas gracias a los tres! 🙂
Tony
Recibo esta reseña como una carta que he de contestar. Y la contesto. Y la lanzo al mar donde en la otra orilla la espera La Niña Loba.
Hoy ya he hecho, después de su lectura, la lista de la compra semanal: Un pack de leche desnatada, naranjas… el libro de Jorge Morcillo, los Cuentos completos de Eudora Welty y el último de Lucía Guerrero, pan de molde y…
¡Cuánto hay de broma seria en ese texto! Toda una estocada ¡Qué escrito!
Un libro, un niño, y dos escritoras. Eudora y Lucía ¿Acaso se necesita algo más para respirar?
Minuciosamente he ido descifrando los jeroglíficos del abecedario de esta reseña, ¿Reseña? Si en poco más de cien líneas está todo lo que te puede enseñar la vida. Y es que cuando los pensamientos se alejan del niño, del libro, lo demás es muerte.
Gracias Lucia.
Lucía
Gracias a ti, Tony. ¡Un abrazo!
Albert
Acabo de ponerme los ojos otra vez, ya lo hice anoche, para releer solo lo que hay que leer.
Tengo 85 años y me he sentido el niño de “leer es vivir” y tu mi Eudora Welty -ya querría ella haberte conocido-
Uno se extasía leyéndote, es entonces cuando aparece el niño que fuimos, recibiendo un hermoso regalo al que rápidamente destrozamos el envoltorio para ver que hay dentro, ¿qué será?
Y ¡Sorpresa! Aparece ese lirismo que atrapa, que embelesa, que engancha, que invita a leer lo que propones, todo descrito con esa sensibilidad y esa intelectualidad que posees. Precioso… y preciso.
Ha sido larga la espera, pesaba mucho mi nostalgia, tú solo eres capaz de despertarnos el niño que fuimos, ese que amaba a Eudora, al que has vestido de esa esa atmósfera tan especial, por esa capacidad tuya de embellecer cualquier folio que tocas.
Las ideas, las tuyas despiertas, las nuestras que tu despiertas jugando a los playmobil, todas imponentes e importantes, todas necesarias, como lo es tu lectura.
Tengo que repetirte que al leerte -te lo dije en alguno de tus escritos- me siento como Caeiro, mirando la vida.
Lo que le has escrito al autor hay que hacerlo despacio, despacio, despacio… para empaparse bien de toda la riqueza lingüística y cultural de su contenido y al final mirarnos la piel y observarla erizada.
¡Como emocionas! ¡Qué bonito el reclamo de ese niño que hemos visto con calzones cortos!
Gracias por el regalo de este texto luminoso para inmortales.
Saboreas una frase y ya tienes la siguiente lista… se puede cocinar bien…. ¿pero todo tan bien?
Leyéndote uno quisiera tener bulimia, leerte, vomitar y seguir leyendo.
Me ha mecido tu reseña ¿Y el autor no está subido en el columpio? Por favor, salga de su guarida, nos encantaría verlo asomado por aquí, la niña -LUCIA- es loba, pero no muerde.
Lucía
Qué difícil dejar a un escritor sin palabras, y tú lo haces siempre, dejarme muda, mirando hipnotizada la pantalla del portátil.
Cómo darte las gracias si sólo tengo eso, la mirada, la sonrisa, si todo son monosílabos que se quiebran de camino al folio.
Te diré sólo que también para mí ha sido mucho tiempo, que también en mi platillo pesaba la nostalgia.
Siempre digo: “Si escribo es sólo para que Albert me lea”. Ahora lo amplio y digo: “Escribo para que Albert vuelva”.