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Reseñas

‘Edad de hombre’ y ‘La literatura entendida como una tauromaquia’, de Michel Leiris

Y A MÍ QUÉ ME CUENTAS, CHAVAL.
EDAD DE HOMBRE y LA LITERATURA ENTENDIDA COMO UNA TAUROMAQUIA,
de MICHEL LEIRIS

No me suelo tomar demasiado en serio a los escritores que se toman demasiado en serio la escritura. Para mí, la escritura como actividad y la literatura como arte tienen más que ver con el placer de la vida, con el gozo del lenguaje y con la salud óptima de nuestras capacidades sensoriales e intelectuales. No digo que no sea posible sufrir la literatura y usarla como catalizadora del amargor de la existencia. Únicamente, hace tiempo que no comparto esos postulados.

Sin embargo, y en especial desde la irrupción del psicoanálisis a principios del siglo XX, la literatura ha hipertrofiado su dimensión psicopatológica; bien narrando experiencias cercanas a la locura, bien funcionando a modo de exorcismo emocional. El caso que nos ocupa participa de ambas tendencias. Hablamos del texto autobiográfico Edad de hombre (1939, 46), de Michel Leiris (1901-1990), precedido del breve ensayo La literatura entendida como una tauromaquia, que lo introduce y le sirve de justificación teórica.

Dice Leiris en dicha introducción a su autobiografía:

Soñaba con el cuerno de un toro. No podía resignarme a ser solo un literato. El matador que aprovecha el peligro que corre para ser más brillante que nunca y muestra toda la calidad de su estilo en el momento en que está más amenazado: eso es lo que me maravillaba, eso lo que quería ser.

Con esto ya frunzo el ceño y anticipo lo que está por llegar: un libro plagado de lamentos, quejas y trivialidades de burgués que, a pesar de que dispone de tiempo para escribir, o sea, cierto privilegio y cierto ocio, se atreve a comparar la literatura con la tauromaquia, esto es, el arte de la escritura con el arte de la lucha contra la bestia.

Como es natural, el propio autor se da cuenta de una verdad de perogrullo:

De todos modos, para el torero existe una amenaza real de muerte, cosa que nunca existirá para el artista, como no sea de una forma externa a su arte (así, durante la ocupación alemana, la literatura clandestina implicaba un peligro real, aunque en la medida en que se integraba en una lucha mucho más general y, al fin y al cabo, independiente de la escritura misma).

Pero, no obstante, apenas le interesa ahondar en esta línea de argumentación, pues al cabo concluye: «¿Puede el hecho de escribir acarrear, para el que hace de ello una profesión, un peligro que, sin ser mortal, sea al menos verdadero?». Lo que es decir lo mismo que “estamos de acuerdo en que el torero puede matarse toreando y el escritor no puede matarse escribiendo, pero, oye, me parece a mí que el escritor también puede enfrentarse a un peligro verdadero a la manera que el torero se enfrenta con el toro”.

Esta actitud es de un narcisismo y de una soberbia espeluznantes; y, precisamente por soberbia y narcisismo, no son pocos los escritores que funcionan de acuerdo con esos postulados. A un escritor nada le alienta más que sentirse importante; que concebir su creación como una tarea épica, digna de héroes. Salvo algunas excepciones en las que verdaderamente hay un esfuerzo mortal derivado de la tarea física de escribir—pienso, por ejemplo, en Wolfgang Borchert postrado en su cama, durante el último año de su vida—, por lo demás no concibo la literatura sino como ocio. ¿Quiénes escriben? Escriben quienes tienen tiempo libre y una ‘habitación propia’. Ya sea ver una serie de Netflix, jugar a un videojuego, pintar un paisaje o escribir un libro, el peligro verdadero es el mismo: ninguno. Sin embargo, algo pasa con la literatura, alguna herencia maldita tiene este arte, que pareciera que todo aquí debiera ser trascendental y serio y profundo, e hiriente, sanguinolento, amargo y terrible. Eso de “escribir con la propia sangre” es una cursilería muy al uso. Y yo no sé por qué los lectores aplauden esta actitud. Quizá, como a quienes les gustan los toros, les guste imaginar al autor atravesado por banderillas y asumiendo un peligro verdadero que, aunque no existe, es gozoso suponer. El lector se nos revela entonces como un sádico y el escritor como un masoquista; uno desea ver sufrir al escritor; el otro desea sufrir para contarlo.

Esta actitud masoquista del escritor viene acompañada por otra actitud mesiánica: la que exclama que, mediante la ‘salvación de uno mismo’, se consigue la ‘salvación de todos los hombres’. Literalmente, nuestro autor se refiere a su intento autobiográfico-literario, al punto de cerrar su ensayo, como una suerte de «vía de liberación de todos los hombres» (cursiva en el original). Otra patochada que, sin embargo, convence mucho. Parece que hay por ahí mucho ateo desnortado a quien le habría gustado ser crucificado en los mismos maderos que Jesucristo con el único propósito de que el pueblo le admirara. Lo de ‘salvar a todos los hombres’ exponiendo las propias vilezas y desviaciones psicológicas en un librito tiene mucho de soberbia y muy poco de salvación. Al ser humano —a ver si los escritores se enteran de una vez— lo salva la paz, que le permite vivir; y el trabajo, que le permite cosechar alimento y calor. Nada más. De eso se dio cuenta, con mucha mayor sobriedad y sin tanto aspaviento, Thoreau, cuando reflexionó sobre sus necesidades básicas a la hora de trasladarse a Walden. Luego están las elucubraciones de pseudomesías venidos a más por unos lectores ávidos de ídolos, que en el fondo no son sino gansadas que suenan muy bonito, pero que en nada cambian o dejan de cambiar el estado de salvación del ser humano. Yo, personalmente, no tengo ningún interés en que Michel Leiris me salve a mí de nada. Y menos hablando de las mujeres que le gustaron o de los libros que se leyó. A mí qué me cuentas, chaval. A mí qué me cuentas.

En Edad de hombre, ya pasado el ensayito teórico que lo precede, la vida se torna literatura. Michel Leiris, todo sea dicho, escribe muy bien, y, como buen seductor, es capaz de hacer verbalmente interesante la nimiedad de una juventud corta en peligros, parca en retos y, en general, bastante aburrida. Son más sugestivos los relatos sobre las personas que lo rodeaban que el suyo propio, quejumbroso y lábil: una perpetua lamentación muy bien narrada. Baste leer su declaración sobre el amor para comprender la psicología literaria de este autor: «Apenas concibo el amor de otra manera que en el tormento y las lágrimas», dice en una ocasión. Eso es como si alguien dijera: “cuento chistes para llorar”. Pues perfecto. Pero tampoco me extraña que el autor que pretendía salvar a todos los hombres comparando la literatura con el peligro verdadero al que se expone el torero, tampoco me extraña, digo, que solo entienda el amor como ‘tormento’ y ‘lágrimas’. Así, con ese mejunje de ideas, vas a salvar a todos los seres humanos. Claro que sí, campeón. Claro que sí. Por fortuna, Michel Leiris fue, además de literato, un reconocido etnólogo, cuyos trabajos científicos sí que estuvieron más cerca de salvar a sus semejantes que estas notas autobiográficas contenidas en Edad de hombre.

Lo mejor del libro es, para mi gusto, un parrafito tremendo en el que, como ya he aventurado, el bueno de Michel Leiris no se refiere a sí mismo, sino a otra persona: un jovencito extravagante y también un poco zumbado que, sin embargo, apenas necesita cuatro o cinco líneas para demostrarnos lo que es la vida desenfrenada, el peligro verdadero de la vida y el gozo salvaje y furibundo que se puede extraer del tuétano de la experiencia humana:

La noche del armisticio quedé deslumbrado, en un teatrillo cercano a los bulevares […], por el gesto siguiente que me pareció sublime en su excentricidad: un muchacho muy elegante, que había perdido un brazo al comienzo de las hostilidades, estaba arrellanado en el vestíbulo, muy borracho, provisto de una batuta que no era otra cosa que el hueso de su brazo amputado, que a veces lanzaba al vuelo a la sala y que los espectadores le devolvían riéndose, como él, a carcajadas.

Esta carcajada, y no la enfermedad literaria, sí que salva al ser humano. Al menos, a todos los que sepan reírse.

Bibliografía

Leiris, Michel (2005). Edad de hombre, precedido de La literatura entendida como una tauromaquia. Laetoli. Traducción de Mauricio Wacquez.

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