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Reseñas

‘Perceval’ o ‘El cuento del grial’, de Chrétien de Troyes

VOLVERÁN LOS HÉROES VIRTUOSOS.
PERCEVAL o EL CUENTO DEL GRIAL, de CHRÉTIEN DE TROYES

Hace un tiempo me preguntaron en una entrevista qué entendía yo por liderazgo. A pesar de las muchas teorías sociales que he aprendido en la universidad con respecto a las organizaciones, a los recursos humanos y la psicología del líder, lo primero que me viene a las mientes cuando se me habla de liderazgo son los héroes literarios: Beowulf, Rodrigo Díaz de Vivar o, en el caso que nos ocupa, el dueto Gauvain – Perceval del inconcluso Cuento del Grial, de Chrétien de Troyes, el gran autor de caballerías de la Europa cristiana del siglo XII.

Decía Fernando Savater en La tarea del héroe que el héroe es aquel que ejemplifica la virtud con su acción. Esto es, quien realiza la virtud —ideal— en el mundo —material—. Ya he indicado en otros sitios que, para mí, la escritura apenas tiene el valor que posee la acción, puesto que, mientras que los filósofos y literatos solo hablan de las ideas, los héroes —o los currelas de toda la vida— las ponen en práctica. Como suele decirse, Tirante el Blanco palidece a la sombra de Hernán Cortés.

La obra de Chrétien de Troyes nos habla de una sociedad heterónoma, donde los valores están definidos y las virtudes son fácilmente reconocibles. En el Perceval observamos un sistema social de rígida dimensión axiológica, donde es fácil catalogar el bien y el mal, y donde los protagonistas toman partido por uno u otro con audacia. Lejos de la fastuosidad y engalanamiento que arrastra la imagen de la literatura caballeresca, lo importante aquí es la dimensión moral, trascendente, ‘espiritual’ si se quiere, de los actos individuales: «No había en el mundo caballero más hermoso, y llevaba el cabello trenzado; pero su belleza y su gallardía quedaban empañadas por sus ruines jactancias». Vemos cómo la ‘hombría’ y la ‘caballerosidad’ a que hace referencia el narrador no se circunscribe al aspecto visible, sino a la calidad moral de la acción.

Y es que las novelas de caballerías, de tan fuerte impronta cristiana (¿qué son las virtudes, sino acaso la materialización laica de los mandamientos?), representan lo que acaso debe ser el cristianismo: acción y puesta en práctica de la virtud. Si la definición del taoísmo pasa por la no-acción, la del cristianismo depende, por necesidad, de la acción. La teología, en este sentido, se queda en pañales con respecto a la caballería. Porque solo en campo abierto o en bosque trémulo, donde el peligro y la maldad amenazan a los más débiles, solo en auxilio de los necesitados y en pro de las grandes empresas se despliega la fuerza del caballero:

no será hoy el día que vaya a buscar otro albergue, pues antes de partir de aquí dejaré toda vuestra tierra en paz, si me es posible. Si encuentro a vuestro enemigo allá fuera, me pesará que siga allí más tiempo, aunque ningún daño os haga. Pero si lo mato y lo venzo, os pido como galardón que vuestro amor sea mío. No aceptaré ninguna otra recompensa.

El mundo debe quedar limpio del mal, purificado, antes de que el caballero cristiano pueda aspirar al amor. El germen del amor cortés no reside, pues, en la seducción de los sentidos —aunque en ella derivaría con el tiempo, la costumbre y la molicie—, sino en la hazaña virtuosa: la consecución del bien en el mundo; o, lo que es lo mismo, la realización efectiva de la virtud cristiana.

Así pues, y en efecto, Perceval nos ubica en un mundo donde vence el más fuerte; donde las disputas se determinan a lomos de un caballo, lanza en ristre; pero, como ya he indicado, se trata de un mundo donde el bien y el mal se distinguen con tanta claridad que no hay otra opción que el enfrentamiento:

Ambos tenían la lanza apoyada ante el arzón, en el borrén, y echaron a correr el uno hacia el otro sin desafiarse y sin grandes razones. Ambos llevaban lanza de fresno, recia y manejable, con hierro aguzado; los caballos iban veloces y los caballeros eran fuertes y se odiaban a muerte, y se dieron tan recio que las laminillas de los escudos crujieron y las lanzas se quebraron, y cada uno derribó al otro; pero al instante se pusieron en pie e inmediatamente se acometieron con las espadas con igual brío y durante mucho rato.

Cuando el poder lo ejerce el más fuerte, el más fuerte debe ser, asimismo, bueno. No hay mundo más seguro que aquel donde el más fuerte es también el más virtuoso. Visto así, lo más natural sería preferir el mundo de Perceval y Gauvain al nuestro, donde los más poderosos parecieran ser, al mismo tiempo, los más inútiles o —lo que es peor— los más perversos. En un mundo líquido, donde apenas es reconocible la virtud y mucho menos se toma en cuenta ningún mandamiento más que el de la ley positiva…, en un mundo donde no hay un sistema axiológico cuya rigidez dé sentido a los actos…, en un mundo donde todo es cuestionable en potencia y cuestionado en acto, donde ninguna palabra o idea nos inspira confianza…, en un mundo así, no se puede realizar la virtud. Porque en un mundo así la virtud no existe. La caballería se desmorona en un mundo sin virtud. El héroe, ese piltrafilla que debería ejemplificar la virtud con su acción, pierde todo objeto de ejemplificación y, por tanto, se convierte en antihéroe: no hay virtud, por lo que el héroe solo ejemplifica acciones vacías de contenido. Absurdas.

El honor indómito de Beowulf, sometido por los lazos de lealtad contraídos por su padre; el honor gallardo del Cid, sometido por los lazos del rey; el honor templado de Gauvain y de Perceval, sometidos por los lazos de la Cristiandad… La condición del héroe se deriva precisamente de su sometimiento a un mandamiento previo a él mismo, que lo trasciende y les da significado a sus hazañas. El héroe solo es héroe cuando muere —esto es, cuando concluye su obra, esto es, su vida—; pues, una vez muerto, es el mundo quien ha de reconocerlo como tal. Sin pueblo no hay héroe. Pero ese pueblo debe compartir la misma norma de virtud, el mismo mandamiento que empujó al héroe a actuar. Aquiles no podría luchar por la gloria eterna si no supiera que sus actos serían glorificados por el mundo del porvenir. De la misma forma, Perceval y Gauvain, los héroes cristianos del Cuento del Grial, apenas serán reconocidos por un mundo que ha perdido su relación con los mandamientos y con las virtudes que de ellos se derivan. Es por ello por lo que la novela de caballerías un género tan alejado de la sensibilidad actual.

Dice el caballero Gauvain: «No tengo tanto miedo a la muerte que no prefiera sufrirla y soportarla con honor a vivir con vergüenza y perjurar». Pero sufrir y soportar la vida con honor por encima del miedo a la muerte debe pasar, antes de todo lo demás, por el sometimiento: «Una vez hubiese confesado y comulgado, no temería a la muerte».

Solo la inmersión en un sistema de valores nos permite que los héroes actúen como tal. En el mundo cristiano medieval, los libros de Chrétien de Troyes no eran sino recordatorios para los aristócratas: tú, hombre fuerte que tienes el poder el mundo, usa tu poder para el bien.

Hoy en día, nuestros antihéroes literarios siguen fascinando por su condición de vacío, absurdo y tedio existenciales. En realidad podría estar bien que un garboso Gauvain galopara contra ellos, lanza en ristre, y los quitara de en medio. Ya no en nombre de la Cristiandad, sino en nombre de Aquiles, Eneas, Beowulf, Rodrigo Díaz de Vivar y todos los caballeros que los precedieron. Tales héroes de la literatura dieron forma a nuestro mundo. Sus hazañas todavía nos llaman por nuestro nombre y nos hablan de la llama olímpica que, más allá del escepticismo y la deserción, arde todavía y a pesar de todo. La novela de caballerías nos llama a empuñar nuestra espada y devolverles a los héroes el mundo que nos legaron.

Bibliografía

  • de Troyes, Chrétien (1992). Perceval o El cuento del Grial. Espasa-Calpe. Ed. y Trad. de Martín de Riquer.
  • Savater, Fernando (1981). La tarea del héroe. Elementos para una ética trágica. Taurus.


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