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Reseñas

Wolfgang Borchert. Vivir a pesar de todo

VIVIR A PESAR DE TODO
OBRAS COMPLETAS, de WOLFGANG BORCHERT

Por fin, Wolfgang Borchert. Han pasado varios años desde que leyera el primer fragmento de este hombre, escritor de las ruinas de la posguerra alemana, fallecido a los veintiséis años después de haber servido en el frente y tras haber descrito con urgencia, en cama y al borde de la muerte y el delirio, el mundo desolado que él mismo había ayudado a destruir.

Fue, en definitiva, cuando edité De cielos y escarabajos, de Jorge Morcillo, cuando tuve noticia de Wolfgang Borchert, ajado cantor de las ruinas europeas. Ahora, cuando por fin lo he leído, comprendo mejor la novelita protagonizada por Laura Maldonado; o, al menos, dibujo mejor los perfiles de sus nieblas, de sus idas y venidas, de su «poesía de muertos». Toda obra impregnada de otra obra adquiere un matiz muy diferente. La genealogía literaria es un tapiz inabarcable, pero hermoso como las constelaciones: las estrellas adquieren nombre, sentido e historia cuando se relacionan entre ellas. Entonces, el ser humano puebla el cielo nocturno con agrado y unción.

«Un sentimiento caliente». El lenguaje y el grito

Wolfgang Borchert escribió con urgencia. Se moría de enfermedad, tras haber muerto de guerra. Su prosa es la de un orador encendido que, sin haber preparado ningún discurso, apenas tiene un minuto para avisar al mundo entero de su destrucción. En este caso, no obstante, el aviso ya vino tarde; aquí no se avisa, sino que se recuerda. Pero el recuerdo de la destrucción es un aviso para la vida. Borchert remembra la devastación del mundo para avisar al mundo venidero. Y no tiene tiempo. Su escritura es la oralidad. Las imágenes punzantes que, como en todo recuerdo, aguijonean y se enquistan en el pensamiento. No se puede escapar de la herida, y tampoco del grito de dolor que evoca la herida. Por ello el lenguaje de Bochert es propicio, sobre todo, a la reiteración y a la amplificación; a los ciclos de afectación; al sentimiento invadido por la emocionalidad. Un sistema nervioso desquiciado, cuya electricidad ha tornado su lengua en cola de escorpión. Léase en voz alta, por ejemplo, este fragmento del relato Los grajos vuelan a casa de atardecida, para constatar el lacerante martilleo de la repetición:

Con cara de grajo (¿cómo, si no?) permanecen sentados, permanecen sentados, permanecen sentados y permanecen sentados. ¿Quiénes? ¿Los grajos? Tal vez también los grajos. Pero sobre todo los hombres, los hombres.

Los grajos y los hombres, conceptos que estrecharán su imaginería de manera más densa durante todo el relato, se relacionan no ya por el silogismo ni la retórica, sino por la música, por la asociación rítmica del tambor de guerra, por las cadencias que se repiten y se repiten, como si nunca acabaran de asentarse en el receptor ni de disolverse en el escritor. La imagen, la herida, permanece, permanece, permanece y permanece.

El propio Borchert teoriza, a su manera y en su estilo, sobre la inexpresividad de las palabras, sobre la inutilidad de la poesía para comunicar los radicales de la existencia humana. No hacen falta poetas para escribir sobre las situaciones límite de la vida y las hogueras de la muerte; hacen falta, en cambio, héroes que se atrevan a vivir en la frontera y en el incendio:

Los poetas heroicamente enmudecidos, solitarios, deben irse y aprender cómo se hace un zapato, se atrapa un pez y se tapan las goteras de un tejado, pues toda su afectación es parloteo atormentado, sangriento, desesperado, es parloteo ante las noches de mayo, ante el grito del cuclillo, antes las palabras verdaderas del mundo. Pues ¿quién entre nosotros, quién sabe una rima para el estertor de un pulmón acribillado a balazos, una rima para el grito de una ejecución, quién conoce la medida rítmica del verso para una violación, quién sabe una medida de verso para el tableteo de una ametralladora, un vocablo para el grito recién enmudecido de un ojo de caballo muerto en el que ya no se refleja el cielo, ni siquiera los pueblos incendiados, qué imprenta tiene un signo para el rojo de óxido de los vagones de mercancías, ese rojo de mundo en llamas, ese rojo seco, de costra de sangre, sobre la blanca piel humana? Id a casa, poetas, id a los bosques, atrapad peces, cortad leña y poned por obra vuestra acción heroica: ¡callad! Silenciad el grito del cuclillo de vuestros corazones solitarios, pues para eso no hay rima ni metro, y ningún drama ni oda ni novela psicológica resiste el grito del cuclillo, y ninguna enciclopedia ni imprenta tienen vocablos o signos para tu rabia universal sin palabras, para tu deseo de dolor, para tus penas amorosas.

Pero, si acaso es concebible la literatura en un mundo en ruinas, es entonces la poesía de la urgencia existencial, el lenguaje de lo absolutamente necesario y desgarrado, orgánico y pulsional, que, paradójicamente, llama a las cosas por su nombre:

No necesitamos poetas con buena gramática. Nos falta paciencia para una buena gramática. Necesitamos a esos que tienen un sentimiento caliente, ronco, de sollozo. Los que llaman al árbol, árbol, y a la hembra, hembra, y dicen sí y dicen no: fuerte y claro. Y por triplicado y sin subjuntivos.

Esta es la poesía de la absoluta desnudez y sinceridad; del apremio vital, de la fe a pesar de la penuria. En definitiva, la poesía de la exactitud, como decía Laura Maldonado en De cielos y escarabajos.

«Sé bueno como la muerte». Las promesas de la diosa muerte

Continuamente ilustra Borchert un mundo del revés, donde el ser humano ha perdido todo de lo que se enorgullecía (los ‘valores morales’, la ‘trascendencia’, el ‘favor de Dios’). Al contrario: el ser humano yace aquí degradado hasta la putrefacción, yermo y gris y frío como cadáver congelado en invierno. Cadáveres congelados que conviven —que conmueren— con otros cadáveres congelados.

Léase, por ejemplo, la siguiente narración —brevísima, pero devastadora— de Historias de un libro de lecturas:

Al terminar la guerra, el soldado volvió a casa. Pero no tenía pan. Entonces vio a uno que tenía pan. Lo mató a golpes.

No debes matar a nadie, dijo el juez.

¿Por qué no?, preguntó el soldado.

Nadie ha puesto freno al ser humano durante la guerra. El mundo lo han destruido los Nerones a quienes nadie les ha juzgado. El gran poder demoledor de las guerras lo tienen, así, los hombres sin freno ni patíbulo:

¿Quién es Nerón?, dijo el alegre con cara de tonto. Oh, el nombre carece de importancia. Nerón fue uno como usted y como yo. Con la diferencia de que nunca lo castigaban por lo que hacía. Y él era consciente de ello. Así que hizo todo lo que un ser humano puede hacer. Si hubiera sido cartero o carpintero lo habrían ahorcado. Pero da la casualidad de que era emperador e hizo todo lo que se le ocurrió. Todo lo que se les suele ocurrir a los seres humanos. Eso es un Nerón al completo.

El mundo está del revés y derrotado; la vida yace en el cemento pulverizado; Dios se fragmenta en miles de cadáveres mutilados; y ni los vivos ni los muertos tienen respuesta para el sufrimiento. Simbólicamente, Dios habla con la muerte al comienzo de la obra teatral Fuera, delante de la puerta, y le felicita por ‘haber engordado’ y parecer más viva que nunca. La muerte es «el nuevo dios» del mundo malogrado:

¿La muerte…? ¡Qué fortuna la tuya! Tú eres el nuevo dios. En ti sí creen. Te aman. Te temen. Eres irrevocable. ¡A ti nadie te puede negar! Tampoco pueden blasfemar en tu nombre. Sí, la fortuna te acompaña. Eres el nuevo dios. Nadie puede escapar de ti. Eres el nuevo dios, la muerte, pero has engordado. Yo tenía de ti un recuerdo muy distinto. Más flaca, seca, huesuda, pero estás rolliza y gorda y de buen humor. La vieja muerte tenía siempre pinta de hambrienta.

Pero en medio de toda la maldad, de los escombros del mundo y de la historia, en mitad de todas las tribulaciones y violaciones más tremendas y ensangrentadas que la diosa muerte ha sembrado en el mundo mutilado, el escritor confía en la verdad. Enfrentar la maldad con la verdad. Ser derrotados por la muerte, pero con la verdad en los labios. Asesinar a nuestro prójimo, pero asumiendo nuestro asesinato y cargando con él durante las noches frías:

Cuéntale a tu compañero la verdad, róbale mientras haya hambre, pero díselo después. Y no les hables nunca a tus hijos de la guerra santa: di la verdad, dila tan roja como es: llena de sangre y fogonazos y griterío. Engaña a la muchacha por la noche, pero por la mañana, por la mañana di la verdad: di que te vas y para siempre. Sé bueno como la muerte.

Solo con la verdad, y no con el relato de la «guerra santa», puede narrarse la historia. La verdad, solo la verdad feroz y cruel de la diosa muerte, servirá de aviso para el advenimiento de otras generaciones a quienes sus padres quieran tanto como para no asesinarlas en la estepa.

«Y todavía somos». La vida a pesar de todo

El mundo dibujado por Wolfgang Borchert está en ruinas. Su literatura es una literatura de las ruinas, de mundo devastado y niebla nocturna. Sin embargo, su mensaje no es la ruina humana. Su mensaje es, precisamente, la vida a pesar de la desgracia. La esperanza y la contumacia a pesar del cataclismo y el naufragio. Decía Dostoievski que el ser humano es aquel capaz de acostumbrarse a todo tipo de padecimientos. Pero no se trata únicamente de acostumbrarse a ellos, sino de cargárselos a la espalda y llevarlos con honradez y tirar de ellos con dignidad. La poca que nos quede. La irreductible. La que, en último término, se reduzca a la tozudez de nuestro orgullo:

¿Por qué vivo? […] Por pura tozudez. Por tozudez me río y como y duermo y me despierto. Solo por tozudez. Por tozudez traigo niños al mundo, ¡a este mundo! […] Construir un barco, necesitar una pala, hacer un libro, encender el horno de una locomotora, destilar un aguardiente. ¡A pesar de todo! ¡Por tozudez! Sí: ¡vivir! ¡Pero a pesar de todo!

En la misma línea, Beckmann, el protagonista de Fuera, delante de la puerta, se queja de su destino: ha vuelto después de tres años en la guerra; está lisiado, su mujer está con otro, sus padres están muertos y no encuentra trabajo ni hogar. Siente ganas de arrojarse al río Elba para quitarse la vida; pero el mismo río Elba se ríe de él, hace chanza de sus pucheros y le exhorta a vivir a pesar de todo:

No, suicida de pacotilla. ¡No, escucha! ¿Acaso crees que porque tu mujer ya no quiere jugar contigo, porque te ves obligado a cojear y porque te suenan las tripas puedes meterte bajo mi falda? ¿Que puedes saltar al agua así como así? Mira, si todos los que tienen hambre quisieran morir ahogados, entonces la buena y vieja Tierra se quedaría pelada como la calva de un peón de mudanzas, pelada y brillante. No, nada de eso, joven. Conmigo no te han de valer semejantes excusas. No tengo nada que ver contigo. ¡deberían calentarte las posaderas, pequeño, vaya que sí! Aunque hayas sido soldado durante seis años. Todos lo han sido. Y todos andan cojeando por ahí. Búscate otra cama si la tuya está ocupada. Yo no quiero tu pequeña vida insignificante. Eres muy poco para mí, jovencito. Haz que una anciana te lo diga: primero, vive. Deja que te pisen. ¡Pisa tú también! Cuando estés harto, cuando te dejen paralitico a patadas y cuando tu corazón venga arrastrándose a cuatro patas, entonces podremos hablar otra vez del asunto. Pero ahora no cometas locuras, ¿está claro? Ahora te largas de aquí, mi niño querido. Tu puñadito de vida es demasiado poco para mí. Quédatelo. No lo quiero, principiante que acaba de empezar. ¡Cierra el pico, mi pequeño hijo de hombre! Voy a decirte una cosa en voz baja, a la oreja. Ven aquí: ¡me cago en tu suicidio!

Vivir, a pesar de todo. Sin paliativos. No ceder ni un milímetro a los afanes de la diosa muerte. Tal es el credo, la fe despiadada de un autor que escribía en su lecho de muerte, seducido a diario por las galanterías de la diosa fúnebre.

Y nosotros los incrédulos, nosotros los engañados, pisoteados, desconcertados y rendidos, nosotros los decepcionados por Dios y la bondad y el amor, nosotros los sabios afligidos: nosotros, nosotros esperamos al sol todas las noches. Con cada mentira volvemos a esperar la verdad. Creemos en cada nuevo juramento de la noche, nosotros los nocherniegos. Creemos en marzo, creemos en él en pleno noviembre. Creemos en nuestro cuerpo, en esa máquina, en su seguir-siendo-mañana, en su seguir-funcionando-mañana. Creemos en el sol caliente, abrasador, durante la nevasca. Creemos en la vida: en medio de la muerte. Así somos nosotros, los desilusionados con la cabeza llena de grandes e imposibles ilusiones.

Y también:

Y deseamos, derrengados y cansados del viento, encontrarnos a bordo de una pequeña embarcación pesquera, de palique, de fregoteo, soltando palabrotas o callados; deseamos el placer, el inconcebible placer lacrimoso de ser los que regresan al hogar en una ciudad portuaria.

El mundo, la vida, la tozudez de los que aquí seguimos y aún conservamos la esperanza de la orilla prometida. Nuestro es el deber de seguir buscando la ciudad portuaria, ese hogar que la generación de Wolfgang Borchert perdió por culpa de unos padres que amamantaron a sus hijos mientras adoraban a la diosa muerte.

Bibliografía

  • Borchert, Wolfgang (2007). Obras completas. Laetoli. Traducción y epílogo de Fernando Aramburu.
  • Morcillo, Jorge (2020). De cielos y escarabajos. Niña Loba.

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