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Reseñas

Un crepitar antiguo y sagrado. ‘El sonido del fuego’, de Yordanka Almaguer

Pero las mujeres que nacieron en el campo saben que una vez que logran balbucear su primera palabra, la luz tras los tamarindos se torna sucia, como el ronco suspiro de los autos en la ciudad. Las palabras corrompen cualquier estado próximo a la felicidad, cualquier estado que pudiera tendernos un puente hacia lo sagrado.

El sonido del fuego, de Yordanka Almaguer, es libro consciente de que su búsqueda espiritual debe hacerse por obra del lenguaje humano, aunque busque trascender el propio lenguaje y la propia materialidad de la carne. El lenguaje, durante la lectura de esta novela, se plantea no como mero código de la escritura, sino como voz; esto es, como una dimensión oral, primitiva y bella, que no funciona mediante el engranaje de los conceptos, sino a través de las vibraciones, tonalidades y melodías del silencio.

El lenguaje busca, así, ser sonido: el aire que se oye y que nos habla del paso del tiempo, del discurrir de las estaciones, del advenimiento del ocaso; pero también pretende ser fuego, el elemento primordial que combustiona la vida, la transforma y, al mismo tiempo, la crea. Aspira, de esta forma, a una especie de comunión‑comunicación con los elementos, con los árboles, con las lluvias y los brotes del campo; pero también con el misterio de los sueños y los símbolos desconocidos:

mientras el mundo parecía ser devorado por el viento, las aguas y el fuego, esa noche Ana pudo soñar con el pájaro del tiempo, y con una niña a la que le ofrecía un delicado huevo azul. 

Exploramos en este texto una continua pregunta sobre qué hay más allá de nuestros límites perceptivos y vitales; aceptación de la mortalidad y, a la vez, reverencia por las leyes divinas que, fuera de nuestro alcance, rigen el devenir de nuestra existencia. Con tono de serena bienaventuranza se llega a afirmar:

¿acaso hay alguien a quien le agrade escuchar el canto de quienes se creen invencibles? Son las voces de quienes han comprendido y aceptado nuestra efímera condición las únicas que logran estremecernos.

Así, solo la firme aceptación de nuestros límites y la convivencia con ellos pueden abrir las puertas de nuestra vida hacia una dimensión más profunda, más auténtica. El diálogo con el otro lado de las cosas es, entonces, posible:

todos estamos enfermos porque nos enseñaron a no hablar con los muertos. Y hablar con los muertos es casi o más importante que dedicar palabras a los vivos. A los vivos podemos mentirles; a los muertos, no.

El sonido del fuego es un libro que trata de abrirse camino en la frontera que separa vivos y muertos, y que, en su caminar, tiende puentes entre ambas dimensiones. Las voces narrativas se cruzan, así, en un tapiz de naturaleza ambigua entre los reinos prohibidos, las ciudades superpobladas, el campo virgen, la furia de los elementos y el lento madurar de los árboles. No nos extrañe, pues, escuchar hablar a los árboles, ver a los muertos asombrarse, participar de los sueños de los vivos. Todos nuestros sentidos se despiertan cuando leemos textos que aspiran a ser más que texto; que aspiran a ser el lenguaje de la vida, del viento y del fuego.

Ya lo verán: El sonido del fuego no es literatura, sino crepitar antiguo y sagrado de las llamas. Un misterio y una canción. Un libro ardiendo en sus manos. Un renacer sin límites.

(c) Fotografías: Yordanka Almaguer. / Ilustración de cubierta: Indira Rivero

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