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Entrevista a Jorge Morcillo, autor de ‘De cielos y escarabajos’

Entrevistamos a Jorge Morcillo, autor de De cielos y escarabajos.

Bienvenido a nuestra casa, Jorge. Antes de nada, ¿con qué canción quieres que acompañemos la entrevista?

R.: No surprises, de Radiohead. Sale en el libro.

Una canción perfecta. Mucha gente dice que las canciones de Radiohead son tristes, pero yo no las veo así: yo las veo profundas y tremendamente enérgicas, pero no enérgicas de sonido sino de algo más vital.

Vamos a empezar por lo fuerte. De cielos y escarabajos es un libro que, mediante la voz de su protagonista, ataca la mediocridad y la hipocresía en el mundo del arte; y su diana no es ambigua, sino muy concreta: nuestro país. Si te apetece mojarte, ¿cuánto hay de ficción y cuánto de realidad en este discurso novelado?

R.: Todo es realidad y todo es ficción. Yo no creo en líneas divisorias porque el ser humano tiene una percepción de la realidad muy limitada. Somos lo que vemos y tocamos y también lo que anhelamos.

Y sí, el mundillo del arte es bastante deplorable, lleno de cabrones y mediocres e hipócritas, como en todas partes, como en todos los oficios. Especialmente no tengo nada contra el país en el que nací: me importa lo mismo que me importan todos los países: nada. Lo único que salvo son paisajes, animales y personas, y las personas da igual en el lugar que nazcan. Hay buena gente en todas partes y también gentuza en todas partes.

En este caso Laura Maldonado, el personaje que escribe, es española. Es una mujer valiente que sufre muchísimo, entre la ansiedad, las clínicas mentales y las ausencias de su corazón, es un espejo hecho añicos, pero si fuera finlandesa hubiera atacado a su país, porque en todas partes y en todas las latitudes tienen sus miserias. Estoy seguro que en Finlandia también existen mujeres valientes como Laura Maldonado y eso es lo que importa.

Hay unas líneas que son toda una declaración de intenciones. Bueno, en realidad toda la obra lo es, pero me gustaría centrarme en unas líneas muy específicas, pues su significado ha supuesto un escarnio a algunas celebridades que lo han defendido abiertamente en los últimos meses. Me refiero la siguiente afirmación de Laura:

Los libros que exigen un esfuerzo son los libros de literatura y los que son de entretenimiento son los libros de relleno, que son los libros que yo llamo los libros basura.

Y sigue:

En nuestras sociedades occidentales, yo diría que desde hace ya más de cien años, se ha introducido la idea de que todo lo que exija un esfuerzo no merece la pena. Y se ensalza así lo fácil, lo sencillo, lo que no perjudica y se consume rápido y sin cuestionamientos. Por lo cual nuestra sociedad avanza en sentido directo hacia el más banal y torpe de los EMBRUTECIMIENTOS.

Siguiendo el hilo de estas aseveraciones, ¿crees que el panorama literario actual es una “comodidad digna de lástima”, como diría Nietzsche?

R.: Siempre ha sido igual. En la época de Nietzsche también. Acabo de terminar de leer un libro de un editor histórico y de prestigio, Siegfried Unseld, y en él salen recopiladas sus conferencias sobre Hermann Hesse, sobre Robert Walser, sobre Bertolt Brecht, todos autores que de una u otra manera acabaron en su sello, y todos —digamos— autores de acreditada “calidad literaria”. Pues bien, ahí sale lo que costaba que esas obras fueran leídas y reconocidas por un público amplio. Yo creo que siempre ha sido un poco así. Pero bueno, igual en nuestra época es todavía peor, porque ahora todo parece como más banal y comercial, más mediocre. Y tampoco creo que sea malo del todo que esto suceda así. Puede existir un público para todo: para obras de riesgo y para obras comerciales. Yo las fronteras de la literatura que ha de hacerse no las tengo tan claras…

Yo escribo lo que escribo porque no sabría escribir otra cosa y porque no soportaría escribir otra cosa, pero cada uno es libre de escribir lo que desee y, por supuesto, también todos y todas somos libres de leer lo que nos dé la gana. El verbo leer no soporta el imperativo. Leer es un ejercicio de libertad suprema, debería serlo. Y escribir no puede ser otra cosa que la libertad más suprema.

La obra bebe —tú mismo lo has reconocido— de los universos literarios de Wolfgang Borchert y de Thomas Bernhard. Es notoria la similitud entre De cielos y escarabajosy, por ejemplo, El sobrino de Wittgenstein, de este último autor: abordas la paradoja de la locura-liberadora y la cordura-opresora, el arte como redención —si no salvación—, el examen de un alma extraña y sufriente, el desprecio por la cultura oficializada… También los aspectos formales son muy parecidos. ¿Qué originalidad aporta tu obra con respecto a la de estos precursores? ¿Podríamos hablar de un Thomas Bernhard “a la española”?

R.: No, yo no soy el sucedáneo de nadie. Y tampoco busco ninguna originalidad en particular. Yo busco un «alma», como quien dice. La locura y la dicha de vivir. Sentirlo todo en su expresión más alta y más devastadora. Lo profundo hiere. No escribo para pasar el rato. Escribo como el que va a una batalla de la que igual no regresa, y a veces voy con un fusil de precisión y a veces con una ametralladora. Escribir de verdad en un mundo donde todo es un negocio es un acto de valentía.

Por supuesto que admiro a Bernhard y a Borchert, es que son jodidamente geniales, pero también admiro a Eudora Welty y a Roberto Bolaño y a Marguerite Duras y a cientos y cientos de escritoras y escritores, de este siglo y de otros anteriores. Y me da igual las banderas. No me siento de ningún país ni me siento vinculado a nada. Tengo más cariño (a veces) por un escritor australiano (por ejemplo) que por el que pueda sentir por mi vecino.

Se trata de afinidad, y a veces uno se puede sentir más cercano a un pingüino del ártico que sale en un documental de la tele que a tu propia pareja. En fin, que en afinidades compartidas y vitales la literatura tiene mucho que investigar todavía.

De cielos y escarabajos es un libro escrito en un solo párrafo, pero con una fuerza expresiva y un ritmo vertiginosos. Es como tirarse por un precipicio. ¿Cómo fue su proceso de creación? ¿Cuánto de reflexión y “arqueología”, y cuánto de inspiración y “aliento” hay en este libro?

R.: Yo no planifico nunca mis libros. No sé escribir sabiendo lo que ocurrirá en una determinada escena. Hay escritores magníficos que lo planifican todo, hasta el último detalle. Casa Desolada, de Dickens, quizás sea el ejemplo de un perfecto trabajo de orfebrería. Yo escribo a través del impulso. Tengo una ligera idea y me sumerjo.

Además, a veces tengo la sensación de que no escribo siquiera yo, que el libro ya viene escrito y que únicamente mis dedos recogen el sentir de las voces que uno escucha en su interior. Todo así parece más vivo, más real, más doloroso también. Una conversación, cualquier encuentro, un pájaro que se pose en la rama de un árbol, todo puede intervenir en el proceso creativo. Uno está abierto en sentimiento y de mente y de percepción para recibirlo todo. Y sobrevivir a ello.

Por supuesto que uno va aprendiendo su propia técnica a través del tiempo, pero básicamente es así como escribo. Una especie de nadador a mar abierto… Y con todos los riesgos que eso conlleva. Y lo de escribir en un solo párrafo es algo que de vez en cuando hago. Depende de lo que yo sienta que necesita la narración. Todo mi proceso creativo es algo muy vital y espiritual, muy intuitivo. La razón es a lo último que me someto. Si piensas mucho el milagro de la música se desvanece.

¿Qué tal el proceso de edición?

R.: Pues mucho más tranquilo de lo que intuía. Niña Loba se ha portado muy bien y yo creo que no le he dado excesivos problemas. Lo irreal es lo que ocurría al otro lado: el coronavirus, el confinamiento, las librerías cerradas…, todo eso era lo raro. Además yo no he parado en ningún momento de escribir. Si el mundo estalla que me pille escribiendo.

¿Cuál ha sido tu trayectoria literaria hasta ahora? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

R.: Llevo escribiendo toda la vida, desde muy pequeño. Yo escribo porque leo. Podría vivir sin escribir, pero no podría vivir sin leer. Casi todo lo que escribo lo considero inútil. De catorce o quince novelas que tendré (ya ni me acuerdo el número exacto) solo siete u ocho me parecen dignas. En mis días más exigentes no considero digno y necesario nada de lo que he escrito yo y nada de lo que han escrito los demás… Depende.

Si me pongo estricto esta sería mi segunda novela editada en mi vida, pero yo la siento como la primera porque la otra fue un accidente en todos los sentidos.

Tampoco pierdo mucho tiempo en pensar en esas cosas. Hay mucho que leer y escribir y la vida no espera a nada ni a nadie.

Y, por último, hablemos de futuro. Sabemos que no paras de escribir. ¿Qué proyectos tienes en mente, a corto y a largo plazo?

R.: Seguir vivo.

Acabo de terminar hace poco otra novela y seguramente comience otra en los próximos días. Pero lo fundamental es no comerse el coco con esas cosas. La escritura, el arte en general en cualquiera de sus facetas, no ha de ser una imposición de oficinista.

Se necesita de cierta disciplina diaria para escribir, pero lo importante, lo bello, lo que uno dice «esto merece la pena escribirlo», se da o no se da. Cuanto menos piense uno en lo que va a escribir mejor saldrá. El proceso creativo, interior y profundo es como montar en un caballo salvaje.

El personaje de Laura Maldonado en De cielos y escarabajos es una verdadera heroína. Eso es lo importante. Es una mujer con una fuerza tremenda y piensa constantemente en seguir viva y en no rendirse. Tiene una sinceridad enorme, consigo misma y con todo. Pues más o menos pienso lo mismo. En este caso es ella la que me influye en mí y no al revés.

Muchas gracias por tu tiempo, Jorge. Es un placer contar contigo.

R.: Gracias a ti por tu amabilidad.

No habrá epidemia bacteriológica que pueda con nosotros.

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