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Entrevista a Fernando de Villena, autor de ‘Las siete edades’

Bienvenido a nuestro taller de las letras, Fernando. Antes de comenzar, ¿con qué música te gustaría acompañar la entrevista?

Comme te dire adieu, de Françoise Hardy

Vamos al ajo. Las siete edades es otro hito en tu amplio recorrido como narrador. ¿En qué momento te encuentras como prosista? ¿Qué implica esta nueva obra en tu trayectoria?

Tengo 63 años y más de setenta libros publicados además de varios inéditos. Considero que lo principal de mi obra ya lo he hecho, aunque aún me acompañan la inventiva, la memoria y las ganas de escribir. Las siete edades es una novela que escribí en 2010, pero, por diversas circunstancias, no se pudo publicar entonces y, sin embargo, yo le tengo cierta predilección pues la llevé a cabo con una sinceridad extraordinaria.

¿Cuál fue la génesis la novela y cómo fue su proceso de escritura? ¿Qué método empleaste para dales voz a varios personajes que hablan sobre los mismos hechos, pero desde diferentes perspectivas?

En ese año de 2010 me realizaron una complicada operación del hueso calcáneo izquierdo y mi convalecencia duró varios meses. Durante ese periodo, sin tener que ir al instituto donde trabajaba, gocé del tiempo necesario para acabar dos novelas y varios relatos. La técnica del perspectivismo ya la había usado en mi novela Sueño y destino, pero ahora la redondeé en la visión de esos tres personajes tan distintos y, en cierto modo, tan llenos de ambigüedad. Nadie es totalmente bueno o malo, y muchas novelas actuales pecan de ese maniqueísmo absurdo. Los personajes que presento intentan parecerse a seres de carne y hueso que cambian a través de los años, de esas siete edades que constituyen la vida humana.

Algo que llama la atención de la novela es la fuerza que cobran los espacios. Las ciudades donde se mueven los personajes impregnan su sensibilidad e incluso podría afirmarse que representan sus acciones y expectativas. Además, tus descripciones rebosan amor y respeto por las tierras que descubres al lector. Por otra parte, gran parte de tu producción literaria se relaciona, directa o indirectamente, con tu querida Granada. ¿Qué papel juegan los espacios para ti como escritor?

Con mi ciudad, Granada, he mantenido una relación de amor-odio muy fuerte. Hablo de una ciudad bellísima que es como una cátedra de armonía para cualquier escritor o pintor, pero también es una ciudad cainita, de castas y muy difícil. Afortunadamente, yo pertenezco al grupo de los granadinos que han viajado y conocido otros países y ciudades y ello me ha dado una visión más amplia. Cuando concibo una novela veo a sus posibles personajes moviéndose por un espacio determinado. Por eso cobran tanta importancia los lugares en mis textos. Los sitios condicionan las vidas de las gentes. Imagino lo triste que debe de ser la vida en los países nórdicos y sé lo fascinante que resulta en los del Mediterráneo o en Hispanoamérica. Una ciudad son sus mitos y su historia y de ahí la trascendencia que los espacios tienen en mi obra.

Aunque Las siete edades tiene rasgos experimentales, no se queda en un mero juego estético, sino que apunta —e incluso denuncia, a su manera— algunas prácticas del poder, de la política, de las instituciones… ¿Queda esperanza para los artistas que rechazan la cultura oficializada, o todos somos, de alguna manera, víctimas del “concordato”?

Ni uno solo de mis libros peca de frivolidad. En cada uno de ellos he puesto todo mi sentir. La literatura no es un juego ni una diversión. Yo me dejo la vida en esto y, como afortunadamente no estoy vinculado a ningún partido político, hablo con entera libertad y censuro cuanto me parece mal tanto de las izquierdas como de las derechas. Cierto es que en este país el artista que no se arrima al poder político está condenado a la inexistencia, pero ¿y la grandeza de escribir con libertad, sin el miedo a caer en “lo incorrecto”? El gran premio para un escritor tiene que ser el hecho mismo de escribir y no los reconocimientos.

Voy más allá: ¿podría leerse Las siete edades como una suerte de manifiesto?

Las siete edades no pretende ser un manifiesto artístico y menos aún político. Sólo se trata de una apuesta por unos determinados valores y una confesión de mi lugar en las letras y en la vida.

Alguna curiosidad. Hay pasajes de la novela que remiten a una atmósfera hermética, oculta, misteriosa…, y el mismo título de la obra, Las siete edades, ya hace referencia a un número —el siete— con ciertas resonancias. ¿Hay intencionalidad en esta división de la biografía de Rodrigo en “siete edades”?

Yo poseo una visión cíclica de la existencia. He escrito sobre las estaciones del año, sobre los elementos, sobre los meses, sobre las eras históricas, sobre los nueve círculos dantescos… y, por lo tanto, no podía dejar de hablar acerca de las edades del hombre. La numerología encierra su sentido hermético, pero aquí mi pretensión no va más allá de reflejar los cambios que se producen en la historia y en el ser humano al cabo de los años.

¿Qué tal el proceso de edición?

Estoy muy contento con la editorial Niña Loba y con su director, un joven quijotesco que cree en la literatura auténtica y arriesga su tiempo y su dinero para sacar libros dignos en unos tiempos de evasión, mal gusto e incluso grosería generalizados. Las siete edades ha quedado muy a mi gusto y espero que también al de los lectores.

¿Qué dirías a los posibles lectores de Las siete edades?

Que un artista o escritor debe ser fiel a él mismo siempre y no puede dejarse llevar por el canto de las sirenas del dinero y el poder, porque si actúa de este modo, llegará un momento en que descubra que su obra y su vida son una mentira.

Muchas gracias por tu tiempo, Fernando.

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