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Entrevista a Gemma Urraka sobre ‘Las vidas secretas’

Bienvenida a nuestro taller de las letras, Gemma. Antes de que empecemos, y como ya es costumbre aquí, ¿con qué canción te gustaría acompañar esta entrevista?

Me parece a mí que no solo vamos a hablar de literatura, sino también de cine y del je ne sais quoi francés, y todo esto lo tiene Brigitte Bardot.

Sobre lo primero que querría saber es sobre el asunto de las fotografías. En el libro de Las vidas secretas hay en torno a treinta fotografías vernaculares, que tú misma seleccionaste y dispusiste en según qué capítulos. ¿Qué papel juegan estas fotografías “anónimas” en la experiencia lectora? ¿Suponen un mero acompañamiento para el texto, o buscan una conexión más profunda y simbólica?

El mundo de las fotografías anónimas me atrapó en mitad del proceso de escritura, primero como fuente de inspiración hacia la historia que quería contar y, finalmente, como parte misma de la historia. No considero que las fotografías acompañen al texto sino, más bien, que sin ellas no existiría la novela. Las fotografías, por sí solas, ya nos están contando algo. De esta forma se van entrelazando la realidad (fotografías) con la ficción (texto). Y para darles todo su significado dentro de la historia, tendría que hacer algún que otro spoiler…

Te dedicas profesionalmente al mundo del cine, y eso se nota tanto en tu forma de narrar (imágenes muy concretas, predominancia del diálogo, importancia de la ambientación…) como en la propia trama, por ejemplo, los intereses de la protagonista Cora. A la hora de escribir, ¿qué relaciones encuentras entre la forma de pensar “literaria” y la “cinematográfica”? Para ti, ¿cuál es el nexo entre ambas disciplinas artísticas?

Yo empecé a escribir antes de empezar a interesarme por el cine, sin embargo, creo que el aprendizaje del lenguaje cinematográfico y el análisis de guion tuvieron muchísima influencia en la forma que hoy tengo de escribir. Cuando escribes un guion aprendes a eliminar todo tipo de elementos innecesarios, a concretar, y creo que eso me ha ayudado a ser más exacta cuando quiero contar algo. El cine que a mí me gusta es aquel que sugiere más que muestra y que, por tanto, requiere activar la imaginación del espectador casi tanto como la lectura. Se podría decir que las palabras son a la literatura lo que la luz es al cine. ¿Y qué son las palabras sino una enorme fuente de luz?

Las vidas secretas habla de los jóvenes actuales, pero también de la generación de nuestros abuelos y bisabuelos. ¿Cómo fue la experiencia de sumergirte en esa época? ¿Qué materiales has empleado? ¿Has llegado a vivir el mayo del 68?

Empecé a documentarme con cierta timidez, pues no sabía si sería capaz de introducirme de lleno en una ciudad y una época distintas a la mía. Creo que muchos de los referentes artísticos y culturales que tenemos hoy tuvieron contacto con esa orilla izquierda del París de los 50, y a través de ellos fue fácil viajar a ese tiempo y lugar. Todo empezó con el fotolibro Love on the left bank, de Ed Van der Elsken, y a partir de ahí fui investigando y empapándome. Leyendo y revisitando películas que, como hace un momento te decía, también son gran fuente de inspiración para mí. Hoy es fácil idealizar esa época, pero hay que entenderla con todas sus luces y sombras.

Tirando de este hilo de diálogo entre las dos generaciones, ¿crees que la lectura de la novela será muy diferente dependiendo de si la lee una persona joven o una persona mayor? ¿Qué crees que le aportaría a cada cual?

Concebí Las vidas secretas como un alegato a la juventud y al aprendizaje que conlleva el inicio de la independencia, esa ruptura con la protección paterna que ocurre de repente cuando nos marchamos de casa. Por esto puede conectar con gente joven que se encuentre en ese momento de su vida o que recientemente lo haya vivido, pero he escrito esta novela con 30 años y, por tanto, con cierta distancia hacia mi época de estudiante. Creo que las personas mayores podrán disfrutarla desde la nostalgia, como forma de conectar con esa efervescencia y ese ímpetu tan propios de la adolescencia que a menudo con los años se olvida.

Las vidas secretas es tu primera novela publicada, pero por algún sitio has dicho que tienes más proyectos activos. ¿Qué nos puedes adelantar? ¿Influye en algo la experiencia de la publicación de tu opera prima a la hora de ponerte a escribir?

Las vidas secretas es mi primera novela publicada, pero es la segunda que escribí. La primera fue un proyecto personal, más introspectivo, que me sirvió como aprendizaje a la vez que como terapia catártica. Creo que la experiencia de la publicación no cambia en absoluto mi forma de escribir, pero sí, quizás, mi forma de enfrentarme a lo que viene justo después de escribir. Acabo de terminar una novela breve que trata sobre la naturaleza, la escritura y el amor, y pronto empezaré a buscarle un hueco, a ver dónde encaja. Mientras tanto, escribo a matacaballo, un poco a lo loco y sin mesura, algo que todavía no sé ni lo que es, solo puedo decir que para ello me sitúo en mi ciudad de nacimiento, San Sebastián, y que por allí parece haber fantasmas.

Muchas gracias por tu tiempo, Gemma.

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