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Reseñas

‘La muerte de Virgilio’, de Hermann Broch

Tu senda es poesía, tu meta está más allá de la poesía

Hermann Broch, La muerte de Virgilio

Hermann Broch, o la razón desesperada

Tras haber leído La muerte de Virgilio, sigo confirmando algunas de las sospechas que albergo desde que me acerqué a Los sonámbulos y, más tarde, a Los inocentes. Broch es una máquina de conceptualizar; todo un ejército de la razón encarnado en un solo hombre, que aspira al absoluto y que, no obstante, está encerrado en su propio afán de sistematizar la existencia.

Broch, que nos habla con la voz de Virgilio, busca dar respuesta al caos de su siglo; a la condición del ser humano y, en último término, a la suya propia. La de un alma que ha dedicado su vida a las letras y que antes de su muerte se percata de su inutilidad para con el ser humano de su tiempo. Estas cuestiones se deslizan una y otra vez en la obra, como un torbellino y un abismo; lo primero, por el ir y volver sobre los mismos temas de forma cíclica; lo segundo, por las profundidades a las que aspira y la oscuridad a la que se enfrenta.

El conocimiento como salvación

Hay una tesis que se repite durante todo el texto: la dimensión redentora del conocimiento. Tal ‘conocimiento’ fundaría los principios de una sociedad basada en la ayuda, en el amor y en la piedad. («Lo hecho en pos del conocimiento no ha sido en vano»). Sin embargo, en ningún momento se explicita en qué consiste ese conocimiento que se busca y se idolatra. El hombre Virgilio aspira a él y deposita en él todas sus esperanzas; pero se trata de un conocimiento vacío, mera forma, razón pura que apenas se humaniza en ciertos pasajes con la invocación del amor entre los hombres («La piedad es conocimiento en la simplicidad») y la communitas frente a la societas impuesta por el Estado («El ordenamiento estatal le corresponde al pueblo, sí, al pueblo, pero al hombre le corresponde el conocimiento»).

Broch subsume la idea de absoluto en el afán de conocimiento, pero se queda en un intento. Nada hay que concretice tal conocimiento, que más se antoja una obsesión que una verdadera vía de salvación para el espíritu humano. No en vano el conocimiento se plantea como un «conocimiento para la muerte», en términos heideggerianos; un conocimiento del cual la muerte es fermento y último estadio de perfección.

Ante sus ojos había tenido siempre la exigente, la irrealizable imagen del conocimiento, la seria imagen del conocimiento de la muerte.

Hermann Broch, La muerte de Virgilio

Los límites del lenguaje

El lenguaje poético, imaginativo, rítmico, supone un intento de evasión de los límites del propio lenguaje; y, por ende, de la misma razón. De esto se desprende una cierta aura mística que impregna y recorre el texto, siempre en la frontera entre lo real y lo imaginario, entre lo dado y lo posible. Pero el autor no consigue su objetivo, de tal forma que su discurso queda enviscado en la misma trampa que ha sabido reconocer a priori y de la que, sin embargo, no puede zafarse: la fatuidad del lenguaje, que por mucho que se retuerza y exprima y desgarre no puede escapar a los límites de la razón:

Estaba ansioso de conocimiento… Por eso quise escribirlo todo…, esto es poesía; ay, es impaciencia por conocer, tal es su deseo y más allá no puede pasar…

Hermann Broch, La muerte de Virgilio

(Sobre este asunto es de destacar la última frase del libro, las cinco últimas palabras que reconocen la vanidad del intento y acaso el carácter fallido del libro, lo cual no deja de señalar el paradójico y genial acierto de esta obra como ente orgánico).

El carácter fútil del lenguaje se manifiesta en Broch en su estética del “símbolo”, de la “metáfora”: todo es símbolo de otra cosa, nuestra comprensión solo puede aprehender la metáfora: «Todo lenguaje es metáfora, todo arte lo es e incluso la acción… metáfora que conoce; por lo menos debe serlo, quiere serlo…». Toda la realidad es una metáfora, la expresión fenoménica de un noúmeno cuyo conocimiento es imposible.

Una salvación demasiado humana

En esta espiral de terca desesperación, creo que uno de los ejes fundamentales de La muerte de Virgilio es su marcado ateísmo. No hay Dios, no hay trascendencia personal, no hay la direccionalidad hacia un Tú. Virgilio se comunica consigo mismo y con imágenes, fantasmas del pasado, recuerdos —Plocia, Lisanias—, o bien con amigos —Plocio, Lucio, Augusto, el esclavo—; pero su conciencia no es relacional, está separada del mundo y del cielo por igual.

Las estrellas, la «cúpula infinita» a la que tantas veces alude, está lejos de él, inaccesible; siempre hay un más allá al que no puede llegar. La desesperación de Virgilio es la desesperación del ser humano que se enfrenta a la muerte sin más certeza que la muerte misma. A pesar de su pretendido “irracionalismo”, es un mártir del materialismo: no encuentra más consuelo que los recuerdos y no lo busca en otro lugar más que en su legado, en la Eneida. En última instancia, Virgilio reduce su transcendencia a la mera materialidad y a sus métodos; y, aunque intuye que hay “algo más”, no se atreve a dar el salto que está más allá de la cárcel de su lenguaje y su razonamiento: el salto de la fe.

La muerte de Virgilio

La muerte de Virgilio, en resumen, testimonia un intento desesperado por parte del idealismo de explicar el gran misterio humano, pero que, a pesar de que ahonda en él a profundidades desmedidas, no es capaz de comprenderlo ni salvarlo.

Su gran virtud es mostrar la imposibilidad del lenguaje para estos afanes: tras haberlo elevado a su máxima potencia y esplendor, tras haber demostrado su capacidad para hacernos vibrar y viajar y hasta emocionarnos con imágenes poderosísimas y significados extraordinarios, tras habernos enseñado todo de lo que es capaz, el lenguaje se declara impotente. La Eneida es impotente y por eso hay que quemarla.

La poesía aspira a algo más que a la poesía, pero siempre se queda a las puertas.

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