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Reseñas

‘Luz tenue’, de Irene Nicolás Martínez

LA VOZ Y LA LUZ.
LUZ TENUE, de Irene Nicolás Martínez

Hay quien dice que la poesía es, sobre todo, expresión del yo: el lenguaje brota de las entrañas y su configuración retrata el sentir íntimo de un espíritu, de una mente, de una subjetividad. Llámese como se quiera. El caso es que, cuando leemos poesía, anticipamos a un ‘alguien’ detrás de los versos: una individualidad personal que se asoma —a veces tímida, a veces a gritos— entre el sigilo poético, que reclama un sentido para su biografía a través de las palabras.

La poesía, desde este prisma, se torna un código estrictamente individual, de acotados límites entre el ‘yo’ que escribe y se expresa, y el ‘tú’ que lee y comprende —siempre a medias, siempre a partir de los fragmentos—.

Sin embargo, hay una poesía que rebasa lo particular y se refiere al nosotros. El lenguaje poético adquiere, así, la dimensión comunitaria del idioma colectivo: ya no solo reconocemos al ‘yo poético’, a la pluma tras los versos; sino que nos reconocemos a nosotros mismos en la voz poética; y, reconociéndonos a nosotros, reconocemos, asimismo, a los demás partícipes de la expresión. En otras palabras: deja de haber ‘yo’ que escribe, deja de haber ‘tú’ que lee, deja de haber ‘otros’ que no forman parte de la comunicación literaria. La poesía del nosotros es un círculo abierto donde el lenguaje es el patio y la hoguera donde se funden las particularidades en favor de una leyenda compartida. Aquí la esencia común —el afán de vecindario enérgico, su conversación plurivocal y generosa— sustituye al rol particular. El ‘ego’ se diluye en el poema, y en sus palabras escuchamos, cercanas, las voces de otras generaciones.

Tal es el afán de Luz tenue, de Irene Nicolás Martínez. Este poemario nos traslada a un pueblo —cualquier pueblo, todos los pueblos— extremeño, rodeado de campo y de silencio, bañado por la luz y la nostalgia. En él se suceden mil y una voces como mil y una historias que nadie narró jamás; vivencias pasadas, colectivas, que el lenguaje poético, como manantial de la memoria, rescata y actualiza:

ojalá Lorca hubiese visto
la falda negra de mis abuelas
la piel curtida de mis abuelos

Sabiduría popular, viejos relatos truncados por la historia, proverbios nacidos entre espigas y olivos, entre dehesas y cielo abierto, con nombre propio, pero raigambre compartida:

Dice Tita
que las vacas que mugen bajo el cielo oscuro
dan leche más dulce                     el recorrido
de la vía láctea que vemos desde la terraza

Y también:

Gora se sube a una silla sobre otra silla sobre otra silla
y dice que no hay que descansar
hasta que el sol       también descanse.

Se suceden, asimismo, las estaciones y los ciclos de la luz; el poemario se convierte, así, en un juego de tonalidades que alumbran un tono emocional muy propio, un albor crepuscular que modula la expresión y le confiere una emocionalidad sinestésica:

incluso en un barrio apartado
se pueden ver las luces
del atardecer.

Y también:

pasear por una ciudad
donde el tiempo se mece y cae
despacio.

Bajo esta luz tenue, a la sombra del firmamento y de la historia, las voces se pasean, salen al patio y nos acunan —o nos despiertan— en una conversación ininterrumpida, serena y fugaz; perdida en mitad de los campos, pero campos orgullosos, de raíces profundas, testigos eternos de la luz y de la voz.

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