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Ficción

Los que pagaban por insultar

Sucedió en nuestro país, en la época en que el insulto estaba prohibido. Miguel Salazar, que sabía poco de ofensas y bastante de negocios, vio en ello una oportunidad de enriquecerse, y su buen ojo no lo traicionó. No tardó el joven empresario en aprovecharse del miedo que tenía la gente a los insultos para explotar, a su manera, las mismas pulsiones que el cine de terror: lo prohibido, lo espantoso y lo terrible. Su transgresor y revolucionario invento fue el que muchos deseaban sin saberlo: dar un espacio a los insultos, escarnios y críticas que palpitaban en los corazones civilizados y que, sin embargo, no podían ser dichos so pena de muerte.

Miguel Salazar, genio del mercado, abrió el primer local donde los clientes podían pagar por insultar. Él mismo se disfrazaba de mujer, de homosexual, de PCDF, y, al tiempo que descorchaba una botella de champán, daba luz verde a la «fiesta de la expresión», como él mismo decidió llamar a su lucrativa idea. Entonces, todos los presentes lo humillaban, exclamaban barbaridades y, a veces, hasta hacían comentarios ingeniosos que rayaban lo ilegal. Todo recordaba a los tiempos anteriores a la Korrección (así llamaba Miguel Salazar a la Ley de Corrección Política que reinstauró la pena de muerte en su país), salvo por una cosa: todo era simulado y, de una forma u otra, clandestino.

Como no era sociólogo, sino empresario, no se quebró la cabeza para buscar perfiles de burla. Se contentó con los cuatro o cinco estereotipos clásicos, aquellos sobre los que la gente decía verdaderas salvajadas antes de la Korrección. Además, su privilegiada intuición de negociante supo entrever que era aquello lo que el pueblo deseaba: hablar con libertad, expresar sus lascivas opiniones, ser artífices del Mal hecho palabra, resquebrajar los tabúes que la Ley de Corrección Política había impuesto a la lengua y a las vísceras.

El negocio funcionó muy bien durante algunos meses, pero, como todo en este país, se fue al garete por la venganza de un resentido. Al parecer, Miguel Salazar hizo algo que caló profundamente en los invitados a la «fiesta de la expresión», y uno de ellos, horrorizado, denunció el hecho a las autoridades.

Todos los testigos coinciden: aquella noche, Miguel Salazar se disfrazó de mujer, y, para dar a entender su condición femenina, se puso una falda.

Actualmente puede parecernos una estupidez, pero hay que entender los hechos según el contexto de aquella época. Una cosa era llamar «guapa» y «tremenda» a un hombre vestido de mujer, lo cual era transgresor, sí, aunque podía pasar por humor si no se le daba mayor importancia; pero otra muy distinta era asignar estereotipos de género tan explícitos y ofensivos.

Por supuesto, Miguel Salazar fue condenado a muerte, según el artículo 16 de la Ley de la Corrección Política, y arrojado a una fosa común.

Su familia lleva años exigiendo los restos de Miguel, pero el Gobierno todavía lo considera un enemigo de la tolerancia.

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Fotografía: Ivan Cujic, Pexels.com

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