Libros

‘Los juguetes que tuvimos’: hacia lo pasado impronunciable

Los juguetes que tuvimos pretende retrotraernos a la imaginación y la ambigüedad propias de la infancia. No es baladí la empresa de recuperar el tiempo perdido, y, para ello, su autor, Alejandro Molina Bravo, explora y explota las posibilidades del cuento literario a través del lenguaje, la fabulación y la sugestión de dieciséis relatos. Cada uno de ellos supone un microcosmos de matices y colores propios, cuya integración en la arquitectura del libro nos brinda una obra polimórfica, de ángulos profusos y varias capas de lectura.

Los juguetes que tuvimos
Un libro de Alejandro Molina Bravo

Profundizar en un período tan difuso como la infancia, y hacerlo a través del lenguaje, conlleva la gran dificultad de que el lenguaje es una construcción adulta, y la literatura, la confección racional de sus posibilidades. Por estos motivos, un libro que se sumerja en la niñez, y que pretenda hacerlo con honestidad, deberá contar con una forma de lenguaje más sugerente que conceptualizadora, más genuina que alambicada; y, al mismo tiempo, no renunciar al rigor y el afán estético que solo un texto esmerado puede brindar a sus lectores. Esta doble realización de la palabra supone, a mi juicio, una de las mayores virtudes de Los juguetes que tuvimos: por una parte, es capaz de crear un lenguaje nuevo en cada relato, cuya atmósfera embriaga al lector y lo conduce a otras emocionalidades propias de etapas pasadas; pero, a su vez, el texto no se deja arrastrar por el torrente sentimental de la circunstancia y el tema —lo que, por otra parte, habría sido lo común por habitual—, sino que guarda la serenidad de una memoria que no se torna delirio. Buenos ejemplos de un lenguaje propio y original, creados desde y para la lógica interna del relato y sus exhalaciones, son “Una niña”, con la reiteración monotemática y casi obsesiva propia de ciertas etapas del lenguaje infantil; “El niño y el mar (VHS)”, de perfil cinematográfico; o “Quinceañera”, en que el lenguaje local gira y se hibrida con los juegos de la percepción.

Cuando era niño, yo moría todos los días.
Moría a la misma hora, a las cinco de la tarde, cuando acababa la escuela.

Del relato «El juego».

Por otra parte, la elaboración de un lenguaje único en cada relato no desemboca en la fragmentación del libro en varias islas de expresión independiente, sino que, muy al contrario, redunda en un conjunto acabado, armónico en su composición, cuyas partes se cimentan unas a otras y, como los lados de un poliedro, configuran un recodo imprescindible de la visión completa. El amor y anhelo maternales que destila el cuento “Epifanía” se anudan con la terrible inocencia de “La piedra”, así como con la elaboración y el afrontamiento de “El pendiente”; cada relato es un nodo que nos lleva a otros, de tal forma que, como ocurre con la memoria —tan frágil y difusa memoria— , los distintos episodios que componen la infancia se entretejen y confunden en un hermoso océano compartido, al mismo tiempo que mantienen, cada cual con sus fulgores, la luz coloreada que los individualiza.

Y afuera está el sol y el sol es grande y caliente y amarillo y rojo. Y el sol brilla, el sol brilla en muchos sitios, brilla en el cielo y en las nubes y en el mar y en los pájaros que vuelan y que no y en los cristales y en los espejos.

Del relato «Una niña».

Los juguetes que tuvimos, tanto por su extensión como por su configuración, se lee con rapidez. Pero decir “con rapidez” no equivale a decir “con fugacidad”; pues este libro es de los que remueven, de los que ahondan en el barro por si emergieran tesoros o bestias; y, estoy seguro, más de uno encontrará en sus profundidades algún juguete que tuvo y del que, quizá, se había olvidado; y quizá —solo quizá—, con esta lectura lo recupere para no volver a perderlo jamás.

Meses después de la muerte de mi madre encontré un cuaderno donde había anotado sus sueños durante años. No sabía que mi madre apuntara sus sueños.

Del relato «El sueño».

Sobre el autor

(fotografía: © Irene Cruz)

Alejandro Molina Bravo. Madrid, 1987. Es licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense, donde actualmente estudia Historia del Arte. Ha vivido en París, Puebla (México) y Potsdam (Alemania) y ejercido la crítica cultural y cinematográfica. Actualmente trabaja en el Museo del Prado.

Autor de algunos relatos premiados en concursos nacionales e internacionales, su relato «Hombre caminando sobre el mar (óleo sobre lienzo)» fue publicado en el catálogo La inquietud de las cosas del pintor José Ibarrola. Su relato «Afeitarse» inspiró la exposición Carta al padre, en la Galería Theredoom de Madrid. También escribió y dirigió la obra de microteatro Término.

En 2019 publicó su primera novela, Los días (Editorial Tandaia).

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