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Galaxia cicatriz: la delicadeza de lo terrible

Galaxia cicatriz, de Pedro P. González, narra la historia de Helen y Troy, un joven matrimonio americano cuyas vidas, anhelos y esperanzas comienzan a oscurecerse. Lo que al principio parece una relación de ensueño y una promesa de futuro, poco a poco se convierte en una pesadilla de cuyo turbulento meollo no nos dejará salir el autor en ninguna de las páginas del libro.

Prepárense para el viaje.

Entre el miedo costumbrista y el terror de los espacios infinitos

Una de las virtudes de Galaxia cicatriz es su mixtura de géneros y enfoques. Podemos leer la obra como un relato más o menos costumbrista, de agudo realismo y profunda indagación psicológica, urdido al detalle según las leyes de este mundo. Es el caso, por ejemplo, de los diálogos, cuyas omisiones y silencios son más reveladores que la palabra dicha; o de los escenarios, salpicados de referencias modernas y reconocibles. La complejidad y contradicciones de Helen y Troy nos hacen percibirlos como seres humanos reales, tan perdidos en su propio universo que nos mueven a la empatía —sea cual sea el sentido de esta—.

Sin embargo, más allá de este “realismo sucio” y profundamente materialista que impregna toda la obra desde abajo, hay otra sensibilidad que la reviste desde arriba. Me refiero a la perspectiva de horror metafísico desde la que observamos las tribulaciones de Helen y Troy. Sus padecimientos, aunque son típica y cruelmente mundanos, se contraponen con asiduidad a otros universos más grandes e incomprensibles, cuyas leyes son otras y las posibilidades se tornan infinitas. La vida de los protagonistas toma una dirección, pero sus intuiciones parecen decirnos que hay otros espacios “ahí arriba”, o “más allá”, donde no estamos atados a lo necesario.

Su mente está muy lejos, fluye junto al silencio del motor del Prius hacia cimas desconocidas, más allá del último destello solar.

Galaxia cicatriz

Galaxia cicatriz es, de esta forma, una obra de confrontación entre lo material y lo metafísico, entre la tierra y los espacios infinitos; y es dicho contraste lo que causa pavor e inquietud durante su lectura. Cuando nuestras inquietudes residen en el mundo, no nos preocupamos por el espacio infinito; y, por el contrario, cuando nuestros anhelos residen más allá, no nos interesamos por el más acá. El desagarro aparece cuando la vida se halla entre ambas tendencias; entonces nos sentimos divididos entre lo inmanente y lo trascendente; entre lo que es y lo que podría ser.

Galaxia cicatriz
Un libro de Pedro P. González

La delicadeza de lo terrible

He hablado del qué; me gustaría referirme, siquiera brevemente, al cómo. Pedro P. González sabe emplear el lenguaje con el oficio del orfebre. Tiempos cortos como jadeos de una prosa que se desarrolla en hiperventilación continuada; pulcras descripciones que resaltan los perfiles de lugares y ambientes; léxico concreto y preciso, evocador de aromas y sensaciones físicas, enriquecido por el empleo generoso de amplias metáforas visuales. Tan contrastada como la propia narración, la prosa se despliega cruda, pero bella; profunda en sus conquistas, pero delicada en su tratamiento. Acaricia la superficie de lo real, pero sus evocaciones nos conducen a dimensiones mucho más hondas, donde lo obvio se desvanece y lo posible se multiplica. Me remito, por ejemplo, a uno de los diálogos en que los anuncios de la teletienda parecen resonar más que las propias palabras de los personajes, o a una tensa conversación durante la cena, en que la forma de enrollar y comer la pasta nos muestra el eco terrible de lo que se dice.

Cree que tiene en su mano todo el conocimiento del universo y que tiene el derecho y el poder de hacérselo tragar a quien le venga en gana.

Galaxia cicatriz

Lo simbólico, además, cobra especial sentido, como ocurre en toda biografía humana. Hay elementos materiales que se tornan verdaderas cajas de Pandora, y que en sí mismos encierran mil significados que el lector va decodificando a medida que se adentra en el universo psicológico de Helen y Troy. Un Volvo deja de ser un simple coche, un perro deja de ser una mera mascota y un papel de pared deja de ser una decoración más.

Todo esto redunda, en fin, en una narración muy consciente del lenguaje que usa y de sus porqués.

Una huella en el organismo

Galaxia cicatriz es un libro cuya lectura —y esto ya lo ha corroborado más de un/a lector/a— produce sensaciones físicas. Una de esas novelas que deja huella en el organismo. Hace un tiempo —sirva esta pequeña broma como conclusión y reverencia— esbocé lo que podrían ser las bases de una pseudociencia llamada ‘narcoliteratura’, o ‘literatura narcótica’, cuya base fundamental sería el efecto físico que ciertas lecturas producen en el organismo. El objeto de estos pseudoestudios sería poder llegar a prescribir libros en lugar de fármacos. Pues bien; si alguna vez arribaran tales investigaciones a puerto, estoy convencido de que Galaxia cicatriz sería un ‘libro narcótico’ de los fuertes. La pastilla gorda y tremenda que transporte nuestra experiencia a sensaciones de otros mundos, desde este.

Aprovechemos ahora que no hace falta receta ni prescripción. Seamos pioneros, como lo son Galaxia cicatriz y Pedro P. González. Bien viaje a las cimas desconocidas.

Sobre el autor

Pedro P. González (1983, Madrid) Informático por necesidad, forajido musical y escritor por deber. Evita la nostalgia ochentera y prefiere la música acelerada. Animal de Centro Social y de concierto en sala pequeña. Ha participado aportando relatos en varias revistas dedicadas a promover el terror, la fantasía y la ciencia ficción como Círculo de Lovecraft o Aeternum. Se ha colado también en algunas antologías; Calabazas en el trastero (Fuego), T.Errores o Trabajar es fantástico. Tras autopublicar su primera novela A golpes de intuición se embarca en la aventura del proyecto 2Cabezas. Y así le va.

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