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Reseñas

La conversación afectuosa de un amigo. ‘Un hombre bueno’, de Cecilio Gamaza Hinojo

Avanzaron por la loma; todos a un ritmo endemoniado, ninguno dispuesto a quedarse atrás; todos aguantando alguna molestia o dolor, ninguno quejándose; todos deseando escuchar al manijero el grito de media mañana, que repetía como otro ritual, «¡Vamo a echá tabaco!», nadie dejando atrás a nadie; todos alegrándose en cuanto la claridad del día dejaba a la vista el cerro, su pueblo; todos deseando escuchar el grito del manijero de buena tarde, que repetía como otro ritual, «¡Vamo, señore, que ya huele a café!». Todos sacando de la tierra el pan de su casa.

Cuando alguien escribe desde el amor por una persona, o por una idea, o por una tierra, eso se nota desde la primera frase. Hay un no sé qué de apasionamiento, de alegría en la dicción, de sencillez y ternura expresivas, que recorren el texto y le dan un aire cantarín, una vibración melódica y, sobre todo, una generosidad en la mirada y en su conceptualización de lo narrado. Esta largueza y bonhomía es el bajo continuo con el que se desarrolla Un hombre bueno, de Cecilio Gamaza Hinojo.

Se abre el libro con una primera parte dedicada a la infancia. En ella predomina lo rural, las costumbres, la tradición; el amor por la tierra, los frutos de la vida y la maduración del tiempo lento a través de las generaciones. El narrador habla con los ojos infantiles de su memoria, y pretende rescatar con su relato el recuerdo de las figuras del abuelo bondadoso, de la tía luchadora, de los amigos traviesos. El aire de ensueño y de fascinación sustenta esta primera parte, y le imprime una sensación de melancolía esperanzada; de aceptación del discurrir del tiempo y de la muerte de los seres queridos, cuyo recuerdo, no obstante, impulsa la vida de los que aquí quedamos.

La segunda parte del libro, más urbana, explora la relación entre el mundo actual y la capacidad redentora de la literatura. La mirada del narrador se centra ahora en los problemas contemporáneos: la guerra, el hambre, el desamparo, la soledad entre las calles; fantasmas de cuyos lazos lo salvan el amor a su familia y su pasión por los libros. Su mirada es la de la bondad, la del anhelo de solidaridad y reconocimiento de la fraternidad humana. En el siguiente fragmento el narrador se refiere de la siguiente manera a los carnavales de su amada Cádiz:

Sé de un lugar donde todo el mundo cumple años el mismo mes; donde las matemáticas no son exactas —allí tres por cuatro lo mismo es doce que quince—; donde la música y el músico ni son ni entienden partituras. Un lugar donde los poetas crecen y mueren sin dominar la ortografía, a pesar de su métrica perfecta; donde si no naces con voz, naces con compás; donde conviven, que no viven, magos, brujas, payasos, arlequines, bufones, reyes…, todos. Sé de un lugar donde llueve papel y nadie usa paraguas.

No estamos acostumbrados a leer textos donde no se busque el efectismo, la sorpresa o la innovación. Un hombre bueno, sin embargo, no pretende más que brindarnos la mirada de un hombre que se reconoce como tal, esto es, limitado y humilde; y que actúa y se expresa desde la bondad, o sea, desde el deseo genuino de la felicidad de todos sus semejantes.

En este libro, en definitiva, no encontrarán retruécanos ni trampantojos de ningún tipo, sino, meramente, el abrazo cálido de un abuelo, de un padre, de un hermano. La conversación afectuosa de un amigo. La generosidad sin fronteras de un hombre bueno.

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