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Entrevista a Alejandro Molina Bravo sobre ‘Los juguetes que tuvimos’

Bienvenido a nuestro taller de las letras, Alejandro. Antes de nada, ¿con qué canción te gustaría acompañar la entrevista?

Con esta actuación en directo de Todo cambia de Mercedes Sosa, porque es una de mis canciones favoritas y creo que la letra y la música, entre melancólicas y vitales (es maravilloso verla bailar moviendo el pañuelo), casan bien con el tono de  algunos relatos del libro.

Los juguetes que tuvimos es un libro de relatos cortos sobre la infancia. ¿Cuánto de ‘deliberado’ y cuánto de ‘instintivo’ hay en su proceso creativo? ¿Te propusiste escribir un libro que explorara la niñez, o fue este el ‘asunto recurrente’ de tu escritura durante una época determinada, y que solo a posteriori pudiste compilar en un volumen?

Ambas cosas. Los relatos del libro son una selección de aquéllos que he ido escribiendo desde que empecé la veintena (aunque ya escribía de niño y adolescente). El relato más antiguo se escribió hace casi quince años y el más reciente, apenas dos. Cuando estaba a punto de llegar a la treintena, ya con unas cuantas experiencias vitales profundas que era consciente que me habían cambiado, revisé los relatos que había escrito a lo largo de los años y, para mi sorpresa, me di cuenta de que la infancia y el recuerdo de la infancia eran un tema recurrente. Decidí entonces escribir sin prisa algunos relatos más que exploraran ese tema para recopilarlos en este volumen de relatos.

¿Por qué el título? ¿Qué señalan esos juguetes, esa propiedad pretérita?…

El título tardó bastante en aparecer y durante mucho tiempo el manuscrito tuvo otro muy diferente que parafraseaba la cita de Neruda que abre el libro. Lo escogí por una razón muy simple: porque me gustaba; creo que es un título evocador y el más bonito de los títulos de los relatos del libro, que son deliberadamente sencillos. También es el  título de uno de los relatos más personales del libro (y eso que la mayoría son muy personales). Sólo tras acostumbrarme a llamar al manuscrito así me di cuenta de que resumía muy bien la temática del libro: los juguetes nos acompañan en la infancia hasta que llega un día como otro cualquiera en que dejan de hacerlo y desde entonces se convierten en un recuerdo, pero no sólo los que tuvimos, también los que no tuvimos pero deseamos. El libro trata en gran parte de eso: lo que somos es en buena medida lo que hemos vivido pero también lo que no hemos vivido.

La infancia es un misterio: su recuerdo es neblinoso y deformado y, además, únicamente podemos acceder a la propia. Se agazapa, así, como una parte íntima, pero desconocida, de la memoria. ¿Los juguetes que tuvimos supone, en cierto modo, una exploración y profundización en tu memoria personal, un conocerte a ti mismo y a tus sombras desde la escritura?

Totalmente. Como digo, los relatos se escribieron a lo largo de mis veinte años y el inicio de mis treinta años. En ese largo periodo de tiempo han pasado muchas cosas en mi vida y en la de todos;  yo he cambiado y el mundo también, así como mi manera de estar en él. Yo escribo pero muchas veces no sé de qué estoy escribiendo, lo descubro después, al releer lo que he escrito o incluso cuando los lectores me lo hacen saber. Y así me conozco a mí mismo. Justo acabo de leer Escribir de Marguerite Duras, donde dice que «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos –sólo lo sabemos después- antes». Si la he entendido bien, creo que se refiere a esto mismo, a que escribir es descubrirse y conocerse.

Es probable que personas de diferentes generaciones lean Los juguetes que tuvimos. A pesar de que la niñez ha variado mucho dependiendo de la época en que se viva, ¿cuál es el poso que compartirán los lectores de diferentes edades?

Creo que no soy la mejor persona para hacer predicciones (¡siempre me equivoco!) y probablemente la menos indicada para decir qué poso va a quedar en cada lector, porque eso depende de la experiencia vital de cada uno. Sí creo que todo el mundo puede sentirse identificado con ese extrañamiento que se tiene al recordar la propia infancia y la propia vida cuando se es adulto y echas la vista atrás.

No puedo dejar de preguntarte sobre tus influencias literarias y, especialmente, sobre Cortázar, presente —explícita e implícitamente— en todo el libro. ¿En qué otros libros podemos rastrear la génesis de este?

En muchos, creo que es bueno e inevitable tener referentes y reconocerlos abiertamente, nadie hace nada de la nada. La literatura hispanoamericana del boom ha sido una gran influencia desde la adolescencia, tanto Cortázar como Borges y García Márquez, y a través de ellos también fueron una gran influencia los autores anglosajones que les influyeron como Ernest Hemingway, William Faulkner y Virginia Woolf, en lo que respecta a la concisión en el lenguaje, el uso de los tiempos y el monólogo interior (caso del relato «Una niña»). En el relato «Quinceañera», ambientado en México y escrito en mexicano, la influencia de Juan Rulfo y de los relatos de su libro El llano en llamas es buscada, así como de los relatos de Cartucho, de Nellie Campobello. Sigo con esa misma línea en cuanto a autores actuales de relatos y narraciones breves que me gustan mucho como Alice Munro y Alejandro Zambra.

Más allá de la literatura, tu formación artística incide en la importancia de los detalles, de los símbolos, de dirigir el ojo hacia lo velado. ¿Cuánto hay de influencias visuales en Los juguetes que tuvimos?

Depende del relato. Muchas veces parto de una imagen a la hora de escribir, o de un recuerdo, que no deja de ser una imagen de mi memoria, y tiro a partir de ella para crear una historia o una reflexión. Pueden ser tanto recuerdos nítidos (o que yo creo nítidos) como una escena que veo por la calle o fotografías, a veces personales (caso del relato «Álbum de familia»). Me gusta mucho la fotografía y siempre que puedo voy a exposiciones y desde hace muchos años me obsesiona una fotografía de Agustí Centelles que inspiró el relato «El juego», por ejemplo. De mi anterior libro, Los días, también me han dicho que es muy visual, que uno puede ver claramente lo que ocurre al leer y supongo que se debe a mi gusto por el cine y a mis estudios de audiovisuales y de arte, pero también por eso sé que detrás de una imagen puede haber mucho más.

Este es tu segundo libro después de Los días (Tandaia, 2018). ¿En qué punto estás como escritor? ¿Cómo se relaciona Los juguetes que tuvimos con tu opera prima… y con lo que vendrá?

Después de un bloqueo durante todo el año pasado de confinamiento y de explosión de la pandemia, en el que no he escrito prácticamente nada ni tenía ganas, la publicación de Los juguetes que tuvimos ha servido para ilusionarme y desbloquearme y actualmente estoy escribiendo un proyecto cuya idea tengo desde hace bastantes años y que transcurrirá en México, como en parte sucedía con mis dos libros anteriores. Sin embargo, no será de corte autobiográfico, sino totalmente ficticio. Creo que será una constante en lo que escriba, la alternancia de proyectos de ficción con otros de reflexión autobiográfica. 

¿Qué les dirías a los lectores de Los juguetes que tuvimos?

Les diría que muchas gracias por haberse tomado el tiempo de leerme (¡y de haberse gastado el dinero!). Espero que les gusten estos relatos o que, al menos, les hagan recordar momentos y personas importantes en sus vidas.

¿Hay algo más que quieras contarnos?

Tan sólo que muchas gracias a Niña Loba por publicar el libro, porque no es fácil encontrar una editorial que publique relatos. Y que me ofrezco a charlas y cañas y firmas a quien lo quiera. ¡Sacadme de casa, que lo vamos necesitando todos!

Muchas gracias por tu tiempo, Alejandro.

A vosotros por el vuestro y por apoyarme tanto. Un abrazo.

Los juguetes que tuvimos
Un libro de Alejandro Molina Bravo

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