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Entrevista a Jorge Morcillo sobre ‘El emperador de los helados’

Bienvenido una vez más a nuestro taller de las letras, Jorge. Antes de empezar, y sabiendo que para ti literatura y música son casi la misma cosa, ¿con qué canción acompañamos esta entrevista?

Con una de las últimas canciones que se me han metido en la cabeza, Tormenta y Mezcal, de Rebeca Jiménez.

 Es muy sencillita y no tiene ese alcance de las grandes canciones que sobreviven décadas y décadas; pero cada vez que la escucho algún resorte mío dentro se emociona. Y con eso es suficiente. Para la parte “mexicana” de El emperador de los helados viene de perlas.

Entre la publicación de De cielos y escarabajos y la de El emperador de los helados hay un año de diferencia. ¿Ha evolucionado tu literatura desde entonces? ¿Puede esperar el lector cierta continuidad entre ambas obras?

Claro que hay diferencias y evolución. A veces se me hace difícil apreciarlo, puesto que muchas veces acabo una obra y comienzo al día siguiente otra. Y muchas veces corrijo la anterior cuando ya estoy en la pura vorágine creativa de otra obra.

Son distintos escalones de una misma escalera.

De cielos y escarabajos es una obra muy especial y muy dolorosa para mí. No sé si alguna vez lo he dicho pero fue una obra que nació de la rabia más absoluta. Y no solo a nivel literario sino a nivel vital. Demasiada gente cercana enterrada. Demasiado dolor. Demasiados idiotas en el mundillo literario. Demasiados días en los que uno siente que vive en otra galaxia completamente ajena a la que en el mundo se mueve. Digamos que me asomé al vértigo y parí ese artefacto. Supongo que no esperaba ninguna respuesta. O supongo que lo hice para no caer arrastrado por la inercia del momento.

Yo venía de escribir Tormentas de mierda, que, curiosamente, se editó un poquito después, y que era una obra en la que ya me cuestionaba mi propia evolución literaria. De cielos y escarabajos fue un grito. Nunca me ha importado demasiado el resultado o el qué dirán. Pero yo creo que en esa obra me importó todavía un poquito menos.

Sin embargo, se confunden todos los que creen ver en Laura Maldonado una sustituta de mí. Laura no tiene nada que ver conmigo. Es un personaje al que tengo mucho cariño pero no responde a nadie en concreto.

Lo que pueden ver los lectores entre una obra y otra es que yo estoy creando un universo narrativo. Con sus propias leyes, sus luces y estrellas y también con sus agujeros negros. Personajes de uno y otro lado aparecen y reaparecerán en futuras obras. Todo está conectado. Los seres humanos y los personajes literarios tienen su propia vitalidad. Algunos son simples destellos sobre las páginas y otros son de constitución muy recia, andarines incansables y de largo aliento que caminarán junto a mí largas caminatas. Hasta el final. Hasta el último día.

La locura que es vivir no merece ninguna frontera que delimite la inmensidad de latir y escribir como cada cual desee. No hay límites en la creación. Y el día en que yo mismo me ponga límites por autocensura, o por temer lo que pueda ocasionar en mi entorno, dejaré de escribir porque ya no me interesará. Ya no valdrá la pena.

Escribo para dialogar con mis autores preferidos; para dialogar con todos los elementos de la naturaleza; con personas, vivencias, cuerpos, lugares, geografías espirituales; buenos y malos momentos. Escribo para reafirmarme que sigo vivo. Porque vivir sin leer y sin escribir no tiene sentido. Porque vivir sin crear no es vivir; es perder el tiempo. Y porque no se dibujar, ja, ja, ja, dibujo tremendamente mal; las cosas como son. Precisamente mis dibujos lo exhibían en la escuela como representación de cómo no se tiene que dibujar. Cualquier crío de dos o tres años tiene más agilidad que yo pintando, y lo digo sin exagerar.

La verdad es que ahora que lo pienso los profesores conmigo fueron bastante crueles. Menos mal que yo era un tipo duro y que jamás me sentí ridiculizado. Es más, fui yo el que los ridiculicé en numerosas ocasiones. Fui expulsado de un centro educativo por escribir un poema sobre las paredes. Vamos, por escribir “poéticamente” lo que pensaba sobre todos ellos y sobre el director. Y sobre todo por negarme a borrarlo. A día de hoy creo que todavía no he superado lo que escribí ese día. Era puro fuego. Soy el que soy porque no me dejé domar jamás en ninguna escuela. Y eso está presente en El emperador de los helados y en otras obras mías. Eso de encerrarme en una biblioteca día tras día porque no sabían qué hacer conmigo les ha salido caro. Sin saberlo estaban alimentándome del mejor maná posible. Ellos deseaban ahogarme, y yo, por el contrario, salía más fuerte de esa biblioteca todos los días.

Y mientras siga vivo voy a seguir expresando lo que pienso sobre toda esa basura que se consideran “profesores” y que no son más que unos aniquiladores de los mejores años de nuestras vidas. El sistema educativo es una aniquilación de la libertad individual y la mayoría de los profesores y profesoras deberían ser alimento de las hienas. Por lo menos los profesores con los que yo me topé. Otras personas han tenido otras experiencias: profesores con algo de corazón que les acompañaron y les animaron a leer y a ser ellos mismos, que les ayudaron a crecer, tanto en la educación primaria como en la universitaria. Yo tuve todo lo contrario. Una crueldad innecesaria y que no es digna de nadie que pueda considerarse un docente con algo de ética. Fue la literatura la que me ayudó. Y eso no lo he olvidado. Y ellos no me encerraban para que yo leyese, para nada, recuerdo que hasta uno de ellos me golpeó en la cabeza con el que, si mal no recuerdo, era el segundo tomo de Anna Karenina en la edición antigua de Aguilar, y créanme, «la deseable y amada Anna» es un tocho de libro y duele al impactar en la cabeza; a esa gentuza no les importaba la cultura lo más mínimo. La cultura que les interesaba era una fachada. Lo único que lamento de esos años es no haber robado más libros. No me dio tiempo a hacerme con toda esa biblioteca y todavía no sé de dónde procedía esa reunión tan especial y tan vanguardista que algún disidente había reunido en esa pocilga educativa, de esa gentuza que fueron mis profesores seguro que no había partido la idea. Alguien antes que yo reunió esa biblioteca para ayudarnos a soportar la crueldad del mundo. Estoy seguro de ello.

Los protagonistas de los relatos de El emperador de los helados son todos unos ‘outsiders’ de espíritu fuerte y un afán de independencia radical con respecto a los convencionalismos y conformidades sociales. ¿Cuánto hay de ti hay en estos personajes?

Supongo que mucho. Pero eso debe darle igual al lector. Porque lo mismo que puedo escribir sobre un personaje sobre el que sienta cierta empatía también puedo escribir sobre otro que no me represente en absoluto. Hay demasiada pornografía en la relación autor-lector. Y todo debe ser más sutil. Lo que yo sea o lo que yo piense no le debe importar a nadie. Ya ves tú…, a veces no me importa ni a mí. Y mis personajes no son extensiones de mi personalidad. Son entes de ficción con sus propias reglas, sus propias luces y sus propias sombras.

Y además es una tontería solemne. Anda que no hay escritores que a uno le encantan y otros que leo con deleite y con los que no me sentaría ni a tomar un café; otras y otros me pasaría la noche entera escuchando, hablando, bailando, o lo que surgiera. Todo esto creo que deriva de la banalidad del mundillo cultural y de la banalidad de muchos lectores.

Hay que pasar de eso.

De cielos y escarabajos se presentaba como un «homenaje a los universos literarios de Wolfgang Borchert y Thomas Bernhard». ¿Quiénes serían los homenajeados en El emperador de los helados?

En primer lugar Wallace Stevens. De él deriva el título. Es el título de uno de sus poemas más enigmáticos. Según tengo entendido todo está en relación en ese poema con la muerte. En mi libro de relatos igual. La muerte es fundamental. No porque mis personajes crean que hay una vida más allá, sino porque precisamente la tienen en cuenta para transformar su forma de ser en el acá. Quien tiene presente a la muerte aprende a vivir de otra manera. Esa es una de las enseñanzas principales que nos legó Montaigne, el sabio Montaigne, al que dedico páginas de sincero agradecimiento en Escribir o escarbar. No hay que preocuparse por morir, lo que hay que aprender es a vivir. Ninguna religión te enseñará jamás esa lección. Se les hundiría el negocio.

Luego, por supuesto Bernhard, que es como mi tío-hermano. Convivo con él y aunque somos muy distintos en nuestra forma de ser nos complementamos a la perfección. Hay que ser un gran lector de Bernhard para comprender que gran parte de mi obra es un diálogo con la suya. No una apropiación, sino un diálogo. Y también Handke, que es otro que me acompaña desde siempre. Con él tengo una relación más tensa. Me pasa con muchos de sus libros: que me entran ganas de tirarlos por la ventana, algunos pasajes son tediosos y muy aburridos, y no pasa nada por decirlo; pero luego llegan páginas y páginas en las que hay que quitarse el sombrero y hago las paces y me pregunto cómo demonios lo hace el viejo Handke, el independiente Handke, el inteligente Handke. Qué magia tan particular la suya. Es el lenguaje el que crea su obra, el mecanismo principal de relojería. Otro que sabe andar y hablar con las montañas. Otro gigante.

También tengo muchísimas escritoras que me acompañan desde siempre: Eudora Welty es una de ellas. Quizá en “El emperador” su presencia haya sido menos nítida, pero está ahí. Yo sé dónde.

Y escritoras y escritores mexicanos. A mí me encanta Cristina Rivera Garza. Le recomiendo a la gente El invencible verano de Liliana, qué dureza todo, qué terrible y qué necesario ese libro. Hacía mucho tiempo que no lloraba leyendo. Y ya de paso todo lo que ha escrito Fernanda Melchor. Dos escritoras magníficas. Por citar dos autoras vivas y cuyos libros pueden encontrarse sin problemas. No solo de clásicos hay que vivir.

Así que muchos autores y muchas autoras. Yo escribo porque leo. Y para mí es más importante leer que escribir.

A pesar de sus momentos ácidos, el humor es una constante en todos los relatos. ¿Crees que la literatura es demasiado “seria” según los cánones actuales? ¿Está el humor infravalorado por la crítica y el público?

El humor siempre va a estar infravalorado. Porque el humor siempre destila inteligencia, y la inteligencia siempre es peligrosa.

No el humor banal y chabacano de esos “supuestos humoristas” que salen en la tele. Eso no es humor, o yo por lo menos no considero a eso humor; tampoco los chistes esos lleno de machismo, tópicos y clichés que se cuentan por lo común, eso es directamente una porquería.

Y en cuanto a la literatura, salvo el criterio de un número muy escaso de lectores, disidentes marginales de la estupidez, pues la mayoría son dirigidos por el marketing y no tienen ni criterio propio. Muchos autores casi desconocidos venderían un montón de libros si apareciesen con frecuencia en la tele o en la radio. ¿Sus obras son mejores o peores por ello? No, sus obras son las mismas, pero el alcance de la propaganda es distinto.

Cada vez es más complicado discernir entre la mera propaganda editorial y la buena obra literaria. ¿Kafka era un humorista? Para la gente que lo escuchaba relatar sus obras parece que sí, pero hoy igual no nos hace tanta gracia, porque ese mundo profético suyo es en gran parte el nuestro.

En cuanto a “El emperador”…; bueno yo es que venía de publicar De cielos y escarabajos. No es que me haya convertido en un humorista, es que después de esa tragedia cualquier cosa sería por fuerza más risueña.

Las últimas páginas de De cielos y escarabajos fueron muy duras. Se lo dije a una amiga mía, que es la que siempre lee mis textos antes que nadie: «Voy a acabar este libro porque me está destrozando». Lo llevaba bien hasta esas diez o quince páginas últimas, pero luego ya no pude y le puse el final y se acabó. Mi previsión era hacerla mucho más larga pero la propia obra marca su impulso creativo y cuáles ha de ser sus dimensiones. Y el escritor ha de obedecer.

Con Estar aquí, mi última obra creada, más de lo mismo. Todavía no me he recuperado del todo (sobre todo físicamente) de esa obra. Posiblemente sea la más optimista de todas pero su gestación ha sido durísima. Yo tengo ya 44 años, no puedo pasarme noches y noches sin dormir (o madrugando muchísimo) y luego rendir al día siguiente como si nada. Y eso me hace pensar hasta cuándo podré soportar esos maratones de un solo párrafo. No lo sé. Cuando no pueda físicamente soportarlo cambiaré de estilo, jajaja, casi por obligación de salud y prescripción médica. Diré «adiós» al estilo de mi amigo Bernhard para apostar por el «hola» del amigo Alejandro Zambra. Es un decir, pero tiene menos broma de lo que pueda parecer en un primer momento.

¿Quién es «el emperador de los helados»?

Que la gente lea el poema homónimo de Stevens y saque sus propias conclusiones:

Llamen al que enrolla los gruesos cigarros,
Al musculoso, e invítenlo a batir,
En tazas de cocina, la cuajada concupiscente.
Que las criadas holgazaneen en sus vestidos
Habituales, y que los muchachos
Les lleven flores en diarios del mes pasado.
Que ser sea el resultado de parecer.
El único emperador es el emperador de los helados.

Saquen del aparador,
Al que le faltan tres perillas de cristal, la sábana
Sobre la que ella alguna vez bordara unas colas en abanico,
Y extiéndanla hasta cubrir su cara.
Si sus pies callosos sobresalen,
Será para mostrar qué fría está, y qué muda.
Que la lámpara fije su rayo sobre ella.
El único emperador es el emperador de los helados.

¿En qué proyectos trabajas actualmente? ¿Qué podemos esperar de ti en el futuro?

Después de acabar Estar aquí (que repito me ha dejado para el arrastre) tengo el proyecto de escribir otra novela. Estoy tanteando ahora mismo, sin saber muy bien qué camino elegir. No importa. Yo escribo sin plan. Me sentaré en un lugar apartado y la novela vendrá a mí. No tengo que forzar las cosas. Soñar, vivir, amar, reírme, seguir viviendo tan intensamente como siempre y todo se me aparecerá. Y la obra decidirá por sí sola cómo ha de escribirse y quiénes serán sus personajes. Las voces principales y eso que llaman algunos “trama”, y que yo no sé muy bien qué es y que no me importa nada.

Me gustaría escribir una obra más sencilla, eso sí. Pero eso es siempre mi anhelo (ya no tan secreto). Y luego me salen las obras que me salen, que no es que sean complicadas sino que exigen al lector.

No busco la sencillez de lo trivial, eso no, no me interesa lo trivial y lo masivo; hablo de la sencillez de la profundo; escribir una historia sencilla en las que cada frase tengo el eco de una resonancia muy honda. Desnudarme de convencionalismos y regresar a la tierra y a las palabras que han sido mancilladas por utilizarlas en exceso: amistad, amor, libertad. Tengo algunos muertos a los que traer de vuelta a la tierra para seguir dialogando con ellos. Hay encuentros pendientes sobre los que tengo que escribir.

 Vete a saber lo que saldrá de ese océano tan particular, porque mi próxima obra será una obra «de mar». Eso es lo único que tengo claro: el mar me inspirará. Ya cuando acabé “Estar aquí” sabía que iba a escribir una historia con sabor a salitre. Ahora ya vivo sintiendo el rumor de las olas.

Mi mundo literario avanza así: utilizando los oídos de las orejas y los oídos interiores. No tengo otra forma de documentarme ni me interesa otro método.

Es lo que hay.

Muchas gracias por tu tiempo, Jorge. Seguiré tus pasos muy de cerca.

Gracias a ti y a toda la familia de Niña Loba. No sé lo que nos deparará el destino, pero en esa editorial siempre me habéis hecho sentir como en mi propia casa. Y eso es muy bonito y muy de agradecer.

Salud.

Un comentario

  • omduart

    Creo que escribiré un relato inspirado en esta entrevista. Hermosa y rebosante de vitalidad… un gran placer conocer mejor a este monstruo fantástico de Morcillo.

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