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Reseñas

‘Humus’, de Raul Brandão

FURIOSA Y DESNUDA TIERRA.
HUMUS, DE RAUL BRANDÃO

La novela Humus (1917), del decadentista portugués Raul Brandão (1867—1930), aborda ya no el proceso de muerte de Dios sobre el que reflexionó Nietzsche, sino las consecuencias que dicha muerte dejó en el hombre del nuevo siglo. El ciudadano de fin de siècle, acostumbrado como estaba a la institucionalización de la trascendencia, esto es, una religiosidad administrada por la Iglesia —teorizada por la Teología y regulada por el Derecho Canónico—, de repente se figuró que todo aquel mundo construido en torno al más allá era una mentira. Se desmoronó la idea de Dios, así que se desmoronó la trascendencia del mundo.

En Humus se nos plantea la realidad del mundo desprovista de todo signo de liberación espiritual. «Todo era la misma tierra», que diría Wolfgang Borchert apenas medio siglo después. El pueblo en el que se sitúa la acción se confunde con los árboles podridos y el cielo sin estrellas. Todo en esta novela es, como captura su título, orgánico; todo late al compás de la furibunda tierra, que se traga sin piedad a los vivos y a los muertos. El torrente lírico que despliegan las diversas voces narrativas, y que se anticipa al Ulises de Joyce, pero también a La náusea de Sartre o al hálito de los muertos con los que dialogan Borchert o Rulfo, es un obsesivo vaivén de imprecaciones desesperadas, de cuestionamiento del ser y de la existencia, de la búsqueda de un sentido para la vida pútrida, implacable y fría.

El amarguísimo resabio de saberse engañado y traicionado por las ilusiones de trascendencia es palpable en párrafos como este, donde el hombre reprocha a Dios, pero también a sí mismo, por haber caído en la trampa de la comunicación con lo que no existe:

Estoy preparado para todo. Desde que no hay Dios, todo son palabras. Desde que no hay otra vida, sólo hay esta vida. Sólo hay este minuto, esta hora presente. Me siento capaz de todo. Estuve años rezando a una cómoda, hablando a una cómoda, sufriendo delante de una cómoda. ¡Fui ridículo! ¡Fui ridículo y tú no veías! ¡Fui ridículo y tú no oías! ¡Fui ridículo y tú no existías!

Ridículo, ridículo, ridículo. Vemos cómo la emocionalidad interna se va construyendo en torno a conceptos que oscilan, danzan, se van y retornan con fuerza creciente, como los primeros truenos —aún lejanos— de la tormenta.

El hambre, la pobreza, la falta de expectativas y lo absurdo del sufrimiento humanos también se contraponen a las mentiras cotidianas. Las costumbres, los ritos sociales, los compromisos construidos en torno a la vida en comunidad…, también se tornan absurdos. El ser humano necesita disfrazarse, entretenerse, matar el tiempo con sus nimiedades. Pero, cuando es consciente de la falta de trascendencia del mundo, cuando se topa con la tierra desnuda y la realidad en descomposición, entonces todos los amusements se tornan cenizas:

Fíjate bien, atiende bien… Llegó el momento en el que vas a aparecer delante del universo con tus ideas fundamentales y sin tu vestido de lana y, si te obstinas, incluso en el fondo de la sepultura y con la boca llena de polvo has de gritar de desesperación, cuanto te convenzas de que el deber postizo, el estúpido deber, hiede tanto que trastorna. Quieras o no, llegó la ocasión de reírme de mí y de ti con dolor y lágrimas y de exponerte tal como eres, desnuda e insignificante, desnuda y ridícula…

«Desnuda y ridícula». De nuevo, la desnudez se asocia al ridículo. La verdad descubre el absurdo. La vida, desnuda, no es sino una broma pesada. El mundo, desprovisto de sus disfraces, no es más que humus.

Pero es precisamente en el humus —y he aquí la gran paradoja de esta novela— donde la frontera entre los vivos y los muertos se hace difusa y es posible el diálogo entre ambos. Pues la vida en descomposición es muerte, pero la muerte fértil es también vida. La gran relación conceptual que establece la novela es que la existencia es bosque: órganon corrompido, deteriorándose lentamente hacia la muerte, pero que, al mismo tiempo, se alimenta de esa misma muerte: la vida se nutre con los fermentos pútridos de sus propios cadáveres.

Bien sé que esto de ser hombre es una gran responsabilidad. Tiene ventajas y desventajas terribles. También sé que lo que nos separa de los animales no es la inteligencia: la inteligencia es lo de menos. Lo que nos separa de los animales es el esfuerzo de los vivos y de los muertos, el compromiso de que aceptemos la mentira como si fuese verdad. Lo que nos mantiene en este infierno es la arquitectura artificial, es el hecho de que no nos veamos como somos, basados en una convicción que creemos indestructible. De que no nos veamos y de que no los veamos. Porque el hombre por dentro es inconformista. Es él y todos los muertos. Es una sombra inmensa. Encierra en sí la vastedad del universo. Ahora somos fantasmas, somos al final sólo fantasmas y lo que construimos no cabe entre las cuatro paredes de materia

Tales conceptos, a propósito, también conforman una importante red de símbolos en la obra de la escritora cubano‑venezolana Yordanka Almaguer, en cuya novela El sonido del fuego se explora asimismo la relación entre verdad y muerte: «todos estamos enfermos porque nos enseñaron a no hablar con los muertos. Y hablar con los muertos es casi o más importante que dedicar palabras a los vivos. A los vivos podemos mentirles; a los muertos, no».

Puede que el mundo carezca de trascendencia según las ideas conceptualizadas en esta novela; pero que el mundo —i.e., el Universo, “lo de más‑allá‑de‑mí”— carezca de trascendencia no quiere decir que el individuo —i.e., la conciencia, “el yo íntimo”— no pueda establecer una relación más auténtica, más profunda con lo trascendente: pues la propia muerte, la propia desnudez, ambos límites agrios y lacerantes, pueden, paradójicamente, hundir al ser humano en una relación más libre y significativa con la vida.

El sentido de la vida puede, entonces, brillar debajo de la tierra, donde se ocultan los tesoros en forma de podredumbre. Descender, descender, aún más abajo y más oscuro: allí, donde están los muertos, se escuchan también las voces del mundo que nos trasciende.

Bibliografía

Brandão, R. (2007). Humus. ELR ediciones. Traducción y prólogo de Verónica Palomares Maíllo.

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