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Reseña de ‘Jaulas de hormigón’. Por Manuel Ortuño

En una época como la actual, que más de uno califica como “tiempos de mediocridad” alegando que hoy día cualquiera cree que puede dedicarse al siempre laborioso oficio de escribir, cae en mis manos un volumen de relatos breves firmado por Mayte Blasco y cuyo título es Jaulas de hormigón.

Menciono lo de tiempos de mediocridad de manera intencionada, dado que incluso yo, que este año ingreso en la cincuentena, me doy perfecta cuenta de que cada vez me queda menos tiempo de vida que dedicarle a la lectura. Resultado: escojo y selecciono muy bien lo que leo. Ergo, no leo a cualquiera. Y, por consiguiente, no empiezo un libro desconocido si no me resulta mínimamente prometedor. Y eso que aborrezco dejarme libros sin concluir.

En el caso que aquí nos ocupa, el de Mayte Blasco y sus jaulas paridas a base de ladrillo y hormigón, su lectura supuso para mí una excepción. Y debo reconocer que una excepción de lo más agradable.

Tropecé por primera vez con Mayte Blasco con motivo de un relato suyo, felizmente premiado, en el que hablaba de un niño pelirrojo. El relato me pareció tan meritorio que en cuanto me enteré de que iba a publicar una recopilación de narraciones breves deseé leerla. Y, de ser posible, escribir una reseña acerca de la misma. Por eso estoy escribiendo esto.

Jaulas de hormigón recopila diez narraciones breves en las que destacan varios puntos significativos. De ellos, uno que estoy seguro que más de un reseñista resaltará es el hecho de que la mayoría de las narraciones están protagonizadas por mujeres. A mí ese tipo de detalles me importan un comino. Yo he venido a hablar de una serie de historias, sin más, y me da igual que éstas se encuentren protagonizadas por mujeres, por hombres o por perros caniche tintados de verde. Al igual que me resbala que las escriba un él, un ella o un ello. Todo eso no es sino algo residual, al margen de la literatura y, por tanto, prescindible. Da igual quién escriba algo siempre que ese algo merezca la pena. Y creo que esta obra de Mayte Blasco la merece.

Porque lo que de verdad importa no es sino la voz que se esconde tras estos diez relatos. La voz de quien escribe. Y Mayte Blasco es alguien que escribe muy bien y que lo hace a conciencia. Si en su momento atrajo mi atención con aquel relato sobre el niño pelirrojo, ahora me ha enganchado con una selección de relatos en los que habla de obsesiones, de soledades, de trastornos y traumas, de enfermedades, de necesidades mal alimentadas, de reclusiones, de laberintos del alma y la memoria por los que los protagonistas caminan con paso errabundo hasta ahogarse en vivencias tan nítidas como reales. Casi toda la acción de las narraciones se enmarca entre las paredes de esas celdas cotidianas que solemos llamar hogar. De ahí su título. Y aunque es cierto que entre los diez relatos los hay redondos y no tan redondos, y que algunos podrán gustar más que otros, lo que subyace en todos ellos es una voz que me recuerda, salvando las distancias propias de la temática y el estilo, a las de Sergi Pàmies o Mario Benedetti.

Y hablando de estilo, deseo resaltar el de Mayte Blasco. Porque, aun siendo muy diferente al mío y a los que suelo frecuentar en mi selección de lecturas, eso no impide que lo admire. Su estilo destaca, sobre todo, por su sobriedad, su concisión y su crudeza. Es directo, preciso e incluso lacónico, pero, por fortuna, no hasta el extremo minimalista que cultiva ese espanto de Palahniuk.

Mayte Blasco destaca por emplear las palabras exactas y por el hecho de que éstas han sido sabiamente escogidas; cada una de ellas está ahí por algo, no por casualidad. Con ellas nos cuenta historias que se arranca de dentro a base de frases generalmente breves e incluso viscerales. Y aunque en ocasiones su puntuación no es la que yo hubiese escogido (reconozco que soy un maniático de la puntuación pluscuamperfecta, pues yo también tengo mis perversiones), entiendo que ésta obedece al ritmo que desea imprimirle al texto.

Muchas de sus frases y párrafos son, en el sentido más sano de la expresión, sorprendentes bofetadas descriptivas, de ésas que invitan al lector a frenar y dar marcha atrás para releerla saboreando cada palabra. Y eso, además de tener un mérito enorme, denota una indiscutible dedicación al oficio y una gran inteligencia.

Por cuanto respecta a los finales (sí, ¿qué pasa?, también soy un obseso de los finales bien cerrados) buen número de ellos me han agradado especialmente porque, aunque no le provoquen al lector la gran sorpresa de su vida (tampoco creo que sea ésa la intención de la autora), logran dejarle con ese regusto que hace que, nada más leerlo, le aflore a los labios una benedettiana sonrisa de complicidad.

Por todo lo dicho, deseo recomendar esta recopilación de relatos y, de paso, resaltar la labor de la editorial Niña Loba al darnos la oportunidad de descubrir voces como la de Mayte, llenas de ganas de contarnos cosas y de hacerlo con calidad. Así que, en plena época de la mediocridad, gracias, Niña Loba, por hacernos descubrir a Mayte. Y enhorabuena a ti, Mayte, por tu espléndida obra.

Manuel Ortuño

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