Las ruinas de la memoria
LAS RUINAS DE LA MEMORIA
Monstruos en la pared, de Ismael Orcero Marín
En las Cartas a un joven poeta, Rilke se refiere a la infancia como «esa riqueza preciosa, regia, el tesoro de los recuerdos». Para el artista siempre habrá material, pues el artista siempre tendrá una infancia en la que abismarse y de donde rescatar, con el lenguaje y el distanciamiento de la edad adulta, las dádivas cristalizadas de la memoria.
Hay, pues, un tipo de literatura de horizonte, que pretende salir de los círculos presentes y disparar sus saetas al más allá del mundo conocido; y un tipo de literatura de fondos marinos y fosas abisales, que se zambulle en el pasado y lo reconstruye con una nueva luz; una literatura que se interna en los más insondables laberintos de la biografía e intenta desentrañarla, clarificarla, esbozar el mapa de lo que antes no se comprendía y se abalanzaba contra uno mismo y su inocencia; una literatura que no especula con lo posible, sino que desgarra lo pasado: lo ya vivido, que puede vivirse de nuevo desde el prisma de la palabra y la narración.
Tal es el tipo de literatura que nos propone Ismael Orcero Marín en su volumen de relatos Monstruos en la pared: una exploración pormenorizada de las ruinas de la memoria, que, oscurecidas y enmohecidas tras los años, aguardan a su (re)descubrimiento. Los trabajos y los días no pasan en vano: curten la piel, atezan el músculo y agudizan la mirada, y es entonces cuando el hombre puede reencontrar al niño, darle la mano y comprender su idioma virgen.
En estos cuentos asistiremos al retrato de unos rapazuelos del ayer, que tiran piedras en los descampados y dejan pasar las tardes de verano mientras imaginan la siguiente fechoría y planean la próxima aventura; pero también observaremos cómo los chavales crecen, se desconocen entre ellos, se distancian…, y vuelven a encontrarse, ya adultos, acaso ya con otros hijos que también pasan sus tardes en el descampado…, y que ignoran las idas y venidas que sus padres, al igual que ellos, también compartieron antes de crecer.
Asistiremos a la mirada mágica de los pequeños, a las maldiciones de los pueblos, los lugares prohibidos y los sucesos inexplicables; las heridas de una madre y la candidez del hijo ignorante; el olvido de un padre y el conocimiento de una nueva hija; el ajuste de cuentas con los enemigos de la infancia, o el reverso de la muerte y el deseo de una nueva vida más allá de las fronteras de lo natural. Lo macabro de la adultez visto desde los ojos de un niño, lo terrible de la niñez expresado con la lengua de los adultos.
El compás de la memoria y el retrato de la biografía contemporánea, ambos trazados en un laberinto opaco, perverso y penumbroso cuyas paredes, llenas de monstruos, gritan nuestro nombre y no escuchan nuestras promesas.
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