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Reseñas

Dostoievski, ‘El señor Projarchin’

Reseña de El señor Projarchin, novela corta de Fiódor Dostoievski.

Ya no le quedaba otro recurso que ponerse a pensar en el primer día del mes, día bendito en que cobraba los rublos de la Administración.

Fiódor Dostoievski, El señor Projarchin
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El señor Projarchin, de Dostoievski. Edición de Aguilar. Traducción de Rafael Cansinos Assens

Reseña de ‘El señor Projarchin’ de Dostoievski

Un estudio sobre la codicia

La codicia, como todos los fenómenos psicológicos, cambia mucho de alcance según en quién y cómo se manifieste.

El sueño de la riqueza no es solo una manía obsesiva, sino que, en muchos casos, representa un espejismo dulce y deseado; un señuelo a cuya sombra se torna la vida un poco más soportable y un tanto más ambiciosa. En un mundo en el que no sabemos qué va a pasar mañana, y sin unos ahorros que nos permitan encarar con seguridad el futuro, es lógico que nuestra cabeza, para no tambalearse demasiado a causa de la incertidumbre material, fantasee con la riqueza y la vida abundante, y, lo que es más natural todavía, actúe como si pudiera conseguirla.

La codicia como consuelo

Veo, así, la codicia (la del pobre, la del humilde, la del trabajador sufrido que se levanta a las seis de la mañana y se acuesta a las doce de la noche para mantener su negocio familiar), veo la codicia y el ejercicio de la codicia como una suerte de práctica religiosa. Nuestro terror a la muerte y a la extinción es tan grande que a lo largo de la historia no nos ha quedado otra que vivir conforme a unas creencias que nos aseguren el Reino de los Cielos, o el Nirvana, o el Valhalla, o cualquier solución más apetecible y menos comprometida que la muerte. Consuelos metafísicos para nuestros límites espirituales.

Pues bien; por analogía, puedo llegar a considerar la codicia del humilde como un consuelo físico para los límites materiales. El avaro guarda, escatima, nunca derrocha, porque en tales ritos ve la realización del mito de la seguridad material. «Algún día seré rico», parece afirmar el avaro con cada céntimo que guarda en el baúl; y lo afirma con el mismo convencimiento que cabría esperar del más fiel practicante religioso sobre la repercusión de sus actos morales en la tierra con respecto al plano espiritual y trascendente de la eternidad. La avaricia, en fin, es tan irracional como la religión, pero, al mismo tiempo, tan natural y razonable como ella.

El señor Projarchin

Parece ser el caso del señor Projarchin, a quien desde las primeras líneas se le describe como «empleado modesto, apenas si el sueldo le alcanzaba para las necesidades más estrictas». Este señor Projarchin, se dice, guarda un baúl donde, a ojos de los demás, seguramente esconda un dineral para dar de comer a millones de generaciones posteriores, pero que, por su racanería, solo sigue introduciendo dinero y jamás saca un mísero céntimo.

Esto provoca las risas y burlas de los inquilinos del edificio, quienes se mofan del señor Projarchin sin piedad, haciendo referencia a su baúl y a asuntos semejantes. Pero, claro, esos gaznápiros se me representan como todos aquellos listillos que se burlan de las gentes humildes que necesitan a un dios, o a un Dios, para vivir, puesto que les ayuda a afrontar un día a día de lucha y padecimientos.

Iluminados siempre ha habido, y a menudo la «iluminación» viene acompañada de soberbia. Así, con la misma vanidosa ignorancia con que los iluminados se ríen de quien abraza la fe religiosa como forma de sobrevivir espiritualmente, los empleados y funcionarios de la novela, que no son ricos, pero tampoco pasan necesidad ni necesitan soñar con la abundancia, se ríen del señor Projarchin.

Pecadillos de un pobre hombre

Esta inversión de los valores es unos de los motivos por los que considero justo tratar a Dostoievski con respeto literario. De un tipo normalmente asociado a la inmoralidad y destinado a ser el blanco del desprecio social, nuestro autor construye un personaje digno de lástima, una representación más de los castigados de la sociedad que no son malhechores, sino víctimas, y cuyo único pecado es (mal)vivir como saben y como pueden.

No puedo obviar aquí la influencia que la doctrina cristiana, y la Biblia como libro espiritual, tienen para Dostoievski. Además intuyo que sus penurias económicas, la inseguridad material de la primera mitad de su vida, en no pocas ocasiones le habrían hecho sentirse como el señor Projarchin, esto es, como un patológico soñador de la abundancia.

Pero vuelvo al asunto de la Biblia porque, después de Pobres gentes y pasando por El doble, pertenece este El señor Projarchin de Dostoievski al tipo de (anti)héroe cristiano, como Mateo, el funcionario prototípico, que precisamente por su avaricia y falta de compasión para con sus compatriotas merecía todo el desprecio de estos. Sin embargo, según nos cuenta la Biblia, Jesús se acercó a él y lo acogió precisamente por sus pecados. Porque los pecados de la gente humilde, como decía antes, a veces no son sino formas de afrontar la miseria material y la incertidumbre espiritual.

Los «respetables»

Dostoievski, cristiano convencido (y de tal convencimiento y profundización vendrían sus dudas, fundamentales en todo ser piadoso), no vacila en retratar a un tipo miserable, pero, por ello mismo, humano, semejante a todos nosotros. Son los que a sí mismos se consideran «respetables» los que hacen sufrir, con sus burlas y desaires, a un hombre que, si bien es difícil calificar como «bueno», no nos debería temblar el pulso en reconocer como «inocente».

Quienes no tienen perdón de Dios son los que gozan de millonarias abundancias y, aun así, se permiten el lujo de ser (de seguir siendo) avariciosos. Sujetadme, por favor, sujetadme.

Fiódor Dostoievski

Acaso el más conocido escritor ruso y uno de los más señeros autores de la literatura universal, Fiódor Dostoievski (1821 – 1881) renovó los caminos de la novela gracias a su exploración de las pasiones inconscientes, el desarraigo del individuo en la vida moderna, y la abundancia de ideas metafísicas, teológicas y filosóficas.

Es autor de obras como Pobre gente, El doble, Memorias del subsuelo o Noches blancas; aunque sus obras maestras son, entre otras, Crimen y castigo, Los demonios, El idiota, El jugador o Los hermanos Karamazov, su última gran novela.

Fragmentos de ‘El señor Projarchin’

Era un hombre intratable, reconcentrado e inaccesible a las vanas palabras. Ni de consejos ni de burlas hacía caso, y entendía a maravilla en lo de soltar una fresca a quien se permitía aconsejarle.

Su indecorosa conducta desconcertaba a todas las personas correctas, las cuales concluyeron por no tener ya duda alguna respecto a su desequilibrio mental.

Ya no le quedaba otro recurso que ponerse a pensar en el primer días del mes, día bendito en que cobraba los rublos de la Administración. Yo soy bueno, y amable, y virtuoso, y fiel, y abnegado; hasta la última gota de mi sangre daría por conservar mi empleo; pero soy pobre, y si la… ¡ah!… ahora existe; pero de un golpe, sanseacabó… ¿Comprendes? Entonces yo tendré que irme por esos caminos, con el petate a la espalda.

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