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Reseñas

Dostoievski, ‘El doble’

La Naturaleza ha querido haya un hombre que se parezca a otro cual dos gotas de agua entre sí, de suerte que venga el uno a ser un calco perfecto del otro. ¿Se le ha de pedir cuenta por ello a ese hombre, cuando solo el Destino, solo la suerte ciega es culpable de todo?

Dostoievski, El doble

Ficha de ‘El doble’ de Fiódor Dostoievski

dostoievski el doble

Título: El doble

AutorFiódor Dostoievski

EditorialAlianza Editorial

Año de edición: 2011

ISBN: 978-8420664477

240 págs

Reseña de ‘El doble’, de Dostoievski

La identidad

Uno de los temas predilectos de la novela moderna es la identidad. Ya en Don Quijote asistimos a la historia equívoca, ambigua y trasnochada de un héroe convertido en fantoche, del que dudamos si es cuerdo o loco, y al que la sociedad de la época no sabe si tomar como payaso, enajenado o criminal. La exploración del “¿Quién soy?” es uno de los constituyentes de la novela como artefacto literario, pues somos seres narrativos —conocemos a partir de las historias— y pensamos con palabras, ritmos e imágenes —elementos constitutivos de la novela como texto, secuencia y representación—.

El doble, de Fiódor Dostoievski, es una de esas novelas que explora la irrupción del “¿Quién soy?” en la vida de un individuo ordinario y lo trastorna hasta unos límites que solo el arte, la literatura, tiene llaves para investigar.

Un hombre ‘antisocial’

Comienza El doble con una escena parecida a La metamorfosis, de otro genio de la inadaptación como lo fue Kafka. Un hombre se despierta (¿qué tendrá el sueño, que cuando regresan de sus brazos se vuelven locos tantos hombres?) y se reconoce a sí mismo en el espejo. Pero, mientras que el Gregorio de Kafka se veía como insecto, el Goliadkin de Dostoievski se ve, en principio, como Goliadkin, esto es, como el de siempre: un hombre sencillo.

…O, al menos, eso se afana en proclamar nuestro protagonista. Pues, a pesar de que se jacta de poner en relieve su gusto por la vida tranquila y alejada de enredos, a pesar de que afirma que prefiere quedarse en casa antes que acudir a los eventos de salón, Goliadkin se nos revela, en sus acciones, como un hombre preocupado por lo que la sociedad opina sobre él. Corresponde nuestro protagonista al tipo de oficinista mediocre, prácticamente anónimo, que, no obstante su desprecio a la sociedad, no es capaz de apartarse de sus carnavales. Ah, ¡cuán antisocial soy, pero cuán en el centro quiero estar de todas las miradas!

Entre la suciedad y los trastos viejos

Hay una escena memorable en la que nuestro Goliadkin, privado de la invitación a un baile de alta alcurnia, no se conforma con marcharse a su casa y a otra cosa, mariposa, sino que se queda dos horas esperando en el rellano de la escalera, entre “suciedad y trastos viejos”, hasta que, por fin, puede colarse en el evento. Por supuesto, es recibido con burlas y estupor. Por supuesto, no encaja. Y claro que es expulsado por la fuerza.

Goliadkin, que tanta lástima me inspira, ignora que lo peor que puede hacer un antisistema es querer participar, siquiera como antagonista, del sistema. Un antisistema de verdad, de los que han perdido la fe en toda organización social y el respeto por toda institución, rango y costumbre, no pierde su tiempo en follones de salón. Más bien se va a la montaña, como quien dice, y se pone a cultivar bayas silvestres para olvidar las vanidades del mundo.

El doble

En estas idas y venidas anda Goliadkin cuando, de repente, un Goliadkin de su mismo aspecto aparece en su círculo. Trabaja en su misma oficina, frecuenta las mismas amistades y hasta las mismas calles y fondas. El doble aparece de repente y atenta contra el sentido de la realidad de Goliadkin. Y empieza, entonces, la lucha de un pobre hombre por demostrarse que no está loco.

Es a partir de este punto, y ya hasta el final, cuando la novela se manifiesta más confusa y enigmática. El lector no sabe hasta qué punto esa irrupción del doble, esa invasión del otro en la vida de un oficinista corriente, es fruto de la locura o de una macabra broma colectiva. Dostoievski no lo explicita, ni tampoco el protagonista es capaz de concluir certeza alguna. La enjundia de El doble, es, pues, o al menos a mí me lo parece, la lucha desesperada de Goliadkin por comprender, argumentar, encontrar las causas y los motivos de algo tan inusitado como la aparición de su doble y la normalidad con que los demás aceptan este hecho.

La narración adopta molduras trágicas cuando este ‘doble’ se afana por ridiculizar al protagonista ante sus semejantes, suplanta sus trabajos y lo enemista con sus superiores. Se burla de él abiertamente y no le da ninguna explicación. Goliadkin encarna la razón exasperada por encontrar un poco de lógica a tan extraños hechos. Su vida se pone patas arriba y él ni siquiera es capaz de intuir por qué. ¿Locura propia, o conspiración colectiva?

Irracionalidad anticipatoria

El doble es una novela de la impotencia; de un protagonista que, como los de Kafka, no sabe qué ocurre ni tampoco puede actuar.

Sin embargo, hay algo que separa los universos de Dostoievski y de Kafka. En el ruso todavía hay una tensión palpable entre lo real y lo imaginario. La narración, si bien admite la ambigüedad que comentaba antes, y ese elemento irracional que atraviesa todo el libro, todavía es esclava del realismo de su tiempo. Cuando uno lee a Kafka, se cree lo que está ocurriendo: sus universos tienen una lógica que no funciona en este mundo, pero sí en el suyo. Son universos irracionales autónomos. El universo de Dostoievski, que podemos entender como irracional, todavía es dependiente de la razón, del realismo y la verosimilitud. Todavía no se despliega en todo su esplendor, y por ello esa tensión, alta, altísima tensión, entre lo irreal-irracional (¡un doble que irrumpe en la vida de uno!) y lo real-racional (¡la vida social que sigue, sin sorprenderse por este hecho fantástico!).

La historia de El doble se desarrolla en la oficina, en los salones y en las calles de San Petersburgo; pero sus hilos se tienden más allá, en otro universo: el de las pesadillas y fantasmagorías humanas.

Allí, en la frontera entre lo real y lo misterioso, la literatura siempre encuentra tesoros escalofriantes, sombras de este mundo…

Fiódor Dostoievski

Acaso el más conocido escritor ruso y uno de los más señeros autores de la literatura universal, Fiódor Dostoievski (1821 – 1881) renovó los caminos de la novela gracias a su exploración de las pasiones inconscientes, el desarraigo del individuo en la vida moderna, y la abundancia de ideas metafísicas, teológicas y filosóficas.

Es autor de obras como Pobre gente, Memorias del subsuelo o Noches blancas; aunque sus obras maestras son, entre otras, Crimen y castigo, Los demonios, El idiota, El jugador o Los hermanos Karamazov, su última gran novela.

Fragmentos de ‘El doble’

El médico, según dicen, debe ser como el confesor, y está obligado a conocer a fondo a sus enfermos.

A mí me gusta la tranquilidad, y no la bulla y alboroto de las reuniones, ni nada de eso. Allá en los salones, ¿sabe usted?, hay que saber dar lustre el suelo con el calzado…; allí es menester eso, y, además, se requieren talento e ingenio… Y hay que saber también decir cumplidos… ¡Ya ve usted todo lo que en sociedad exigen! Pero yo, se lo declaro a usted, no entiendo de esas cosas, soy enteramente ajeno a la etiqueta, no he tenido tiempo de aprender nada de eso. Yo soy un hombre sencillo, no tengo inventiva, y no se me pega tampoco nada de lo que veo.

Movíase no impulsado por su propia fuerza, sino obedeciendo a una energía extraña que, sin consultar su voluntad, lo empujaba cada vez más hacia adelante, y en virtud de la cual, siguiéndola como la seguía, hubo de encontrarse, sin querer, en un salón de baile extraño.

No hacía más que reír, reír de un modo inconsciente.

No oía, ni veía, ni comprendía jota de lo que le rodeaba; hubiérase dicho que en absoluto se daba cuenta de la lluvia, ni de la nieve, ni del ventarrón, ni del temporal.

Tan trastornado estaba, que muchas veces se detenía en seco, sin otro pensamiento que el de una inconcebible ignominia, y luego, inmóvil como un poste, se encontraba en medio de la acera.

A los rusos el hielo los pone como nuevos. A mí me entusiasman los rusos, y me entusiasma la nieve y me entusiasma el frío…

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