De una hoja que encontré en el bosque

Paseaba por un bosquecillo cercano a mi casa cuando encontré un libro tirado bajo un árbol. Me agaché y lo abrí con curiosidad. Entre sus páginas, escritas en un idioma que no conozco, encontré una hoja que sí pude comprender y que reproduzco a continuación. Dice así:

Ella se posa sobre una roca espléndida, en el claro de un bosque tan oscuro como la profundidad del alma hambrienta. El rojo, el fuego, el candor: tal es su melena, que flamea en el insondable estrépito de la noche. ¡Eres el rayo de los abismos, la sangre de la ligereza, el espíritu ávido de materia! Cantas; y tu voz no es del mar, sino de la tierra mojada. Te sabes la reina de los mortales, la bandera de la carne, el busto de la dicha; y, como reina, bandera y busto, te alzas bajo todos los árboles y sobre todas las rocas. ¡Eres el infinito del cuerpo, la eternidad con nombre de mortal! En ti residen todas las galaxias y todos los misterios, y cada arcano del mundo y del cosmos fluye en la conciencia empapado de tu olor.

Ojalá pudiera alcanzarte, reina de todos los misterios; mas tu presencia es inasible, tu sabiduría es evanescente como el vapor del verano. ¡Tú eres la noche, y en mi mirada se oculta el día que te anhela! Eres arroyo y deseo de cascada; tú enamoras a todos los jilgueros. ¿Cómo puedo reconocerte sin desearte, cómo nombrarte sin postrarme? Tú eres la cima conquistada que nunca cae; pero la cima del núcleo de la tierra. Eres la cima hacia abajo, hacia el centro, hacia el corazón de la vida que irriga este planeta y este ser condenado a la incompletitud.

¿Podré acceder a tus maravillas? ¿Podré sangrar sin enredarme en tu melena? Las heridas serían menos lacerantes si tú no existieras, pero, ¡oh!, en el dolor de tu recuerdo late el poso de esta vida, absurda sin ti, valiosa a pesar de ti. Tú no eres juez ni amante: eres esfinge, guardiana de los tiempos y los deseos humanos. ¡Háblame, mírame, abrázame! ¡Vive, haz vivir, vivifica la vida que jamás has conocido! ¿Por qué no bajas al centro de los misterios, por qué no iluminas la tierra con tu canto húmedo? ¡Deja de condenarnos! ¡Solo necesitamos una señal, un impulso, un parpadeo más largo que la muerte!…

Eso dice la hoja. Cada vez que la leo, presiento una música, una voz lejana, como un presagio. Y, luego, el silencio que se agita más allá de este mundo.

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‘Solenoide’, de Mircea Cărtărescu ‘La lucha por la vida’, de Pío Baroja

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