‘Rosshalde’, de Hermann Hesse: las regañinas no sirven para nada

Aquellos maravillosos años

He acabado de leer Rosshalde (Roßhalde), de Hermann Hesse, y tengo mucha ambivalencia con respecto a este autor; y la tengo porque, en resumidas cuentas, fue el autor que me lanzó al océano de la literatura cuando yo apenas era un veinteañero. Por entonces me gustaba leer, sí, pero sin demasiadas pretensiones: cultivar un poco más mi intelecto, alimentar un mínimo de curiosidad vital y artística y, si acaso, encontrar alguna historia que pudiera enseñarme algo sobre mí mismo. Leía poco, porque la poca literatura que había en casa no me satisfacía y tampoco conocía yo —ni me interesaba demasiado conocer— nombres que hoy en día me son imprescindibles y sin los cuales no podría definir con certeza quién soy.

El viejo Hermann Hesse

En esas estaba, más interesado en los amoríos y en las tremendidades de adolescente, cuando me dio por comprar un librito del para mí desconocido Hermann Hesse. El lobo estepario. Era una de esas ediciones de dos euros de las estaciones de autobús en las que hay más erratas que palabras y que con suerte han sido traducidas por una persona. En esas condiciones empecé a leer a Hesse, quien, como a muchos otros jóvenes de generaciones anteriores y unos cuantos de la mía, me mostró el universo espiritual, laberíntico y fragmentado que todos albergamos dentro, así como nuestra imposible tarea de conocerlo y de darle respuesta.

Luego vendrían las lecturas y relecturas de Siddharta, Demian, Narciso y Goldmundo, El juego de los abalorios y demás obras. Por fin había encontrado una voz que expresaba mis búsquedas interiores: lo apolíneo y lo dionisíaco, la plétora de posibilidades que se abren en la juventud, los conflictos religiosos y el no saber qué hacer con la vida entre que llega y no llega la muerte, etc. Tales asuntos me preocupaban y sufría mucho por su causa, y ni la religión ni la ciencia me daban respuestas; solo frustraciones. Era el tiempo de la literatura, la única que, para mí, parecía tener algo que decir sobre todos esos arcanos. En sus rutas Hesse me abrió camino hasta que, tiempo después, ya saciado de sus diálogos y sus contradicciones, abandoné su guía y seguí mi camino junto a otros maestros.

Rosshalde

Han pasado varios años desde entonces, hasta que hace un par de días agarré una novelita de mi viejo camarada: Rosshalde. Como decía al principio, me ha generado sentimientos encontrados; y creo que es porque le he exigido demasiado a mi ídolo de juventud: de él he esperado, sin ser verdaderamente consciente hasta que he cerrado el libro, de él he esperado que me devuelva a los años pasados y me haga sentir las mismas tormentas de entonces. Pero no; ahora son otros tiempos, y la lectura ha sido más sosegada y cordial que las de jovenzuelo.

Un niño que no es amado por sus padres, a pesar de que ellos creen amarlo con locura; tal puede ser el eje temático de la obra: el desamor, la incomunicación y la vanidad del arte para hacernos mejores personas. El niño busca a su padre, pero este vive encerrado en su taller de pintor, desengañado de la vida y esclavo de sus propias frustraciones; el niño busca a la madre, pero esta no comparte sus razonamientos infantiles ni toma parte en sus juegos. Son demasiado adultos los adultos, y el niño, aunque no es consciente, sufre porque está solo. Nadie entiende sus ambigüedades, nadie lo acompaña en sus devaneos; solo le dicen «te quiero»; pero, en realidad, es el “amor” egoísta de quien no ama, sino que únicamente está apegado. El amor motivado por el miedo y no por la generosidad.

¿El niño o el cuadro?

Leo en Rosshalde la escisión fundamental entre el arte y el amor; la tan difícil convivencia del amor concreto a la persona y el amor ideal a la obra de arte. «¿Elegirías al niño o el cuadro?», pregunta Cartarescu en Solenoide, y el protagonista responde que, sin duda, al niño. En Rosshalde no hay respuesta tan nítida e incólume, sino vacilación, turbulencias del alma y enviscamiento afectivo; los personajes, como es habitual en Hesse, sufren por su incapacidad de decisión y el escaso conocimiento de sus motivos internos.

Las raíces familiares, las alas del futuro; la cadena del pasado, la libertad del horizonte. El arte, en tal ruptura, no es salvación y nunca lo ha sido; únicamente expresión de las derrotas existenciales y huella —sublime y trágica huella— de los problemas que los seres humanos nunca habremos de solucionar.

La virtud estúpida de los adultos

Todavía en esta novela estamos en el período ‘infantil’ de Hesse. Aquí, la libre espontaneidad de la infancia es enfrentada a la virtud estúpida de los adultos; normalmente con consecuencias catastróficas para el niño, que no es sino un inadaptado en un mundo extraño para él, ajeno a sus impulsos y tan apartado de la vida como la oficina está apartada de los campos de flores.

Sigue Rosshalde la misma estela que Bajo las ruedas, por ejemplo, en la que llegamos a detestar el mundo adulto, tan lleno de complicaciones que ellos mismos se buscan Dios sabe para qué, y, lo que es peor, regañan y castigan a los niños por su inocencia nefelibata. El niño llega a decir:

Lo que también me gustaría es que […] después de haber hecho el salvaje y alborotado, no me riñeran, sino que me dejaran ir tranquilamente a mi cuarto y ponerme allí ropa limpia y cómoda. […] Yo creo que, verdaderamente, las regañinas no sirven para nada […]. Cuando uno hace algo que no está bien se da cuenta enseguida y se avergüenza de haberlo hecho. Pero a mí, cuando me regañan,, me da mucha menos vergüenza haberme portado mal. Y muchas veces sucede que le regañan a uno sin haber hecho nada malo: sencillamente porque no ha oído cuando le llamaban, o porque la mamá está de mal humor nada más.

Que los niños sigan jugando

Como en prácticamente todas las obras de Hesse, la impronta de Nietzsche es reconocible en esa alabanza del niño como expresión genuina de la vida, como risa y danza despreocupada por el mundo, que los adultos no soportan y rápidamente se afanan en cargarlo con pesados fardos de moral, virtud y preocupaciones. También se me hace muy presente la calidez de Tagore como en La luna nueva, en la ternura lírica hacia la figura del niño y, en fin, el homenaje que es esta obra hacia el amor que merece todo chiquillo por parte de los adultos, tan embebidos como están -estamos- siempre en ««nuestros asuntos»».

¿Podría ser artista un niño? ¿Necesitaría del arte un alma inocente que solo se dedica a vivir sin pensar demasiado en ello? ¿Acaso es el arte el lenguaje de los marchitos, de los que han olvidado cómo vivir, y se encierran en su taller y sus ideas?

Pintaremos otros mundos, viajaremos a otras tierras; pero nunca escaparemos de la bestia, que nos llama por nuestro nombre mientras los niños juegan bajo los árboles.

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La generación del nuevo mundo: ‘Pizza margarita’, de 3 Cejas ‘Solenoide’, de Mircea Cărtărescu

3 comentarios

Hay maestros que, tras un tiempo, ya no nos dicen nada porque nos embebimos de lo que nos tenían para dar, y tal vez también porque interiormente todos vamos creciendo.
Un abrazo.

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