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Reseñas

Ismaíl Kadaré, ‘El Palacio de los Sueños’

En este artículo reseño el libro El Palacio de los Sueños, del autor albanés Ismaíl Kadaré, publicado en español por Alianza Editorial en 2007.


Hace ya largo tiempo que el mundo reconoció la importancia de los sueños y del papel que estos han desempeñado y desempeñan en los destinos de los Estados y de quienes los gobiernan.

Ismaíl Kadaré, El Palacio de los Sueños


El envés del misterio

El Palacio de los sueños, de Ismaíl Kadaré, parte de la siguiente premisa: una de las más poderosas instituciones del Imperio Otomano, el Palacio de los Sueños (‘Tabir Saray’), se encarga de recopilar, seleccionar e interpretar todos los sueños de los súbditos. Esto se debe al convencimiento del Sultán de que son los sueños la puerta de entrada al conocimiento de lo que está ocurriendo en el hondón del vasto territorio imperial.

Los sueños nos hablan de lo que aún conocemos; pero, aun así, nos hacen actuar y, en parte, determinan nuestra vida. Son las fuerzas de lo misterioso, que apenas sabemos interpretar. De tales fuerzas se sirve Ismaíl Kadaré para dar forma a este particular infierno onírico.

La noche eterna

En efecto, la mayor parte de la novela se desarrolla en el propio Palacio de los Sueños. Un enorme y laberíntico complejo administrativo donde cientos de funcionarios se afanan por interpretar los sueños que llegan de todas las puntas del Imperio. Somos trasladados, así, a un entorno agobiante, alejado de toda luz natural y de todo contacto con el mundo. Allí las tareas se limitan a examinar papeles con sueños anotados, uno tras otro, jornada tras jornada.

Dicha atmósfera recuerda, irremediablemente, a los pasajes de Kafka. El individuo no parece más que un gusano que vaga por las inconmensurables galerías de la ultrarracionalización. El sueño, ese reino misterioso e incognoscible que se mantiene intraducible para nosotros, se torna aquí el objeto del poder central del Estado. Y es entonces cuando el misterio se desvanece, cuando lo ilimitado se convierte en su envés: los dominios del sueño dejan de ser infinitos en su riqueza y sus intuiciones debido a la esterilidad de una Administración Central que los clasifica, los selecciona, los analiza y los archiva, siempre según los procedimientos de un Estado que pretende conocer sus amenazas con base en las visiones oníricas de sus súbditos.

Nuestro Palacio de los Sueños, creado por deseo expreso y personal de Sultán soberano, tiene como misión clasificar y examinar no ya los sueños aislados de personas individuales las cuales, por una u otra razón, constituían antes una esfera privilegiada y detentaban en la práctica el monopolio de las predicciones mediante la interpretación de los signos divinos, sino el Tabir Total, dicho de otro modo, el sueño de todos los súbditos sin excepción.

La arquitectura del Imperio nocturno

Kadaré retrata, así, a una clase funcionaria que cumple órdenes sin saber por qué, y, lo que es más curioso, sin ni siquiera saber si sus esfuerzos sirven para algo. Pues los sueños, según se indica en algún punto de la novela, pueden interpretarse siempre según los intereses de quienes dictan las órdenes. ¿El Estado necesita asesinar a tal persona ‘incómoda’, o ‘amenazante’? No hay problema: solo debe encontrar el sueño que pueda sugerir que dicha persona podría ser una amenaza para el Estado, interpretarlo según dichas condiciones, y voilà: ya está aquí la excusa y, por ende, el asesinato.

Hay en el texto, según lo que acabamos de señalar, una profunda crítica a los Estados totalitarios, creadores de una —prácticamente— ilimitada estructura de poder y coerción, y de una burocracia engordada a través de todos sus dominios, precisamente para legitimar y dar credibilidad a sus crímenes contra la libertad y la vida de sus súbditos. ¿No son los sueños tan frágiles, tan manipulables, tan multisignificativos como lo puede ser cualquier ideología de turno? ¿No se pueden amoldar estas, como los sueños, a los intereses de cualquier dictador, precisamente por su ambigüedad e ‘idealismo’?

Dichas reflexiones ganan profundidad cuando la novela explora, por otra parte, el papel de la nación albanesa en cuanto a su lugar dentro del Imperio Otomano, pero también con respecto a sus relaciones con los demás pueblos balcánicos y eslavos —Rusia—, así como con las potencias occidentales —Austria—.

Ahí estaba el sueño lúgubre de uno de los imperios más grandes del mundo. Cuarenta y tantas nacionalidades, casi todas las creencias religiosas, casi todas las razas humanas.

El lenguaje de los ancestros

En suma, El Palacio de los Sueños supone una exploración de ese territorio que nadie podrá comprender jamás y que, precisamente por ello, es tan atractivo a los ojos de aquellos que desean el poder absoluto. Los sueños, en efecto, son el último reducto del reino de la libertad, puesto que lo incomprensible, lo misterioso, no se puede aprehender ni, por tanto, dominar.

Son los sueños el idioma que tenemos en común con nuestros antepasados. Siguiendo la estela de Jung, podemos afirmar que son sus símbolos los que nos unen como especie: tanto con aquellos que viven en otro lugar, como con aquellos que vivieron, o vivirán, en otro tiempo. ¿No son los sueños la fuente de donde nace la música, la pintura o la literatura? Su dominio son las esferas del más allá, de lo que nos hace humanos y, a la vez, cuestiona nuestra humanidad. Soñamos, vemos lo que no existe, hablamos idiomas imposibles y trascendemos esta realidad todas las noches. El día que nos quiten eso, seremos esclavos de este mundo. Pero, por fortuna, todavía la noche es nuestra.

Si nuestro globo desapareciera sin dejar otro rastro que esta cripta repleta de cartapacios, lo que hay en su interior bastaría para comprender lo que había sido nuestro mundo.

Ismaíl Kadaré

Ismaíl Kadaré (Albania, 1936) es conocido por sus denuncias contra el régimen totalitario de su país de origen. Durante muchos años tuvo que luchar contra la censura y la persecución. Sus escritos, de los cuales son conocidas fundamentalmente sus novelas, son un intento por devolver la esperanza y la libertad al individuo moderno.

Otros de sus libros son El general del ejército muerto, Las mañanas del café Rostand, Spiritus o El ocaso de los dioses de la estepa, entre muchos otros.

Fragmentos de ‘El Palacio de los sueños’

En el continente nocturno del sueño se encuentran tanto la luz como las tinieblas de la humanidad, su miel y su veneno, su grandeza y su miseria. Todo lo que se muestra turbio y amenazante, o lo que pueda llegar a serlo al cabo de los siglos, manifiesta su proyecto primero en los sueños de los hombres. No existe pasión o pensamiento maléfico, adversidad o catástrofe, rebelión o crimen que no proyecte su sombra mucho antes de materializarse en el mundo.

La vida de un hombre queda perturbada para siempre una vez que se encuentra atrapada en los engranajes del poder, pero eso no tiene parangón con el drama de un pueblo entero prisionero de ese mecanismo.

Ciertas voces afirmaban que el sueño individual, como visión privada de cada persona, no era más que una fase transitoria de la humanidad, que llegaría un tiempo en que los sueños perderían esa cualidad y, de igual modo que los gestos u otras acciones del hombre, también los sueños se tornarían perceptibles para todos. En una palabra, así como una planta o un fruto permanecen durante cierto período bajo tierra, hasta que llega su tiempo de brotar y salir a la superficie, también las visiones oníricas del hombre se encontraban por el momento sumergidas en el interior del sueño, mas eso no significaba que debiera ser por siempre así. Un buen día saldrían a la luz del sol, ocuparían su lugar junto al pensamiento, la experiencia y la acción humanas; en cuanto a si sería provechoso o no, si el mundo mejoraría o empeoraría cuando sucediera, solo Dios lo sabía.

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